Borges: el doble y lo siniestro

Soy yo, pero soy también el otro, el muerto

J. L. Borges.

El tema del doble ha sido un tópico constante en la literatura universal de todos los tiempos; el mito también forma parte de las fantasías recurrentes en todas las culturas, lo mismo que es un tópico que abordará la psiquiatría fundamentalmente como un delirio. Pienso de botepronto en una novela de José Saramago, El hombre duplicado, donde se juega con la idea de que un día cualquiera Tertuliano Máximo Afonso, profesor de historia, se encuentra consigo mismo al ver una película que le ha prestado su colega y profesor de matemáticas. Tertuliano, de manera siniestra, en la cinta, se ve en otro que es a la vez él mismo pero siendo otro.

Sabemos que en la antigüedad el uso de la figura del doble era recurso frecuente, tanto en las dramaturgias de carácter dramático como en la comedia; la figura del doble ha sido motivo constante de equívocos y enredos. Algunos ecos de estos planteamientos los podemos encontrar en una importante cantidad de obras literarias modernas.

Como paradigma literario tenemos que mencionar, sin duda, la novela de misterio El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Robert L Stevenson. Se narra ahí que el Dr. Jekyll, durante sus experimentaciones químicas, hace surgir dentro de él a una extraña presencia que reconoce como él mismo pero a la vez es alguien absolutamente desconocido. Dentro del Dr. Jkyll vive Mr. Hayde, personaje que se permite placeres que el recatado doctor no concibe siquiera reconocer. La apetencia de placer de Mr. Hayde va en aumento, como una adicción, hasta que invade la vida toda del Dr. Jekyll, quien termina por suicidarse en su laboratorio con la idea de que así escaparía de “eso” que le habita. Sin embargo, al encontrar el cuerpo del suicida, se trata ni más ni menos que de Mr. Hayde, mientras que al Dr. Jekyll no se le encuentra por ningún lado.

Por su parte, el poeta Antonio Machado escribe: “somos víctimas —pensaba yo— de un doble espejismo”. El doble funciona como espejo, se trata de una imagen (o presencia) que nos duplica, pero —y este es el punto— en el doble se deja ver lo desconocido que nos habita, nos duplica pero no sin su falla, hasta entregarnos a lo abominable de la repetición del error hasta el infinito, como quiere Jorge Luis Borges.

El escritor argentino, quien murió el 14 de junio de 1986, lo sabemos, aborrecía los espejos (tanto como aborrecía la paternidad, es decir, reproducirse). También hablaba del horror que le producía la idea de que al verse reflejado en ellos en algún momento pudiera ver algo que no era él; se refiere al horror personal que conlleva la disolución del yo, el fenómeno de border, la despersonalización que, lo mismo que a la pérdida de la identidad, amenaza con la pérdida de la unidad ilusoria del yo. Borges lleva a la idea del doble como símbolo del Mal, su objeto maldito es el espejo.

Escribe Borges, en Quinta noche: “Realmente es terrible que haya espejos, creo que Poe lo sintió también […] Nos hemos acostumbrado a los espejos, pero hay algo terrible en esa duplicación visual de la realidad”. El tema de la evaporación de la identidad asume en Borges características de pesadilla especular donde el yo se va desdoblando hasta disolverse. Lo espeluznante ha de resultar del encuentro desdoblado con uno mismo: este es el núcleo de la pesadilla en Borges, el encuentro con lo Real. Que no podría ser sino el encuentro imaginario con la propia muerte.

En Borges, el tema del otro (del otro-yo) es recurrente y su insistencia, como ya vimos que ocurre con el Dr. Jekyll y Mr. Hayde, la experimenta consigo mismo, se desdobla y escribe Borges y yo, dice ahí: “Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas”. Pero el otro yo no es el semejante, no es el ideal, se trata de lo siniestro, lo más desconocido que habita al yo: la muerte. En su poema Junín afirma el escritor argentino: “Soy yo, pero soy también el otro, el muerto”.

Dentro de las múltiples referencias literarias, una más. El escritor ruso Fiódor Dostoievski escribe en 1846 su segunda novela llamada, justamente, El doble, donde Yakov Petrovich Goliadkin, un buen día entra en contacto con un hombre que es idéntico a él. Ser dos resulta atractivo en un principio, incluso divertido, pero no por mucho tiempo. Pronto ese “otro Goliadkin” empieza a hacer cosas que el original no consentiría: estafa a sus jefes y termina provocando su desgracia. Parece que la constante es que el doble opere en contra del sujeto.

Sigmund Freud, el inventor del psicoanálisis, en 1919 escribe dos textos relevantes que no se pueden desligar, por un lado, Más allá del principio del placer, texto que marca un giro determinante de su propuesta teórica, ahí postula que, contrario a lo que había sostenido en el sentido de que la vida anímica estaba comandada por el principio del placer, reconoce ahora que hay una fuerza más primitiva que gobierna la vida psíquica y confiesa que no le queda más que llamarle Pulsión de muerte. Por otra parte, en el mismo año, escribe Das Unheimliche que ha sido traducido como Lo Ominoso o Lo Siniestro, y también mencionado como El eterno retorno de lo igual o retorno de lo que ha quedado reprimido. Lo siniestro es aquello que, siendo de lo familiar, pertenece al orden de lo terrorífico, lo que angustia y produce horror. Siguiendo a Schelling, Freud señala que Lo siniestro es todo lo que, estando destinado a quedar en secreto, ha salido a la luz. Lo ominoso es aquello que es a un tiempo lo más familiar y lo más desconocido.

La idea de esta convivencia permanente con el doble, según Freud, tiene su origen en una enérgica desmentida del poder de la muerte y es, entonces, el “alma inmortal” lo que constituye el primer doble del cuerpo; escribe el médico vienés, hablando justamente de la figura del doble: “estas representaciones han nacido sobre el terreno del irrestricto amor por sí mismo, el narcisismo primario, que gobierna la vida anímica del niño; con la superación de esta fase cambia el signo del doble: de un seguro de supervivencia, pasa a ser el ominoso anunciador de la muerte”. En el fondo de lo siniestro esta lo que ha sido reprimido y que, convertido en angustia, que no cesa de retornar, así es como se puede pasar de lo familiar a lo ominoso, lo extrañamente familiar.

Para el psicoanalista francés, Jacques Lacan, la idea del doble se encuentra asociada con los celos, que en su base no tienen a la rivalidad sino una identificación mental con el otro, y con esa premisa en 1938 escribe un trabajo llamado La familia donde hace referencia a San Agustín para ilustrar la agresividad que se desencadena en la identificación especular: “He visto con mis ojos, y he observado a un pequeño que todavía no hablaba, cómo dominado por los celos, no podía mirar sin palidecer el espectáculo amargo de su hermano de leche, prendido al seno de su madre”. Pero así como la idea del doble se cuela con toda su fuerza destructiva en los celos, también la encontramos en la paranoia. Haciendo referencia a un trabajo de Freud, quien escribe en 1922 De algunos mecanismos neuróticos en los celos, la paranoia y la homosexualidad. Lacan destaca que el inventor del psicoanálisis señala que “la hostilidad que el perseguido encuentra en otros es el reflejo especular de sus propios sentimientos hostiles hacia esos otros”.

En fin, es por lo insoportable que el doble nos revela, que los crímenes de odio (donde se busca exterminar al otro), como los feminicidios, la homofobia, la misoginia o los genocidios no sean sino actos radicales que buscan acallar lo ominoso que nos habita.

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Antonio Bello Quiroz

Psicoanalista. Miembro fundador de la Escuela de la Letra Psicoanaltica. Miembro fundador de la Fundacin Social del Psicoanlisis. Ha sido Director fundador de la Maestra en Psicoanlisis y Cultura de la Escuela Libre de Psicologa. Ha sido Director de la Revista *Erinias*. Es autor de los libros *Ficciones sobre la muerte*; *Pasionario: ensayos sobre el crimen* y *Resonancias del deseo*. Es docente invitado de diversas universidades del pas y atiende clnica en prctica privada en Puebla.

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