En una compleja red maliciosa las decisiones de Pedro Molina son o dejan de ser eficientes; por lo pronto, dicen que Apizaco y Calpulalpan van a descalabrar al magistrado unitario.

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De aquél inquietante siete de julio a la fecha, mucha agua ha corrido por el río. Unos, estropeados precisaron dejar la plaza. Otros, echados padelante ven desde sus mullidas butacas cómo desaparecen o quedan neutralizados, uno a uno,  sus potenciales competidores.

La disputa no es menor. Por eso desean limpiar la senda a la sucesión.

Pudiera ser el caso del calpulalpense García Portilla, y su creencia de pasar desapercibido a los ojos de los damnificados  por su furia. También a los ojos del que le proveé los anhelos para coronar su voracidad ilimitada.

Hoy se ha sabido que en una hábil apuesta colocó sobre la mesa el futuro de su paisano, Noé Rodríguez, confinado a dirigir el PRI sin más posibilidad que la de un actor secundario.

Y muy a pesar de sus innegables relaciones en el círculo más alto de la política. Nadie se asombre si más de una vez el propio Enrique Peña Nieto, ha contestado personalmente alguna de sus llamadas.

Mas su estatura, orgánica y política no empata con los apetitos de aquél a quien otra de sus gracias recientes fue escribir un raro mensaje, que elogiaba y crucificaba al sector salud. Si la voz que lo leyó -sin descifrarlo- no hubiese sido la de la hija del gobernador, nadie habría sospechado que el presunto responsable se obnubila ante la jurada lealtad en un acto que trastoca su misma esencia en tanto personaje surgido de las cañadas, pero puesto en el candelero a propósito de quienes lo reconocen por servil y agachón.

No deberían confiarse porque bajo esa premisa regateó presupuestos y quebró económica y tácticamente a nombres como los de Anabell Ávalos y Noé Rodríguez, en su paso por la Secretaría de Gobierno. Para su desventura nunca investigaron más allá de la postura autoritaria de ese ente liliputense arrogándose facultades fuera de su competencia, pero en el marco del perjudicial silencio en torno a la neurosis de quien solía golpear las mesas como aquél encargado de dar ritmo al teponaxtle.

Uno de los saldos

De semejante adversidad en el distrito ganado efímeramente por Noé, germina uno de los argumentos panistas de peso. El uso manipulador de fetiches religiosos, presumiblemente encauzado y liquidado con dinero de la Secretaría de Finanzas.

Una jugada, sutil en apariencia. Rebosante en malicia. Efectiva para los de enfrente. Lograda gracias a la ecuación precisa de la mente encargada de ejecutar los negocios del estado.

¿Nadie lo advirtió? Estimo que sí.

El asunto no para ahí. Se ensancha en proporción con el contexto panista de chantaje a la hora pico de votar las reformas.

Apizaco y el distrito trece son pues, prendas no negociables de los azules.

Miguel Ángel Osorio, puso en la balanza el favor no pedido del mapache hacendado y el peso extorsionador de los panistas condicionando su permanencia en el Pacto por México.

Con una sutileza igual de maliciosa a la del calpulalpense voraz, pero incomparable por cuanto alcances, el osorismo habrá inspirado a leguleyos a llevar la defensa del triunfo de Rafael Ortega ante el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, y de Noé Rodríguez en el distrito XIII.

En cambio, optó por una mejor defensa para los osados herederos de Gómez Morín.

Hoy, aquellos triunfos están en capilla.

Arriba no hubo el suficiente empuje para sostener las marianeces electorales en sendas plazas y, solo resta que el tiempo haga diablo vengador al que dio y quitó el triunfo a ese par. Con un dolor singular al talentoso espada, lleno de ánimos porque su público, heterogéneo todo le perdona, pero en el ruedo

Originalmente, Mariano envió un mensaje al matador… ¡a tus zapatos, remendón!

El ambiente postelectoral lo llevó a desandar aquella dura apreciación. Contranatura tendió esos resortes, onerosos, malévolos, y edificó sobre cimientos débiles. Dejó a la potestad de Osorio el protector de Ortega, aceptar o rechazar ese favor no pedido.

Maestro y alumno se parecen tanto. El primero, impetuoso hasta cerca del fin. El segundo, un depredador que no desperdicia oportunidad alguna.

A los dos los hermana el gusto por destruir a la gente.

Y así no se obtienen logros sustanciales.