Está por comenzar una de las fiestas deportivas más importantes del planeta y una parte de ella se llevará a cabo en México.
La Copa Mundial de futbol es tradición, esperanza, aunque dicha esperanza de triunfo sea poca para la mayoría de sus participantes, pero ya con sólo estar ahí el mundial es también una fábrica de sueños y expectativas: de partidos que se ven en una cafetería escolar o en una obra en construcción, o en un celular mientras se viaja en el pesero.
Pocas veces la igualdad se hace evidente entre las personas cuando apoyan a un seleccionado nacional, esa playera es habitada al mismo tiempo por la clase humilde y la clase rica. Las infancias y la gente mayor. El chofer de reparto y el presidente de una nación.
El primer mundial que yo recuerdo fue precisamente el de México 86. Tenía seis años y a esa edad me gustaban más las caricaturas que el futbol. Cuando México jugó el partido de cuartos de final contra Alemania, en Nuevo León, mi abuela y mi madre me quitaron la televisión blanco y negro, y también la caricatura de Pacman, lo recuerdo bien, para poner el mentado partido. Yo me enojé, pero mi abuela y mi madre se enojaron más después de que México perdió en penales contra el cuadro teutón. Aquella vez, por cierto, Hugo Sanchéz no quiso cobrar uno de los tiros y el árbitro anuló un gol de México por un fuera de lugar que aún se sigue cuestionando. Hubiera sido la primera vez que el cuadro tricolor hubiese pasado a semifinales, pero el dios esférico no lo quiso así.
También recuerdo el mundial del 94, que fue en Estados Unidos. Fue muy lindo gritar los goles de Luis García contra Irlanda junto a mis compañeros de secundaria, en la cafetería del Instituto Anáhuac, en un mediodía de aquel verano, en una escuela que hoy ya no existe. Por aquella época yo solía ir a consulta médica desde Puebla a la Ciudad de México, tenía un problema en el sistema endócrino que requería revisiones constantes. Para el partido de octavos de final entre México y Bulgaria me tocó escuchar gran parte de éste por radio en el ADO, hasta que la señal lo permitió, pues se cortó como a la mitad del segundo tiempo; por buena o mala suerte, cuando llegamos a la Central Camionera de Puebla el partido había acabado, pero faltaban los penales, porque en el tiempo extra prevaleció el 1 a 1 del tiempo regular. Sí, fue más mala suerte: otra vez, al igual que en el 86, México volvió a perder desde el manchón de penal frente a una Bulgaria soberbia liderada por Hristo Stoikov.
Desde entonces la narrativa de México en mundiales sigue siendo parca, pero nos gusta sufrir, asumimos que no seremos campeones del mundo, pero ahí estamos para consumir esos minutos de historia que nuestra selección tendrá en cada partido, que también se harán memorables por el hecho de tener a un lado de nosotros a nuestros a amigos, familiares o parejas que nos acompañarán en ese breve momento de gloria o en ese calvario.
Aunque el mundo entero colapse, el futbol y los mundiales siguen siendo un refugio mediático en el que los 90 minutos de cada partido nos separan de realidades difíciles, flotamos contemplativos en un sueño de éxito y tragedia del que nada nos puede despertar.
Yo jamás olvidaré los partidos que vi con mi abuela, con mi madre, con mi hermano, con mis amigos, e incluso con mis mascotas; en ellos hubo abrazos y lágrimas; un sentido de presente que pocas cosas en la vida me lo pudieron brindar. Mil veces maldito y mil veces bendito fútbol.






