El sol se ocultó, señal de que tenían que regresar. La tarde había sido muy agradable, pero ella debía estar antes de las ocho en casa. Sebastián no se explicaba cómo es que ella le había hecho caso. Se lo había dicho: venir de otra escuela para terminar la secundaria, muy bonita, y todos los chicos la invitaron a tomar algo o a pasear, pero solo le había hecho caso a él.
—Nadie más me dijo un poema —le confesó—, y me gusta que seas curioso y ayudes a los demás. Como ese día que escondieron la libreta de Sonia y la encontraste solo viendo las caras de los compañeros.
—¡Por una mirada, un mundo! —dijo Sebastián, y se alegró de ser el único que le encontrara uso a las clases de español del año pasado. Sebastián recordó la suave sonrisa y el sonrojo de ella al escuchar sus versos, una sonrisa que solo le dedicaba a él.
Era agosto y ya sabían la respuesta de las escuelas a las que irían a estudiar: él al tecnológico, ella a la prepa. Pero al otro día ella saldría de viaje a visitar a su familia a Oaxaca antes de regresar a clases en septiembre.
En el parque de La Paz, que está a un lado de su casa, ella no puede más; ese paseo era para despedirse por el viaje, pero se volvió una ruptura. Ella lo había engañado con un compañero de la escuela. No le iba a decir quién, pero no quería ya seguir con la relación.
El “te engañé” de ella lo dejó petrificado. Un shock helado recorrió su cuerpo, paralizando cualquier reacción inmediata. Solo cuando ella comenzó a correr, alejándose, la realidad lo golpeó con la fuerza de un puño. Un grito silencioso de negación se ahogó en su pecho mientras la veía entrar a su casa, cerrándole la puerta en la cara a un mundo que acababa de desmoronarse.
Antes de despedirse le iba a dar un casete que le había grabado con las canciones que a ella le gustaban y las que quería compartir con ella. Ahora el adiós era definitivo. Ahí estaba su corazón, ahora roto.
Se acerca a su puerta y lo desliza por el buzón.
“Y como hoja seca que vaga en el viento / Vuelo imaginario sobre historias de concreto”, escucha cantar a Rockdrigo en los audífonos del Walkman que le prestó Juancho. Los quería para que ella pudiera oír la canción que le dedicaba especialmente. Pero no se pudo.
Sebastián camina desolado. Cruza como puede la avenida Reforma y se dirige hacia su casa. Al llegar al Cuexcomate se encuentra con Toño.
—¿A dónde vas, Barrabás? —le dice en tono de burla. Pero se da cuenta del sentir de Sebastián y no dice más.
Ni el café ni el caldo de habas que tanto le gustan le levantan el ánimo, y su abuela Lolita se pone triste también.
Sebastián repasaba sus recuerdos, buscando una grieta, una señal. No la encontraba. Quizás fue algo tan simple como una conversación en el momento justo, una broma compartida que creó un lazo inesperado. La verdad era que no lo sabía y esa incertidumbre solo aumentaba la punzada de la traición.
Toño pasa por el puesto de Sebastián, de juguetes y plásticos, y lo anima.
—Mira, estas cosas pasan. Vamos al gimnasio a hacer un poco de ejercicio.
Otra burla más: Sebastián era más bien un poco bofo. El cuerpo correoso no lo tendría hasta meses después de entrar a la prepa.
—Bueno, no es necesario que hagas ejercicio, pero sí debes aprender a pelear por si lo llegas a necesitar.
Una copia del casete sonaba en la grabadora mientras entrenaba con Toño:
“Pequeña / Piensa que te quiero / Que de pena muero / Si te veo llorar”. Cantaban Los Temerarios mientras golpeaba con toda su rabia al saco. Todo ese lado tenía las canciones que le gustaban a ella: de Bronco, Los Acosta…
“No creas que son solo palabritas / Que se dicen nada más / Te quiero tanto y tanto que aunque lejos / Mi calor recibirás”. Cerraba Rigo Tovar el lado A y él terminaba esa media hora de lanzar golpes como loco, sudado y un poco menos triste.
Dos semanas así y Toño lo veía un poco más animado.
—¿Qué hay en el otro lado del casete?
Antes de la frase que le pondría el apodo de Barrabás, el Gorras, su prefecto, le dijo: —Ven, Sebastián, escucha esto. En la biblioteca de la secundaria tenía una grabadora y en ella empezaba Pablo Milanés: “Todavía quedan restos de humedad”, y desde entonces se había prendado de la Trova.
Así que en el lado B, las canciones que quería que ella conociera: temas de Pablo, Silvio, Mercedes Sosa, Violeta Parra, Oscar Chávez, Joaquín Sabina, Serrat, Mexicanto…
Así, más calmado, Sebastián decide investigar. Saca su libreta y anota: ¿Quién estuvo cerca las últimas semanas del curso? ¿Qué cambió en esos días? ¿Por qué?
La última le recordó la rabia que sentía, pero la segunda resonó más. Él mismo tenía la respuesta: ¿Rigo Tovar? No era como que tan grupero como los otros, por ahí va la cosa.
Pone el lado B y suena Mercedes Sosa raspándole sal a la herida:
“Para decidir, para continuar / Para recalcar y considerar / Sólo me hace falta que estés aquí / Con tus ojos claros”.
La última semana de agosto. Debe resolver esto antes de iniciar la prepa. Ha reducido todo a tres sospechosos: Juanelo, Alberto y Manolo.
A Juanelo lo ha encontrado en la tienda donde trabaja de ayudante. Se acerca a él canturreando suavemente: “Pequeña / Piensa que te quiero…” —¿Te acuerdas de esta canción? A ella le gustaba, ¿no?
—Sí, me acuerdo. ¿Por qué la mencionas? —Muestra un tono genuinamente curioso, quizá notando la tristeza en la voz de Sebastián.
—Solo me acordé… últimamente he estado escuchando las canciones que le gustaban.
—Ah… pues sí, era buena rola. ¿Todo bien, Sebas?
Posible descarte.
Manolo jugando futbolito en el paraboloide. De pasada, Barrabás le pregunta sobre los gustos musicales de su ex.
—Sí, le gustaba el grupero. Me acuerdo de que en la fiesta de Sonia estuvo cantando a todo pulmón una de Los Acosta. ¡Sabía la letra completita!
—¿Cuál canción era?
—Creo que era “Te amo tanto”. ¿Por? —Sin mostrar incomodidad.
Tachado.
Solo quedaba Alberto.
—Sí, bailamos esa canción de Rigo Tovar en la fiesta de Sonia a la que no pudiste ir —dice bajando la voz. Estaban en el parque. Como todos los días, desde que tenía memoria, la parroquia de enfrente tocaba las campanas a las tres de la tarde y luego ponía un par de canciones. Sonaba entonces Leo Dan: “Cómo te extraño, mi amor, ¿por qué será? / Me falta todo, en la vida, si no estás”.
Alberto entonces levantó la mirada mientras cerraba los puños.
—Sí, yo estuve con ella. La acompañé a su casa, pero en el jardín antes de llegar me atreví y ella no se negó a mis besos y caricias. — Con mirada hosca agrega: —Aquí estoy para lo que se te ofrezca.
Barrabás estaba listo; todos estos días de entrenamiento le hacían no temer ni dudar.
Pero Alberto fue el que lanzó el primer golpe. Falló porque Toño le había enseñado a esquivar, no solo a atacar. La imagen de Toño moviéndose ágilmente en el gimnasio cruzó por su mente. “Una pelea se puede ganar sin un solo golpe”, le dijo una vez. Y ahora, al ver la torpeza de Alberto, lo entendió.
Alberto falló y trastabilló, cayendo en el pasto.
Al verlo en el suelo, una calma inesperada inundó a Barrabás. No era la satisfacción de la venganza, sino una especie de claridad repentina. La rabia que lo había consumido durante semanas se disipó, reemplazada por una sensación de que esto no era realmente la respuesta.
Entonces Barrabás entendió lo que su abuela le dijo días antes: “Si un hombre te roba una mujer, el peor castigo que le puedes dar es dejársela”.
Miró a Alberto, quien aún respiraba agitado en el suelo. No valía la pena. Se dio la vuelta y se alejó, era hora de volver al puesto del mercado, donde su abuela lo esperaba.
En el Walkman, el casete seguía girando, la cinta se había roto. Ya no sonaban ni los gruperos ni la trova. Era como si la música también hubiera entendido que esta historia había terminado.
Caminando por la manchega llanura de las calles de su barrio, Sebastián descubrió que la figura de Don Quijote ya no era ajena. Él mismo había estado luchando contra molinos imaginarios, buscando venganza donde solo había que encontrar paz.
“Los detectives resuelven casos”, pensó mientras guardaba la libreta en su bolsillo, “pero no todas las respuestas traen satisfacción.”
Tarareando bajito “por la manchega llanura…”, con una nueva serenidad en el pecho, Barrabás cruzó la calle. Este caso estaba cerrado, pero había muchos otros misterios esperando por él en las calles.






