No era borrachito, pero hubo una época en que se dio a la bebedera. Inició en mayo de 1986, año de mundial, de movimiento estudiantil, de telenovelas con Verónica Castro y de rock en español sonando en las estaciones de radio. Las calles estaban llenas de grafitis políticos, y en la escuela se hablaba tanto de derivadas como de paros estudiantiles.
El rito de iniciación de la mayoría de edad. Pero ese día era una forma de acompañar a su amigo Rubén, el galán, compañero del bachillerato, que andaba de capa caída. Otro lío de faldas, seguramente.
La novia de turno era más joven que él y su padre le había prohibido verlo. El andaba arrastrando el petate por todos lados y en la quincena le invitó a tomar una copa para platicarle sus penas.
Salieron del Tecnológico hacia la cantina La Ópera. Rubén hablaba menos de lo habitual y escogió la mesa donde llegara menos el ruido, lo cual era difícil ya que, cuando no estaba la música del cantinero, los clientes ponían monedas en la rocola con canciones de José Alfredo.
Así, empezaron a discutir sobre el amor. Sí, se caían bien por esas discusiones medio ñoñas que a veces tenían pero que a Barrabás lo iban formando en la vida, más que el cálculo diferencial.
—¿Y si el amor eterno fuera solo el límite al que converge una sucesión rápida de sensaciones por cada mujer conquistada? —dijo Sebastián, mientras jugaba con su vaso.
Rubén, que había estado en silencio un buen rato, se rió:
—¿O será que el amor eterno es como un número irracional? Siempre buscando aproximarse, pero nunca llegando realmente. Cada conquista es solo una fracción de lo que podría ser, y lo sabemos, ¿no?
Sebastián pensó por un momento.
—¿Entonces todo es solo un juego de series? Con cada mujer nos acercamos un poquito más a ese amor infinito, pero nunca lo alcanzamos.
—¡Exacto! —respondió Rubén mientras tomaba un sorbo de su bebida—. Y aunque intentes sumar las experiencias, siempre te falta algo. Como si estuviéramos buscando la raíz cuadrada de un número que no tiene raíz exacta.
Esto y un par de rondas futuras era el único pretexto para no ir a buscar a Eliza, el amor de Rubén de ese momento.
Rubén se quedó en silencio por un momento, mirando al vacío.
—¿Sabes, Sebastián? —dijo Rubén, mirando su cerveza, aunque ya no parecía estar pensando en ella—. Cuando la conocí, fue como si todo hubiera hecho clic, ¿sabes? Era algo que no había sentido antes.
Sebastián levantó una ceja, y la copa, invitándolo a continuar.
Rubén se recostó en la silla, los recuerdos comenzaban a tomar forma en su mente.
“Recuerdo el primer día que la vi. Estaba en una de esas pequeñas librerías en el centro. Yo estaba mirando las novedades sin mucho interés, pero lo que vi en la esquina me atrajo. Eliza estaba sentada en un rincón, rodeada de pilas de libros. No me di cuenta de que la estaba mirando hasta que levantó la cabeza y me sonrió. Fue un gesto tan sencillo, tan natural. Y, al mismo tiempo, tan… diferente.”
Rubén respiró hondo, como si volviera a sentir la misma mezcla de emociones.
“Lo que me sorprendió de ella fue su calma. En un mundo lleno de tormentas, ella era como una isla tranquila. Siempre me había atraído la idea de ser alguien capaz de mantener su equilibrio en medio del caos, pero nunca pensé que encontraría a alguien así. Se notaba en sus ojos, en cómo absorbía todo a su alrededor sin perder la compostura.”
Rubén rio ligeramente, recordando el momento con cierto pesar, mientras en el fondo se escuchaba a Javier Solís: “Sombras nada más, / entre tu vida y mi vida…”
—Y sí —continuó Rubén—, fue el contraste lo que me atrapó. Yo estaba pasando por mi desmadrito: demasiados problemas con mi familia, las expectativas que tenía sobre mí mismo… Pero ella no era parte de ese desastre. Ella era… un refugio. No me entendía completamente, pero aceptaba todo lo que era, incluso mis defectos. Eso es raro, ¿sabes? Nadie lo hace por completo.
Rubén se quedó mirando su vaso.
—Ella me hizo sentir que no tenía que esconderme, que no tenía que ser el muchacho chicho o el tipo chingón tiene todo bajo control. Con Eliza, era suficiente ser yo mismo.
Las excusas se agotaban y las copas se vaciaban. Rubén miraba su vaso como si esperara encontrar respuestas en el fondo y Barrabás sentía que la noche se espesaba a su alrededor. Habían hablado suficiente, habían bebido suficiente.
Fue cuando Sebastián dijo:
—¡Ya es hora!
Rubén parpadeó, primero sorprendido y luego convencido, como si siempre hubiera estado esperando esa señal. Se levantaron tambaleantes, dejando unas monedas en la mesa, y antes de darse cuenta, ya estaban subiendo al autobús rumbo a la mítica ciudad de Tlaxcala. Rubén tarareaba “Siempre en mi mente” y Sebastián solo intentaba no guacarear.
Llegaron a Tlaxcala como a las 9 de la noche, pero no fue sino hasta ya entrada la madrugada cuando, agotados y con las ideas revueltas, decidieron empezar la búsqueda.
—¿Y dónde vive, para darle la serenata? —preguntó Sebastián.
—Ni idea —respondió Rubén, casi sin aliento—. Solo sabía que tenía que venir.
Después de vagar un poco, llegaron a una cabina telefónica en plena calle. La ciudad estaba casi desierta, solo algunos perros callejeros rondaban y la luna iluminaba todo con una claridad fantasmal.
Allí, Rubén, mirando de reojo a su amigo, le soltó:
—Oye, Barrabás, tú que eres detective, ayúdame a encontrarla.
Sebastián, medio atarantado por el alcohol, se quedó pensando un momento. Trataba de cambiar a modo detective, ser Barrabás. Su cara mostraba gestos graciosos por el esfuerzo de pensar medio borracho.
Solo se le ocurrió lo más básico: entraron a una clínica cercana y pidieron ver el directorio telefónico. Después de un par de bromas con la recepcionista, arrancaron la hoja del libro, como quien no quiere la cosa.
Ya afuera, medio perdidos y sin saber bien qué hacer, consiguieron algunas monedas con un taquero y comenzaron a llamar, uno tras otro, a todos los números del directorio.
—Holaaaa, ¿se encuentra, hip, Eliza?
—¡Borracho de mierda!.. aquí no hay ninguna Eliza. ¡Vaya a despertar a su abuela!
Para cuando colgaron la última llamada desde la cabina, ya pasaban de las cinco de la mañana. El aire frío les pegaba en la cara y el efecto del alcohol empezaba a mezclarse con el cansancio.
—Nos largamos, ¿no? —dijo Barrabás, metiendo las manos en los bolsillos.
Rubén no respondió de inmediato. En lugar de eso, miró hacia la calle desierta. Algo en su expresión cambió.
—Creo que nos están viendo —murmuró.
Barrabás siguió su mirada. A unos metros, junto a un coche viejo estacionado bajo una farola, había un hombre encendiendo un cigarro. O eso parecía. Lo extraño era que no dejaba de mirarlos.
—Vámonos a la terminal —susurró Rubén.
Caminaron sin apurarse, como si todo fuera normal. Pero apenas cruzaron la esquina, los pasos detrás de ellos se hicieron evidentes. No estaban solos.
—No mires atrás —dijo Rubén entre dientes—. Actúa normal.
Dieron vuelta en la siguiente calle y aceleraron el paso. La terminal ya no estaba lejos. Si alcanzaban el primer autobús, podrían desaparecer antes de que el amanecer trajera más problemas. Pero a cada paso, la sensación de que alguien los seguía se hacía más fuerte.
Fue entonces cuando escucharon un motor encenderse detrás de ellos. El sonido de un auto avanzando lentamente.
Barrabás sintió un nudo en el estómago. No hizo falta que Rubén dijera nada. Ambos echaron a correr.
El corazón de Barrabás latía con fuerza y, en medio del pánico, un pensamiento absurdo cruzó su mente: ¿El amor eterno es el límite al que converge una sucesión rápida de sensaciones por cada mujer conquistada? La frase, que en la cantina había sonado como una reflexión profunda, ahora le parecía una burla. Si el amor era una ecuación, Rubén llevaba años resolviéndola mal. Y lo peor es que cada intento parecía llevarlo más lejos de la respuesta correcta.
Llegaron a la terminal subiendo las eternas escaleras con pasos cansados y, desde ahí, Barrabás/Sebastián ya no recordaba mucho más. Solo el viento en la cara, cortesía del cristal roto del autobús, mientras regresaban a Puebla de los Ángeles, el viaje de vuelta ya con el sol asomando en el horizonte.
La abuela lo recibió a escobazos que, curiosamente, no dolían. Y al mediodía siguiente, con la misma constancia de siempre, comenzó a recitarle las reprimendas de ley mientras le servía un mole de olla bien picoso. Claro, con su cheve al lado, no podía ser de otra manera. Al final de ese año le lloraría tanto a Lolita que pocas veces se volvería a emborrachar.
Sebastián no pudo ver a su amigo hasta el fin de semana, cuando llegó con un tremendo ojo morado.
—¡Ora! Eso no recuerdo que te lo hayas hecho ese día.
Rubén suspiró y se inclinó hacia adelante, frotándose la cara con ambas manos.
—Claro que no fue esa noche —dijo, señalándose el ojo morado—. Pero el papá de Eliza se enteró de nuestras llamadas. Despertamos a la tía que se llama igual y con eso ya tenía suficiente para ir a buscarme.
Sebastián se enderezó en su silla.
—¿Te fue a ver?
—En la puerta de mi casa, a plena luz del día. Ni siquiera gritó. Solo se quedó ahí, mirándome. Y entonces, cuando se acomodó la chamarra, vi la pistola en su cintura.
El silencio cayó sobre la mesa.
—Me dijo que ya sabía lo que estaba haciendo —continuó Rubén, con la mirada clavada en su vaso—. Que no lo intentara otra vez. Y que si me volvía a ver cerca de su hija, la próxima vez no iba a perder el tiempo con advertencias.
Sebastián sintió un escalofrío.
—¿Y qué hiciste?
Rubén sonrió, con la misma confianza de siempre, pero con algo más oscuro en los ojos.
—Nada. ¿Qué podía hacer? Solo asentí como buen cobarde.
Sebastián lo miró, algo sorprendido. Rubén tomó su vaso y se lo terminó de un solo trago. Se inclinó hacia Barrabás con una sonrisa que parecía mezcla de emoción y locura.
—Nos vamos a Veracruz.
Sebastián parpadeó.
—¿Qué?
—Eliza y yo. Nos vamos. Mañana mismo.
El silencio entre ellos duró unos segundos que se sintieron más largos de lo normal.
—A ver, espera —dijo Sebastián, apoyando los codos en la mesa—. ¿“Nos vamos” cómo? ¿Tienen un plan? ¿Dinero? ¿A dónde van a llegar?
Rubén soltó una carcajada.
—¿Desde cuándo necesitas tantas respuestas?
—Desde que el papá de Eliza te mostró una pistola en la cintura, cabrón.
Rubén dejó de sonreír por un instante.
—Lo único que importa es que ella quiere irse —dijo, más serio—. No puede quedarse aquí. Y yo tampoco: está embarazada.
Sebastián lo miró, tratando de descifrar si hablaba en serio o si era otro de sus arranques.
—Rubén… no estamos hablando de largarte un fin de semana. Vas a ser papá —Rubén suspiró.
—Sí. Y por primera vez en mi vida, no quiero salir corriendo de la relación.
Sebastián negó con la cabeza y se frotó la cara.
—No puedo creer que esto esté pasando.
—Créelo.
—Y yo, ¿qué chingados tengo que ver en esto?
Rubén sonrió otra vez, como si el peso de todo el asunto no lo aplastara.
—Vas a ser padrino, seguro.
Sebastián soltó aire con resignación.
—Ya veo que mi voto no cuenta en esta ecuación.
—Nunca contó —dijo Rubén, levantándose de la mesa—. Y menos ahora.
Rubén se levantó de la mesa con esa misma sonrisa de siempre, pero sus ojos tenían algo distinto. Algo más pesado.
—Nos vemos, Sebastián-Barrabás.
Dio un par de pasos hacia la puerta y, antes de salir, comenzó a tararear: “Novia mía, novia mía…”
Sebastián lo vio alejarse, sintiendo que esa escena ya la había visto antes. Como una ecuación que se repite en ciclos infinitos.
Alguien en la cantina puso una moneda en la rocola y la voz de Javier Solís llenó el aire: “Si Dios me quita la vida antes que a ti…”
Sebastián exhaló con resignación y miró su vaso vacío.
—Pinche Rubén, siempre tan dramático —murmuró, con una mezcla de exasperación y cariño.
La voz de Javier Solís seguía llenando el aire: “Si Dios me quita la vida antes que a ti / Le voy a pedir ser el ángel / Que cuide tus pasos”
Sebastián cerró los ojos por un instante. Parecía que algunas ecuaciones, por más complejas que fueran, estaban destinadas a resolverse de una sola manera, sin importar cuántas variables se intentaran cambiar.






