Silencio

Estuvimos en un camino recto del altiplano orureño, una de estas carreteras que parecen no terminar nunca. Un camino aburrido en medio del paisaje árido y monótono. Todo tan igual bajo el cielo intenso de un azul brillante, sin nubes y sin viento; apenas, a lo lejos, unos pájaros a los que la pesadez del aire guiaba como una lucerna.

Era un día limpio, donde los únicos que perturbaban el orden del paisaje éramos nosotros en la movilidad. De repente, divisamos una placa en la carretera desprovista de señalización, estaba escrito SILENCIO y una saeta indicaba a la derecha.

Nos miramos, y, como si un imán nos llamara, doblamos a la derecha disminuyendo la velocidad porque ese camino era más precario que el original. En pocos minutos vislumbramos la silueta de un villorrio lejanísimo, que se dibujaba con nuestra proximidad.

Al llegar a la pequeña aldea de adobe y paja percibimos que el silencio se había impregnado en los tejados, en las puertas, en las ventanas y en las paredes de las casas. Como si el silencio estuviera hecho de un material viscoso que se apodera de todo y de a poco. Si tuviera olor, seguramente sería el de paredes húmedas, calladas por el tiempo. Probablemente fue en las grietas del cotidiano donde el silencio se fue insinuando hasta que se apropió de la aldea.

Cuando llegamos, un escalofrío recorrió nuestros cuerpos y, como quien no quiere ser indiscreto, parqueamos un poco antes del poblado y nos acercamos meditativos, sin gemido. Parecía que estábamos contagiándonos rápidamente del orden invisible que se asió de aquel lugar, sabe Dios desde cuándo.

Las puertas de las casas estaban bien cerradas, con grandes candados que daban la impresión de que en su interior guardaban inmensos tesoros de palabras no dichas. En las calles angostas había un orden sepulcral, donde el eco del silencio dejaba entender la plenitud de todo aquello que no se expresa con palabras.

La pequeña iglesia, a diferencia de los demás predios, tenía la puerta abierta pese a que también estaba envuelta en la misma materia que parecía pegajosa. Nos acercamos a la puerta de doble hoja y miramos adentro: bancos, coro, altar… Todo cubierto por la inmensa presencia del silencio y abandonado en la colosal planicie.

Cuando nos marchamos, el poblado visto por el retrovisor fue deshaciéndose, mientras sentíamos una paz extraña, como si hubiese alguien más en nuestra movilidad que dominaba la conversación sin necesidad de voz, sin palabra alguna. Todo lo decía, desde la profundidad del más absoluto silencio.

 

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Márcia Batista Ramos

Es escritora, filósofa y Cónsul Honoraria de Brasil en Oruro, Bolivia. Autora de más de una decena de libros en diversos géneros, su obra ha sido traducida a 16 lenguas, consolidándola como una figura clave del intercambio cultural iberoamericano. Es columnista internacional en medios de Europa y América, y presidente para Bolivia de la Cámara Internacional de Escritores & Artistas. Distinguida con múltiples Doctorados Honoris Causa, su trabajo combina la creación literaria con una profunda labor de crítica y gestión cultural. A la fecha fue publicada en 38 países.

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