El cráneo dorado

Pancho Cruz había llegado al lugar que tanto había buscado, al que muchos iban y del que pocos regresaban. Ese era Sangrol, el cual estaba en el desierto de Opin, donde la muerte siempre te encontraba. La tierra estaba bien seca, los árboles no tenían vida y pocos vivían por ahí. Pero justo la noche le había llegado a Pancho, entonces decidió acampar antes de seguir. Continuaría su viaje en la mañana, esperando encontrar al maestro pistolero, quien había desaparecido desde hace años de manera misteriosa, pero se decía que su escondite estaba en ese lugar. Sabía que él era el indicado para poder prepararlo.

Después de buscar un lugar adecuado para colocarse, hizo una fogata con madera que encontró tirada a su alrededor, calentó unos frijoles y café que traía en su bolso, y pan que ya estaba seco, pero le servía para comer. Luego de haber preparado todo eso, se sentó en el piso dejando su sombrero a un lado, sacó de su bolsillo el revólver que siempre cargaba y lo empezó a limpiar como de costumbre. A lo lejos pudo ver una figura con una luz amarilla que se distinguía entre toda la oscuridad y poco a poco se acercaba a él. Recargó su pistola y le apuntó a aquello que se aproximaba.

—¿Quién anda ahí? —Preguntó Pancho a aquel sujeto.

A lo lejos se escuchó una voz un poco vieja y rasgada, pero fuerte.

—Solo soy un viejo viajero caminando por estas tierras, ¿tendrá un poco de comida para compartir? —Le preguntó aquel señor mientras se acercaba a Pancho poco a poco.

ancho guardó su revólver, no sin antes mirarlo fijamente por unos segundos.

—Sí, señor, no es mucho, ya que guardo para los días que vienen, pero le puedo compartir. —Dijo Pancho.

El señor llegó con Pancho, dejó su equipaje en el suelo y se sentó, mientras Pancho colocaba en unos platos metálicos los frijoles y le colocaba a cada uno una cuchara de plata.

—Aquí tiene. —Dijo Pancho mientras le pasaba el plato al señor.

—Muchas gracias, muchacho. ¿Qué hace un joven como tú por estos lugares lejanos?

—Estoy en busca de alguien que me pueda ayudar en un asunto y me dijeron que él se podía encontrar por aquí. —Dijo Pancho mientras comía sus frijoles lentamente.

—De seguro le mintieron. Aquí no va a encontrar a nadie, por estos lugares no habita mucha gente. —Le dijo fríamente el señor a Pancho mientras comía.

—Prefiero morir buscándolo que regresar con polvo, señor; no descansaré hasta que lo encuentre…. ¿Y usted qué hace por aquí? —preguntó Pancho.

—Yo solo salí a despejar mi mente en este pequeño viaje, a veces el pasado nunca logra quedarse atrás y siempre vuelve de una forma u otra. —Dijo el señor mientras miraba al cielo.

—En eso tiene razón, tal vez cuando termine lo que tenga que hacer, todo aquello me dejará en paz. —Dijo Pancho.

—Le deseo suerte con eso. ¿Le molestaría si me quedo aquí a pasar la noche? —Le preguntó el señor a Pancho.

—No, señor, para nada me molestaría. Me estaría haciendo un favor, ya que hace tiempo que no tengo compañía. —Respondió Pancho.

—Gracias, muchacho, y hasta mañana. —Comentó el señor mientras se colocaba cerca de la fogata para dormir, usando como almohada su mochila naranja.

—Hasta mañana, señor. —Se despidió Pancho mientras estaba sentado en el suelo viendo a la fogata y poco a poco cerrando los ojos por él.

La mañana llegó y lentamente Pancho se despertó, encontrándose cara a cara con el señor que le apuntaba con dos revólveres, el de Pancho y el que cargaba el señor.

—¿Quién rayos te envío? —Le preguntó el señor a Pancho, mirándolo fríamente sin apartar sus pistolas.

Pancho estaba congelado sin esperarse a esta sorpresa y su comportamiento extraño.

—¿De qué está hablando? —Dijo Pancho levantando las manos y sin entender lo que pasaba.

—No te volveré a preguntar, muchacho. ¿Quién te envió? —Le volvió a decir el señor.

—Nadie me envió. Yo vine aquí a buscar al maestro pistolero, no a molestar a un viejo como tú. —Le dijo Pancho.

—No te creo, solo hay dos razones por la que estás en este lugar: o eres un loco o te mandaron a matarme. —Dijo aquel hombre sin dejar de apuntar. 

—¿Por qué quisiera matarte? Espera, tú eres… —Dijo Pancho Cruz. Antes de terminar, se había dado cuenta que por fin su búsqueda estaba finalizada. 

—Eso me confirma lo primero, pero sí… Yo fui quien mató a 5 hombres con una bala, yo fui el más rápido en el oeste, yo maté al rey Mirnos, yo soy el maestro pistolero… El mismísimo Julio Domínguez —dijo Julio mientras guardaba su revólver. 

Pancho se levantó del suelo poco a poco, sin dejar de ver al maestro pistolero. 

—Después de tanto tiempo, por fin lo encuentro. Necesito que me enseñe y me prepare para ser un pistolero, es lo único que le pido. 

—Olvídalo, hace años que ya no preparo a pistoleros. Eso fue hace mucho y dejé todo eso atrás. Vete de aquí y regresa por donde viniste. —Respondió Julio mientras preparaba sus cosas para irse.

—¿Por qué? Solo usted me puede ayudar. Busco hacerle justicia a mi hermano y no puedo hacerlo solo. Un maldito nos robó un objeto muy importante, mató a mi hermano y no puedo dejar que siga libre por ahí. —Le confesó.

Julio se acercó a Pancho y con una cara muy seria le dijo:

—Yo una vez busqué venganza, muchacho, fue contra el rey Mirnos. Mató a mi esposa y a mis dos hijos mientras yo estaba entrenando a pistoleros, todo por haberle robado un objeto muy importante cuando era joven. Me causó una ira imparable y lo fui a matar… Pero nunca me sentí satisfecho, cargué la culpa de la muerte de mis seres queridos y me alejé de todo esto, llegando a Sangrol, donde nadie me molestaría. Por eso, muchacho, vete aquí y sigue con tu vida.

—¡Pero no entiende! —Le recalcó Pancho— ¡Mataron a mi hermano y se robaron el cráneo dorado!

Julio se sorprendió al escuchar aquel nombre.

—Ese es el objeto maldito, el cual causó mi desgracia… No sé cómo terminó en tus manos. Te pediré algo, muchacho, y lo tienes que cumplir: te entrenaré para convertirte en un buen pistolero y puedas encarar a aquel que mató a tu hermano, pero lo único que te exijo es que una vez que tengas en tus manos el cráneo dorado, lo destruyas, ocultes o lo que quieras, pero tiene que desaparecer para siempre. Pocos saben su verdadero poder, pero es mejor que nadie lo conozca. —Le dijo Julio a Pancho.

—Está bien, se lo prometo. —Dijo Pancho mientras estrechaban la mano. Y le pregunto por curiosidad. —¿Cómo es que ese objeto tiene tanto poder?

Julio le hizo otra pregunta.

—¿Cómo murió tu hermano?

—¡No esquive mi pregunta! —Le gritó Pancho a Julio

—Responde mi pregunta y yo contestaré la tuya. —Comentó Julio a Pancho.

—Está bien… Cuando éramos más jóvenes, mi hermano y yo decidimos ir en busca de aventuras y encontrar un objeto del cual nuestro abuelo nos había hablado, pero su paradero era un completo misterio: el cráneo dorado. Todo fue debido a que nos motivaron esas historias de los antiguos pistoleros donde peleaban con bandidos, viajaban a todas partes y se volvían leyendas, además lo que nos había dicho nuestro abuelo. Entonces nos marchamos de nuestro pueblo.

Pasaron meses, males encontramos, el calor que nos perseguía era imparable, pero a pesar de todo, lo localizamos a manos del emperador Fiso, en su fortaleza. Logramos robárselo, pero no contábamos con que Kirgo, uno de sus leales pistoleros, sería enviado a matarnos y recuperar el cráneo. Fuimos descuidados y una noche, mientras nos quedábamos en villa azul, llegó Kirgo y nos encontró. Mi hermano salió de la choza con su pistola, pero Kirgo era veloz. Con unos tiros derrumbó a mi hermano y entró a la choza donde yo estaba. Me advirtió que, si me metía con él, me haría sufrir de las peores maneras posibles. Se llevó el cráneo y se marchó a Fargos, donde abandonaría a su amo, quedándose con el cráneo dorado.

Lleno de ira por lo que me había pasado, regresé con el cadáver de mi hermano a nuestro pueblo jurando vengarme. Personas cercanas me contaron que había un gran maestro pistolero por Sangrol, no se sabía ya nada de él desde hace tiempo, pero me podía ayudar a prepararme a combatir a Kirgo, entonces fui a buscarlo hasta llegar aquí. —Terminó así Pancho de contar su relato.

—Lamento la pérdida de tu hermano… Te agradezco por contarme. Ahora es mi turno de explicarte —le comentó Julio—. Antiguamente existió un grupo de sabios llamados los Jufos. Eran muy avanzados, creando maquinaria poderosa, estructuras de grandes tamaños y manejaban lo que antes se conocía como magia… Pero sabían que su conocimiento se iba a perder eventualmente. Entonces crearon un artefacto en el cual colocaron todo su conocimiento y el portador, a través de los llamados códigos de daus, lograría revelar todo este poder y usarlo a su favor. Pero el grupo poco a poco desapareció, perdiéndose los códigos que solo pocos llegaron a conocer. También desapareció el cráneo dorado, hasta que llegó a manos del rey Mirnos, quien nunca lo supo usar —Le contó Julio a Pancho.

—¿Y cómo se enteró de todo esto? —Le preguntó Pancho.

—Durante mis aventuras lo fui descubriendo de diferentes lugares y de gente que logró conservar esta información, aunque hay mucho que no conozco y tal vez nunca sabré, pero lo que los dos podemos confirmar es lo peligroso que es. —Afirmó Julio a Pancho.

—En eso no se equivoca. —Le contestó Pancho.

—Ahora que los dos estamos al corriente, es momento de prepararte para que cumplas tu parte y mates aquel maldito. —Le dijo Julio sonriendo a Pancho.

Y así empezó el entrenamiento de Pancho, que duró dos meses. El calor, el sudor y la sangre lo acompañaron durante todo el proceso, practicando sin parar las técnicas de los viejos pistoleros hasta manejarlas por completo, siendo todo un desafío para Pancho, pero logró dominar todo el aprendizaje del maestro pistolero.

Cuando por fin estaba listo, Julio le dio sus bendiciones y le hizo recordar aquella promesa que le había hecho. Pancho nunca la olvidaría y se marchó hacia el pueblo de Fargos, donde se encontraba el asesino de su hermano y el cráneo dorado.

Fue una caminata llena de bandidos, a veces sin agua, de noches frías, pero de días donde el sol no tenía piedad, solo en ese camino y sin compañía, pero con una solo misión por cumplir. Pasando por vías de trenes, algunos pueblos abandonados y campos de cultivos secos.

Después de esa larga travesía, logró Pancho llegar a Fargos, un pueblo bastante habitado, lleno de casas de madera negra, una gran cantina de donde provenía música por parte de un pianista, carruajes pasando de un lado a otro, hombres vestidos de gran traje y otros de manera muy sencilla. Las mujeres traían grandes vestidos coloridos, y en el fondo del pueblo había un pasillo vacío que llevaba a una casa solitaria. Esa era la casa de Kirgo, el maldito asesino de su hermano y uno de los peores bandidos conocidos.

Pancho se dirigió hacia aquel lugar, caminando lentamente y viendo a su alrededor para asegurarse si tenía compañía, pero no había nadie. Siguió su camino.

Llegó enfrente a la casa de Kirgo, una casa bastante sencilla pero llena de telarañas. La puerta tenía varios agujeros y la madera se estaba pudriendo. Sin más que esperar le gritó desde afuera.

—¡Sal de ahí, Kirgo! ¡Vengo a hacerte pagar tu deuda! —Le gritó Pancho desde afuera.

Hubo silencio por completo, Pancho colocó su mano en su revólver y no la separó de ahí. Pudo escuchar como alguien se acercaba a la puerta y lentamente la abría. 

Salió Kirgo de su casa y se sorprendió al ver aquella cara familiar. Tenía unas ojeras muy profundas, una larga blanca negra, su piel estaba bien pálida, llevaba unos pantalones cafés y un chaleco negro, además estaba descalzo.

—¿Y quién rayos eres tú? —Le pregunto Kirgo sin reconocerlo

—Aquel joven a quien amenazaste, hermano de quien asesinaste y quien le robaste… Yo soy Pancho Cruz y hoy es tu día de suerte porque la muerte vino por ti. —Le dijo fríamente Pancho Kirgo.

—Tú eres… Aquel niño —respondió Kirgo sorprendido—. ¿Crees que me puedes matar? Si no tenías las agallas para hacerlo antes, —Le dijo Kirgo intentando intimidarlo, pero fue en vano.

—No te debiste haber metido con nosotros, desgraciado, y no dudaré en matarte.

Kirgo pudo ver la ira en sus ojos. Aquel muchacho no era el que había conocido, ahora era un verdadero pistolero.

—¿Por qué lo tenías que matar? ¡Solo éramos jóvenes, Kirgo, pudiste solo llevarte el cráneo! —Le gritó Pancho a Julio.

—Eran órdenes de mi amo, chico, uno tenía que irse… Pero decidí dejarte vivo, aun así, tuviste los cojones para enfrentarme después de todo este tiempo. Luego maté a Fiso y su imperio cayó, quedándome así con el cráneo en esta choza. —Le contestó Kirgo.

—¿Por qué rayos te lo quedaste? Esa cosa está maldita, Kirgo… —Le preguntó Pancho a Kirgo.

—Es como tener el santo grial, chico, por fin tengo algo después de todos estos años. Siempre fui tratado como un mono, a pesar de que sabían de lo que soy capaz de hacer. –Replicó Kirgo a Pancho.

Lo miró Pancho seriamente ante lo que le decía Kirgo. Parecía ser otra persona.

—Vayamos a las montañas, ahí podremos tener nuestro duelo a muerte. —Propuso Kirgo mientras lentamente tomaba su pistola de su bolsillo con su mano derecha.

Pero Pancho disparó a la mano de Kirgo y a su pecho, haciéndolo caer de rodillas al suelo y gritando de dolor.

—¡Maldito! Me disparaste sin que pudiéramos empezar…

—No te pedí permiso para matarte –Respondió Pancho a Kirgo.

—Si tú vas a jugar de este modo, yo también puedo… ¡Muchachos! –Gritó Kirgo fuertemente.

Rápidamente salieron cinco hombres que llevaban puesto gabardinas negras y pantalones azules, todos usando sombreros cafés, cargando cada uno un revólver y disparando sin parar a Pancho. Este cayó al piso dejando todo un charco de sangre en el suelo.

—Si yo he de morir, tú también lo harás… —dijo Kirgo mientras moría lentamente tirado en el suelo.

Ambos hombres habían muerto. Uno descansaba sabiendo que su hermano había sido vengado, enseñado por el maestro pistolero, pero sin haber cumplido la promesa: el cráneo dorado podría seguir causando caos y mal. El otro hombre moría pagando la deuda que tenía. Su fuerza ya no era la misma, su nombre seria olvidado y cambiando de acuerdo con quién contaba la historia. Se dice que Pancho Cruz no murió y se fue en su misión, otros que solo quedó en pie Julio Dominguez no sin antes tener un duelo justo. La verdadera historia nunca se sabrá. Sólo quienes estuvieron ahí conocen el destino de estos hombres y tal vez el del famoso y peligroso cráneo dorado.

Picture of Diego Sevilla López

Diego Sevilla López

Diego Sevilla López es un joven de 17 años que nació en la Ciudad de México. Actualmente está cursando la preparatoria. En su tiempo de descanso disfruta leer obras de suspenso, misterio, literatura clásica y ciencia ficción. Además, le fascina ver películas de distintos géneros y escuchar música clásica y ochentera.

notas