Ausubo

Mis presentimientos son apenas murmullos suaves sin claridad que advierten que algo está a punto de suceder. Sin embargo, su poder de alertar sobre las tempestades que se avecinan ha aterrorizado a mi familia entera desde mi infancia. Mis presentimientos le han quitado el sueño a mis más allegados, provocado misas y hasta limpias. Estos mensajes que no sé de dónde vienen son poco claros y no dan explicaciones, pero por lo general anuncian tormentas, problemas sin solución. Se han manifestado en diferentes formas: a veces en sueños o en visiones estando en mis cinco sentidos, otras a través de un tenue peso en el pecho o taquicardia, en otras un hoyo en el estómago, aunque en una ocasión fue una patada en el estómago que me sacó el aire. En esa ocasión era necesario que yo reaccionara. Hasta ahora, ninguna misa ni limpia ha logrado detener esas intranquilidades que presiento que se avecinan. Para mí, es un don que me ha educado a entender que cuando aparecen, es momento de ser disciplinada, de estar alerta, y de tener paciencia porque a pesar de todo, pasarán. Además, no siempre han sido presentimientos malos; aunque reconozco que nunca uno de ellos me ha dictado el número de la lotería.

Luego de un noviazgo fugaz de dos meses, me casé. Mi matrimonio fue similar a mi noviazgo: nos divorciamos después dos años de casados. Hoy, el nombre de mi exmarido no lo pronuncio ni lo escribo. Le llaman el “efecto Voldemort”, pero para mí está relacionado con el vínculo que aún nos une y que es difícil explicar porque va más allá de lo lógico, y surgió desde el día en que nos conocimos. En las ocasiones en las que se me ha salido decir su nombre, esa vibración y poder de conexión energética entre nosotros se renueva. Es por eso que callo su nombre, y entre más lo callo, más mantengo roto el vínculo emocional. Es importante que él se quede en el olvido, pero no así su familia, sobre todo su hermano menor, Ausubo, quien por cierto despertó en mí el amor por los gatos.

El ausubo es un árbol nativo de Puerto Rico, crece ancho y alto. Su madera es dura, densa y resistente; y sus hojas son grandes, de un verde profundo. Además, florece. Vive siglos y se mantiene en pie frente al viento con firmeza impresionante, pues la isla es golpeada con frecuencia por huracanes y el ausubo resiste. En Puerto Rico se utiliza la expresión “duro como un ausubo” para describir a algo o a alguien que no se quiebra.

Mi cuñado Ausubo, en cambio, no conocía la dureza: su esencia era suave, tranquila y sus gestos eran delicados. Tocaba el violín y le gustaba la vida pausada e intelectual. Ausubo nació en Puerto Rico, aunque el resto de la familia era de Argentina, pero llevaban varias décadas viviendo en San Juan.

Cuando me casé, Ausubo me resultó tímido. Era cinco años menor que yo, pero me hacía sentir como si yo fuera veinte años mayor. Físicamente, a lado de sus hermanos, se veía muy distinto: todos eran altos y naturalmente musculosos. Ausubo, en cambio, era bajito y menudito. No era particularmente guapo, pero tenía unos ojos color miel muy bonitos que contrastaban con su piel canela, típica de quién es acariciado por el sol caribeño todos los días. Su regalo de bodas fueron Unos hermosos gatitos, un gatito naranja de ojos amarillos y el otro un gatito de esmoquin. Los bautizamos, Marcelo y Mirri. Era la primera vez que yo convivía con gatos. A pesar de la característica timidez de Ausubo, noté que en todas las fotos de mi boda en las que él salía, estaba a mi lado.

Mi ex y yo vivíamos en México, y nuestra primera Navidad y Año Nuevo de casados los pasamos en Puerto Rico. Una noche, después de brincar de bar en bar por el Viejo San Juan, donde nos estábamos hospedando, todos muy alcoholizados, incluidos mis suegros, decidimos ir al departamento de Ausubo. Fue idea de mi suegra, pues era su cumpleaños y quería felicitarlo. De manera calmada nos recibió. Cuando llegamos estaba escuchando música clásica mientras jugaba ajedrez con un amigo. En ese momento, y aún ahora, mis recuerdos de esa noche están fragmentados, por la cantidad de alcohol que bebí, pero hay cosas que las tengo muy claras: el departamento era pequeño, Ausubo no tomaba, y su corte de cabello era horrible. ¡Parece que lo agarró salubridad!, pensé.

Sin embargo, el recuerdo más intenso que tengo de esa noche es que pasé al baño y al salir Ausubo me interceptó; sin decir nada, me dio un puñado de piedras pequeñas azules y transparentes. Al dármelas, sentí un latigazo de luz espantoso, una fuerza eléctrica que me cruzó el cuerpo y que me asustó, incluso hasta me bajó la borrachera. Esa sensación se me quedó muy grabada: uno de esos momentos que, a pesar del tiempo, me sigue provocando escalofríos y hasta hace que involuntariamente sacuda la cabeza. Aún conservo esas piedras, como si guardaran la memoria intacta de aquella noche.

Con tristeza reconozco que, entre Ausubo y yo, aquel fue el único momento que nuestras emociones estuvieron en sintonía. Al día siguiente, otro de mis cuñados, su esposa y nosotros salimos a cenar y a escuchar música en el Viejo San Juan. Ya era de madrugada, estaba consumida de tanto festejar y decidí irme caminando a nuestro hospedaje. No quise que me acompañaran porque ellos se la estaban pasando bien. Entre la oscuridad y mi desconocimiento del lugar, me perdí. De pronto, vi a lo lejos a alguien que tocaba el violín.

Aunque estaba de espaldas, reconocí el espantoso corte de cabello de Ausubo. Tocaba “Morning Mood”, de Grieg. Entre el clima, el olor a agua de mar y el sublime sonido del violín, la felicidad me invadió. Estaba recién casada y de vacaciones en un lugar hermosísimo. Los ojos se me llenaron de lágrimas. Al terminar la bella melodía, su amigo, el mismo de la noche anterior, lo abrazó con ternura y le plantó lo que me pareció un muy jugoso y delicioso beso en los labios. Ausubo se percató de mi presencia y se molestó.

Nunca entendí el porqué, quizá no quería que supiera que era gay. ¿O era bisexual? Podría ser que la situación estaba más relacionada con sus cinco hermanos que eran muy “machos”. Es posible que simplemente quería ser discreto ante la situación. Yo no veía inconveniente en mostrarse tal cual era. El Viejo San Juan es muy pequeño, Puerto Rico es una isla, seguro que ya le había llegado el rumor a su familia. Y en todo caso, sus papás eran muy, muy alivianados, y sus hermanos lo adoraban. ¿Por qué y para qué esconder una relación homosexual bajo esas condiciones?

Unos años después, teníamos poco menos de medio año de divorciados cuando mi ex ya se había recuperado. Es decir, su estado civil de soltero duró menos que la hibernación de un oso, o al menos eso pensé. Recuerdo que me enteré de su boda porque aquel día amanecí con un malestar muy particular, presentí algo. Fue a mediados de diciembre y la tristeza me invadía a mí y también a Marcelo. Vi que su pelaje naranja estaba erizado y sus ojos amarillos inundados de tristeza. También noté que Mirri, ese día no comió, como si ese ayuno le permitiera comunicar algo que no podía decirme. En mi caso, de la nada y de manera constante, sentí taquicardia: algo estaba a punto de suceder.

Ese mismo día, más tarde, me llegaron varias fotos a mi email de una dirección que no reconocí, en el asunto: “Todo cambia”. A través de las fotos, bastante mal tomadas, por cierto, pude ver que el vestido de la novia era negro, y el traje del novio no era cualquier traje, además de bastante costoso —yo se lo había regalado—. ¿Práctico, ahorrativo, poco dado al gasto, sobrio, pobre? Todo esto podría ser, pero ¡él no era nada de eso! Fue como si no supiera o no pudiera comenzar una vida sin restos de la anterior. 

¡Patético miserable! Usar ese preciso traje que cargaba una historia; no era el precio, ni la tela. Ese traje era una muestra de cariño particular de mí hacia él. Cuando se lo regalé, en el bolsillo del pecho interior del saco le había puesto una pequeña bolsita de plástico con tres almendras cubiertas de chocolate y una nota que decía: “para cuando tu día se ponga amargo”. ¡Qué rabia darme cuenta de que esos latidos desenfrenados que sentí, eran la prueba de que él aun me sujetaba y yo seguía con ese apego! ¡Pero más rabia me dio haber visto que usó ese traje para su boda!

Por lo visto, él se disponía a iniciar un nuevo camino con otra persona sin desprenderse del pasado que tuvo conmigo. Tras meditarlo, agradecí no seguir a su lado porque desconozco cuánto de su primer matrimonio acarreó al nuestro; lo que sí sé es cuánto de mi matrimonio estaba contaminando esa nueva unión.

Sin embargo, a pesar de que me enfureció enterarme de su tercera boda a través de tan cordial email, gracias a mis presentimientos y los de mis gatitos, la noticia fue un trueno distante en un día ya de por sí nublado. Los presentimientos siguieron.

Al día siguiente del email, desperté sobresaltada por el tono de mensaje entrante de la BlackBerry. Confundida la revisé y vi la hora, 3:03 de la madrugada. Había un mensaje que decía: “I miss U.” Sospeché que era mi exmarido.

­            ¿Eso es todo?, dije en voz alta como si me pudiera escuchar. ¿Para esto me despiertas a las tres de la madrugada pedazo de inútil?, pensé. Me di la vuelta, acomodé y acaricié a Mirri, y abracé a Marcelo. Nos volvimos a dormir.

Al despertar, quise revisar detenidamente su estúpido casi-mensaje-de-tres-palabras, pero no estaba. Revisé cuidadosamente la BlackBerry, y no había nada. ¿Lo soñé? ¡No! Creo que lo borré. Recordaba perfecto el mensaje y el sentimiento de enojo, pero el murmullo tenue de que algo no encajaba me siguió como una sombra durante todo el día.

Por ser mediados de diciembre, en el trabajo los días transcurrían entre firmas apresuradas y los últimos cierres de venta. En términos generales, atravesaba una estabilidad económica y emocional que no había tenido en varios años. Y pese a todo esto, ese mensaje-sueño de la madrugada había logrado penetrar en mi cabeza y me estaba costando trabajo eliminarlo de mis pensamientos. Sentí enloquecer.

Al salir del trabajo, aproveché para ir a comprar unos regalos. Me tardé cerca de una hora. La angustia del sueño del mensaje daba vueltas en mi cabeza como el carrete de hilo en una máquina de coser. Al salir, en la fila del estacionamiento, un par de mujeres jóvenes, de entre unos dieciocho y veinte años, cada una con un bebé, se les olvidó pagar el estacionamiento. Por desgracia, esa salida del estacionamiento era una rampa en espiral que solo permitía hacer una sola fila de autos. Todos los que estábamos formados vimos cómo el par de idiotas bajaron sus carriolas, acomodaron a sus bebés y paso a pasito bajaron la rampa para ir a pagar su boleto de estacionamiento.

―Les agradecemos que apaguen sus motores ―dijo un encargado.

―Oiga, joven, estas niñas seguro se van a tardar y el boleto solo tiene quince minutos de tolerancia.

―No se preocupe, les vamos a permitir la salida.

Obedecí. Apagué el carro y encendí el radio. ¡Lástima que no fume! pensé. Este sería un buen momento para echar humo por la boca. Esa situación tan molesta del estacionamiento me permitió tener un momento privado conmigo misma: no había nadie a mi alrededor, en esa época ni mi costosa BlackBerry tenía capacidad de navegación como la que ahora conocemos. Así que ver videos o navegar en las redes sociales mientras esperaba, no era posible. De pronto, de la nada, algo dentro de mí se quebró y sin ruido, sin aviso, ni pudor, rompí en llanto. Fue inevitable. Sentí como una grieta dentro de mí se hizo más grande. La rampa en espiral del estacionamiento se convirtió en el reflejo del espontáneo desplome de mi cordura, empujándome hasta caer en el abismo desenfrenado de querer llegar a casa. El par de mujeres con sus chiquillos pasaron a mi lado para llegar a su auto. Les vomité miles de insultos hasta quedar ronca. Estaba sufriendo una muy grave neurosis.

Ya en casa y sin llorar, prendí la computadora y de manera desenfrenada empecé a ingresar el nombre de mi exmarido en Google, Facebook, Twitter, en obituarios y esquelas de las diferentes funerarias de la ciudad; incluso llamé a locatel. Después de dos horas, llegué a la conclusión que a él no le había pasado nada, pero que algo le estaba afectando. Entonces con el mismo desenfreno, ingresé mil veces el nombre de su papá, y luego el de su mamá, y así el nombre de cada uno de sus hermanos. Fui revisando uno por uno a sus hermanos por edades de mayor a menor para no equivocarme. Minuciosamente inspeccioné sus fotos y publicaciones, así como comentarios de amigos de Facebook. En Twitter filtré sus nombres y sus usuarios por fechas, luego por palabras claves, y finalmente por sus interacciones públicas. Revisé periódicos y noticias que aparecían en el internet. Después de muchas horas me tocó ingresar el nombre de Ausubo, el menor de sus hermanos. Fue entonces que encontré la causa de mi inestabilidad.

Ausubo vivía en un primer piso y cuando llovía el departamento de la planta baja, que estaba vacío, se inundaba, justo por eso no lo podían rentar. Entre la humedad del Viejo San Juan y el agua estancada, aquel lugar se llenaba de mosquitos. Esa noche como a las 3:00 de la madrugada, Ausubo no podía dormir por la plaga de mosquitos que había invadido su habitación. Intentó sacar el agua de la planta baja para que se fueran los insectos, pero como estaba obscuro, se le hizo fácil lanzar una extensión desde su ventana para conectar una lámpara. Bajó descalzo, sin medir el peligro, y al conectar la lámpara, una fuerte descarga eléctrica lo atacó con furia y con un latigazo de corriente provocó la muerte de Ausubo.

Empecé a comprender “las señales”. Lo que pensé que eran las fotos de la tercera boda de mi ex, eran las terribles y mal tomadas fotos del funeral de Ausubo. El vestido negro de la “novia” y la torpe elección del traje no había sido lo que pensé. La taquicardia, la tristeza de los gatitos, y el casi-mensaje-de-tres-palabras de pronto se transformaron en esos murmullos suaves sin claridad advierten que algo está a punto de suceder. Solo que, en este caso, ya había sucedido y estaban relacionados a Ausubo, no a mi exmarido.

Sandro, el novio de Ausubo, fue quién me envió las fotos en un acto desesperado por intentar aliviar el dolor que le dejó la muerte de su amado. Me llamó por teléfono para ofrecerme una disculpa y explicar la situación.

―Sin que lo notaras, existía un hilo invisible que los unía, una conexión que Ausubo logró ver, pero que tú dejaste escapar. ―Me explicó con calidez.

―Sí la sentí, pero no la comprendí ―le dije entre sollozos.

―Su fascinación surgió por esa personalidad y fuerza que portan algunas personas. Estaba deslumbrado. Además, Ausubo reconocía el carisma femenino sin tener ningún deseo sexual. ―Me explicó como si hablara de otra persona y no de mí.

―¿Por qué se molestó conmigo al verlos en el Viejo San Juan esa madrugada? ―Le pregunté.

―No se enojó contigo, se enojó conmigo. Tú lo habías seducido y él anhelaba que su relación fuera “limpia”, sin prejuicios ni la pesada sombra de la lástima por ser diferente. El que nos vieras deshizo su esperanza de ser reconocido como persona. Deseaba formar un vínculo más hondo, uno que se sostuviera en lo espiritual.

Hay verdades y símbolos que solo se comprenden viéndolos desde el presente hacia atrás, era imposible que yo entendiera todo esto sin que me explicaran lo que había pasado. Después de colgar con Sandro una vez más la descarga eléctrica recorrió mi cuerpo al recordar las piedras que me regaló Ausubo.

Tuve la intención de llamar a mi querida suegra, pero me pareció inapropiado porque me resultaba imposible explicar cómo a través de un sueño deduje que algo pasaba y que me metí al internet para enterarme de tan trágico accidente. Tampoco quería decirle que Sandro me había enviado las fotos. Además, ¿cómo decirle a mi suegra, que años atrás, en el cumpleaños de Ausubo, me entregó un probada minúscula de su terrible muerte? Fue entonces que los fragmentos de mi matrimonio fallido se unieron para comprender que el vínculo era con Ausubo, no con mi exmarido.

Cuentan que el final suele llegar cerca del cumpleaños o de algún día que fue especial. Ausubo murió tres días antes de su cumpleaños número 36 y yo lo presentí varios años antes.

Picture of Liliana de Miguel

Liliana de Miguel

Entre animales y páginas abiertas, habita su corazón. Trabaja para sostener la rutina, escribe para escapar de ella. Sueña, en voz baja, con una vida que aún está por escribirse.

notas