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Si el cierre del centro histórico hubiera sido antes del cuatro de julio… pierde el PRI

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Cómo se ve la mala fe de las autoridades para programar la acción más lesiva a la economía de la capital, después de la elección, porque de lo contrario, otra fuera la historia. * el cirio adrianista se apaga, pero no deja de destruir lo que haya a su paso.

Sabemos lo necesario que es dar mantenimiento a las calles de Tlaxcala, sobre todo cuando estas han recibido el cíclico castigo de Danny Herrera Murga, el inventor-organizador de la Pamplonada, disfrute efímero por cuyo circuito, muchos nos hemos torcido el tobillo.

Pero hacerlo a estas alturas, cuando el comercio del Centro Histórico, a penas se repone tras la temporada de la Feria, es un acto ilógico contra el bolsillo de quienes emplean a cientos de personas y dan a nuestra capital la imagen de ciudad ordenada, limpia y con negocios de agradable acceso.

Cerrar la circulación sin un sesudo plan para agilizar el tránsito de vehículos y, aún peor, anticipar a los afectados que esto va a durar más allá del cambio de administración es un delicado agravio a los capitalinos tlaxcaltecas, muchos de los cuales votaron por el partido de Zenón para acoger a Pedro Lira.

Y eso no se vale.

Es un golpe bajo a la economía y buen desempeño de la ciudad capital que, de cometerse antes del cuatro de julio, habría desembocado en resultados distintos a los obtenidos.

Lo menos que la gente merece es una disculpa de sus autoridades municipales y, la garantía que los trabajos no serán causa para pretextar imponderables como preámbulo de posposiciones indeseadas.

Cuando la fuerza mengua…

Por su escaso atractivo como tema político, el nombre de Adriana Dávila Fernández, se relegó a tan bajos niveles que, citarla es práctica ociosa, a no ser que la referencia provenga de Los Pinos, donde le ocurre un fenómeno semejante al vivido en la parcela.

Les ha sido particularmente atroz evaluar la capacidad destructiva de la ex abanderada panista hacia los grupos dispuestos a converger en la nave azul, en plena picada y, con la seguridad, igualita que antes del cuatro de julio, de tener de su lado a los casi doscientos mil votantes de aquella ocasión.

El mínimo gesto esperado de la Dávila ante los cientos de activistas incapaces de levantar al muerto, se habría antojado como un férreo llamamiento a la reposición de energías, generadas por la esencia de la líder.

Para pena de los observadores de Tlaxcala en Los Pinos, al contrario de ese deseo, se ha dado una constante metralla para no dejar piedra sobre piedra, bajo una premisa de intolerancia, ten lesiva como lo puede ser el comportamiento del personaje encarnado por Claudio Brook (Gabriel Lima) en la inolvidable cinta, el Castillo de la Pureza (del formidable Arturo Ripstein).

Reservar al panismo de la era adrianista al doloroso castigo por no cerrar con siete llaves la exclusividad de raras teorías para el comportamiento de este renuevo generacional, es caminar cuesta abajo, según lo pudieron constatar los aún preocupados calderonistas, por el proceder de su mejor pieza en tan pequeña demarcación, mas no por ello menos atractiva desde un ámbito de análisis, respecto a las peores fallas en esta batalla electoral perdida.

Desde el agandallamiento de Oportunidades para el personaje su cónyuge, como acto de valemadrismo nepótico en plena etapa de la democracia soñada, hasta el amago consejeros, locales y nacionales, delegados, líderes de grupo y claro, críticos, vemos como el cirio davilesco se apaga, tantito porque el protector suyo, a diestra y siniestra ha tenido mejores temas partidistas de los cuales ocuparese y otro poco por, la conducta garantizada de tirarle a lo que esté de pie, de matar a lo que aparente vida, de demoler cuanto muro aiga (del verbo aiga sido como aiga sido).

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