La mesa

Los momentos más importantes parece, si no mal recuerdo, que los pasamos alrededor de la mesa. Allí, los adultos platicaban sobre asuntos importantes que se impregnaban en mi memoria de niña. Los escuchaba y, más que palabras, me quedaban imágenes, como cuando hablaban del reinicio del mundo: yo imaginaba que el mundo era como una máquina que se apagaba, se encendía y empezaba de nuevo. Yo no sabía que la historia nunca se borra, apenas se sedimenta; porque las huellas del pasado como memoria, heridas, conquistas y olvidos son irreversibles. Entonces, el reinicio sería más bien un relato que disfraza la imposibilidad de transformar radicalmente lo real.

Mientras platicaban, el abuelo untaba mantequilla en el pan con la paciencia de un reloj detenido. Decía que así también se extendían los días: con suavidad, sin prisa. Yo le creía, y todavía, de muchas maneras, busco esa calma en cada desayuno.

Fue en la mesa que de a poco, entendí que el mundo nunca fue reiniciado, ni puede serlo. Lo que existe son narrativas de reinicio —a veces míticas, a veces políticas, a veces tecnológicas— que intentan dar sentido a un cambio radical o legitimar un poder. Y que la tarea crítica es desenmascarar esos relatos y preguntarnos si en verdad traen novedad o solo repiten viejos discursos.

La cocina era un pequeño reino donde mi madre reinaba con una cuchara de madera. Cuando revolvía la mermelada, sus brazos parecían mover también las estaciones.

La abuela guardaba las mermeladas en la alacena, en frascos alineados. Al abrir uno, yo juraba que la casa entera se llenaba con el olor a dulce de fruta. Hoy, cuando abro un frasco de mermelada, me parece que la casa se llena con la voz de cada uno de los que ya se fueron. Cada cucharada es un regreso en mi memoria, es una especie de eterno retorno de reinicio. Parece tan real por un momento, cuando la repetición llega disfrazada de novedad en mi mente.

Mi padre cortaba el pan caliente, también el “salamito” y el queso. Yo lo miraba fascinada. Mientras escuchaba sus palabras sobre el peligro de una tabula rasa, ya que él creía que empezar de cero para fundar sociedades racionales era una forma de encubrir la violencia: colonizaciones destruyen culturas, revoluciones borran símbolos, totalitarismos imponen un nuevo hombre. Mi padre no creía en el supuesto reinicio, pues terminaba siendo una sustitución brutal, no un comienzo inocente. Mi padre decía, casi de forma solemne, que un reinicio sin justicia es simplemente una actualización de las mismas estructuras de control. Yo no entendía muy bien, pero todo eso se quedó en mi mente…

Los domingos, mi madre nos despertaba con mantequilla derritiéndose en pan tostado. Era su manera de decirnos que la vida empezaba suave, aunque después trajera sus asperezas.

En la mesa grande, los primos peleábamos por la última rebanada de pan. La tía sonreía: sabía que el pan compartido unía más que la sangre. Al final, siempre quedaba un pedacito para cada uno.

Una tarde, la abuela me enseñó a mezclar mantequilla tibia con mermelada. Así es la vida —dijo—: lo dulce y lo simple siempre se buscan. Fue en la mesa, entre tajadas de pan, que aprendí que los consejos son heredados.

La mesa de la cena siempre fue demasiado pequeña. Entre codos, voces y carcajadas, aprendimos que el verdadero espacio no se mide en centímetros, sino en afectos.

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Márcia Batista Ramos

Es escritora, filósofa y Cónsul Honoraria de Brasil en Oruro, Bolivia. Autora de más de una decena de libros en diversos géneros, su obra ha sido traducida a 16 lenguas, consolidándola como una figura clave del intercambio cultural iberoamericano. Es columnista internacional en medios de Europa y América, y presidente para Bolivia de la Cámara Internacional de Escritores & Artistas. Distinguida con múltiples Doctorados Honoris Causa, su trabajo combina la creación literaria con una profunda labor de crítica y gestión cultural. A la fecha fue publicada en 38 países.

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