después de haber formulado que la mirada tiene algo de doma-mirada, esto es, que el que mira una pintura siempre se ve obligado a deponer la mirada, hice de inmediato una salvedad, la del expresionismo que se sitúa, empero, como un llamado muy directo a la mirada.
Jacques Lacan (seminario 11)
El cuerpo es un enigma, siempre es posible conocerlo únicamente de manera parcial. En ese universo secreto que es el cuerpo, entre sus órganos y funciones más complejas, se encuentran el ojo y la mirada. Órgano y función. El ojo es parte del cuerpo y al mismo tiempo es sede de la función de la mirada.
Ante esta división entre órgano y función, se nos impone una interrogación: si la mirada es una función y, como se sabe, la función es función de x: ¿Sería posible “mirar” con otros órganos que no sea con los ojos? Freud no lo creía así y sostenía que los niños espiaban a los padres con las orejas, entonces los niños “veían” con las orejas.
El ojo nace con la cualidad fisiológica de ver, pero no viene dotado con la función de mirar, y esta función no se adquiere por simple evolución. Se requiere la mirada del Otro para que la mirada propia se ponga en operación, como ocurre, en el mismo sentido y de manera análoga, con el deseo que se pone a andar sólo a partir el Otro, vemos que la mirada es, en principio, la mirada del Otro.
Es la mirada del Otro, y el lugar del Otro en la palabra, lo que nos introduce en el mundo del deseo, que es el mundo humano. Es a partir de la mirada (y la voz) del Otro que el sujeto es convocado a desear. Sin embargo, y paradójicamente, la mirada del Otro tendrá necesariamente que tener límites, de lo contrario la mirada del Otro deviene angustiante.
Conocemos la experiencia fenoménica de sentirse incómodo ante una mirada persistente. Esa incomodidad proviene de una mirada que nos mira sin límites. Somos mirados permanentemente y esa intuición resulta en alguna medida angustiante. Posiblemente la angustia radica en que somos mirados, pero no sabemos qué se nos mira. La reacción ante ello es esconderse, huir de la mirada omnipresente del Otro, se llega incluso a desear que la tierra nos trague. Quizás es por ello que el niño incluye entre sus juegos más frecuentes el evadirse de la mirada del Otro que le inquieta, juega a esconderse. La mentira infantil también podría obedecer a esta lógica: el niño requiere tener un espacio de saber privado de la mirada omnipotente del Otro.
Si el juego es fundamental en el niño, para Freud tendría que constituir su actividad principal, y estructuralmente el juego esencial del niño es mirar-ser mirado, como nos enseña Lacan.
En Proverbios y cantares, el poeta Antonio Machado se fascina con lo que se teje entre el ver y el mirar, y lo dice de esta manera, cito: “El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve”. Albert Einstein recurre a la ilusión óptica para sostener su idea de la no-dualidad, como señala: “nuestra separación de los demás es una ilusión óptica de la consciencia”.
Sabemos que la oftalmología médica, sucedánea de la óptica ligada a la función de la visión, hunde sus raíces hasta el año 3500 a. C., con los antiguos egipcios que producían ojos artificiales para “dotar” de ojos a las momias. Incluso tenían su dios de la visión llamado Duau y además contaba con su contraparte, Mechenti-Irti, dios de la ceguera.
También por la cultura egipcia conocemos que el ojo de Horus (ojo mitad humano, mitad halcón), que es además uno de los más propagados amuletos del antiguo Egipto. Simboliza la salud, la prosperidad, la indestructibilidad del cuerpo y la capacidad de renacer.
Hipócrates, padre de la medicina, dividió al ojo para su estudio en tres partes: la exterior gruesa, la media interna y la chorius, centro de la visión y que es de donde salen las sensaciones visuales al cerebro.
En la mitología griega conocemos el mito de Argos, el enorme vigilante que, según las diversas versiones, poseía cuatro ojos: dos que miran hacia adelante y dos que miran hacia atrás; o bien poseía cien ojos y mientras dormía con unos ojos, los demás permanecían despiertos. Esa cualidad le otorgaba la monstruosa facultad de vigilarlo todo. Aristóteles, por su parte, plantea por vez primera la idea de que la visión no estaba determinada por el ojo ni por el objeto, sino que se ubicaba en el medio entre ambos.
La tradición mitológica griega nos regala un mito que ya conocemos y que incluso resulta más cercano a nosotros, psicoanalistas. Se trata del mito de Narciso, donde justamente la mirada se vincula con el amor y el deseo. Con Narciso se nos muestra la potencia de la mirada en el amor: Narciso se enamora de su imagen “vista” en el reflejo del estanque. Cuando Narciso nace, el sabio Tiresias le dice a su madre que el niño vivirá eternamente si nunca se conoce, si nunca se ve, si no recibe la mirada del Otro. La historia de Narciso, huyendo de la ninfa Eco, se termina viendo en el estanque y se enamora de su imagen, se enamora de su propio reflejo, y al quererse besar a sí mismo termina ahogado. El amor a su imagen vista en el río lo pierde.
George Orwell, en su novela 1984, construye la ficción de una sociedad futura (ahora ya presente) donde todo está vigilado por el Gran Hermano, siempre omnipresente. Vivimos un momento donde la civilización se ha venido convirtiendo en una sociedad hecha desde y para el espectáculo. Somos mirados permanentemente, como sostiene Gérard Wajcman en su libro El ojo absoluto. La ciencia y la tecnología vinieron a sofisticar las formas de la vigilancia y control de los ciudadanos. El Otro (con mayúscula) opera como ojo absoluto que vigila y amenaza. De esta manera, en la mirada del Otro se conjugan el deseo y la muerte, el ojo absoluto se expresa como el ojo portador del Mal, el mal de ojo.
El mal de ojo es una expresión que se escucha en las más diversas culturas. Es una superstición de carácter universal, es un hueco de lo real. Desde siempre la mirada ha sido la parte del cuerpo a la que más se le han atribuido poderes sobrenaturales; se ha sostenido la superstición de que la mirada tiene el poder de hacer daño. Quizá la angustia sea la respuesta que toma al sujeto cuando se siente interpelado por la enigmática mirada del Otro que se presenta para el sujeto como una interrogación: ¿qué me ves?
En fin, el ojo y la mirada están cargadas de sentido, hasta llegar incluso a hablar de miradas que matan. Pero aún hay más con respecto al ojo y la mirada, se dice que el ojo es espejo del alma y, por tanto, si el ojo es bueno el alma de la persona también lo es, pero si el ojo-mirada no es bueno, el alma y el cuerpo serán oscuros.






