El Cuexcomate

Casi todos los que conocía de la escuela cumplían 15 años. Cada fin de semana había una quinceañera y él siempre encontraba la manera de estar allí, a veces invitado, a veces colado. No solo le gustaba el ambiente, sino que las fiestas le ofrecían la oportunidad de enterarse de todo lo que pasaba en la escuela y en el pueblo.

Una vez, después de bailar con la primera festejada, se propuso bailar el vals con todas las quinceañeras que pudiera. Estaba despertando al encanto femenino: con el baile podía ceñir la cintura de las chicas y estar muy cerca de ellas sin problemas. Después del vals, podía bailar con otras, aunque trataba de evitarlo porque no era muy buen bailarín. Ese año, Sebastián no se perdió ninguna fiesta.

Así fue como una noche, sentado en su silla esperando el vals, escuchó a Dulce contarle a alguien que le habían robado la mochila el día anterior, mientras tomaba una limonada y veía a su actual novio jugar futbolito en El Paraboloide. Así se llamaba una fuente de sodas que estaba en el parque del Cuexcomate.

El Cuexcomate es conocido como el volcán más pequeño del mundo, aunque en realidad es un géiser inactivo. Su cono, de piedra porosa y amarillenta, parece espuma congelada en el tiempo. A través de su cráter, la gente puede descender hasta el interior y encontrar un suelo húmedo y paredes que gotean agua sulfurosa. Se alza en el centro de lo que alguna vez fue el pueblo de La Libertad, ahora una colonia más de la ciudad.

Atrás del volcán está el mercado y, enfrente, la escuela. En una esquina se encuentra El Paraboloide y en la otra la presidencia municipal, con su juez de paz y su comandancia, chiquita pero efectiva. Tan es así que siempre tienen en su celda a los que rompen la paz del lugar, ya sea un borrachito escandaloso o un par de rijos que estaban a punto de “romperse la crisma.”

El sábado 16 de octubre Dulce llegó con noticias urgentes: Juancho, el novio de su prima Sandra, estaba en la comandancia. Lo acusaban de haber robado la panadería “El Cuernito” la noche anterior, a las 10 en punto. Alguien llamó a la policía quince minutos después, asegurando haberlo visto cerca del volcán. Para cuando los agentes llegaron, Juancho estaba justo en la esquina y lo arrestaron sin dudar.

Barrabás se estaba despertando apenas. Los sábados tenía la posibilidad de levantarse más tarde porque los fines de semana su abuela abría el local hasta las 11, para darle ese ligero descanso a sus cansados huesos. Eran las 6 de la mañana, y Dulce había esperado lo más que pudo, pero ante la insistencia de Sandra, lo había ido a despertar a esa hora.

El golpeteo en la ventana lo sacó de su sueño. Apenas abrió un ojo cuando escuchó la voz de Dulce:

—¡Sebastián, despierta! Es urgente.

—¿Qué…? ¿Quién se murió? —gruñó Barrabás, aún con la cara pegada a la almohada.

—Si no te apuras, el que va a morir es Juancho —dijo Dulce, con tono impaciente—. Lo tienen encerrado en la comandancia. Lo acusan de robar la panadería.

—¿Juancho? —Barrabás parpadeó, ahora más despierto—. No puede ser…

—No lo es. Pero si no hacemos algo, el lunes lo mandan a la ciudad.

Eso fue suficiente para que Barrabás se espabilara por completo. Mientras la radio reproducía, curiosamente, “Hoy no me puedo levantar”, de Mecano, Dulce aseguraba que no había sido Juancho, ya que él y Sandra habían subido las escaleras para entrar al volcancito alrededor de las 9:30 y salieron poco después de las 10. No podía decir con exactitud qué estaban haciendo, pero se lo imaginaba, y si el papá de Sandra se enteraba, podría matar a Juancho.

Entonces, Sebastián Cuatle Tepox, alias Barrabás, debía encontrar al verdadero ladrón. Estamos en 1982 y Sebastián está en secundaria, en tercer grado. El tiempo apremia, pues el lunes al mediodía llevarán a Juancho a la ciudad para procesarlo. Sandra pensó en Sebastián porque todos en la secundaria se habían enterado del caso de la medalla desaparecida y de que él la había encontrado, de cómo había resuelto el caso del niño llorón, y que nunca dudaba en ayudar a quien se lo pedía. Dulce le había contado todo eso a Sandra con un brillo especial en los ojos. Al parecer siempre encontraba una excusa para mencionarlo.

Barrabás, acompañado de Dulce, fue a ver a Beto, el hijo del panadero, y le pidió que le permitiera examinar el interior de la panadería. El ladrón, con pasamontañas negro, había entrado justo cuando estaban por cerrar, a las 10, los amenazó con una navaja y salió corriendo. Beto no supo en qué dirección huyó el ladrón, porque en ese momento su madre sufrió un desmayo y tuvo que atenderla.

—No fue Juancho, te lo juro, Barrabás. ¡Yo lo vi! —dijo Beto, frunciendo el ceño, todavía afectado por lo sucedido.

—Cuéntame exactamente qué pasó —solicitó Barrabás, inspeccionando el suelo cubierto de harina.

—Eran las diez en punto. Estábamos cerrando. Mi jefe estaba en la bodega y yo en el mostrador, cuando de repente entró un tipo con un pasamontañas y una navaja grandísima.

—¿Qué tan grande?

—Pues… yo sentí que era un machete, pero quién sabe, con el miedo todo se ve más grande —comentó Beto, encogiéndose de hombros—. Mi mamá se desmayó del susto y, cuando la levanté, el tipo ya se había ido.

Barrabás asintió, repasando la escena en su mente. Sacó una libretita del bolsillo y anotó algunos detalles: la hora, la descripción del arma y la reacción de Beto. Luego miró las huellas en la harina y supo que ahí estaba la clave. En el suelo de la panadería, la harina recién asentada revelaba pistas. Los bultos de harina aún estaban en la entrada, sin ser acomodados en el almacén, lo que permitió que las pisadas quedaran marcadas con claridad. Además, encontraron un poema dedicado a Sandra, lo que incriminaba a Juancho, ya que todo el pueblo conocía su noviazgo.

Barrabás entró a la comandancia y, por suerte, encontró a Toño, quien estaba sentado en una esquina, tomando un respiro. En la radio sonaba, de fondo, “Te he prometido”, de Leo Dan. Con Toño se llevaba bien, pues lo había visto leer el periódico en la biblioteca del pueblo. Barrabás iba a hacer sus tareas y lo encontraba cuando se daba una escapada del sol y de sus deberes.

—¿Qué tal, Toño? —saludó Barrabás, acercándose a la mesa.

Toño, con una sonrisa, dejó de leer el periódico y lo miró.

—¿Qué haces por aquí, Barrabás?

—Nada, vine a preguntarte sobre lo que sucedió anoche. —Barrabás se sentó en una silla, sacando su libretita azul.

—No mucho más de lo que seguro ya sabes —Toño se ajustó los lentes y suspiró—. Bueno, cuando atendí la llamada me di cuenta de que la hacían desde un teléfono público, porque escuché el sonido de una bici que unos perros empezaron a perseguir y como el ciclista mentaba madres.

Luego le mostró el poema, que dejó copiar en su libretita a Barrabás, y que Dulce reconoció como uno que le había dado su novio, pero con el nombre cambiado.

—¿Entonces qué piensas, Barrabás? —preguntó Toño, inclinándose un poco hacia él.

Barrabás no respondió de inmediato. En su lugar, sacó nuevamente la libretita del bolsillo y pasó las hojas con el pulgar, repasando sus notas. Había visto en las películas de detectives que siempre anotaban detalles clave, y aunque al principio lo hacía por imitación, ahora le resultaba realmente útil.

—Todavía hay cosas que no me cuadran —dijo finalmente, levantando la vista.

Barrabás sabía que en el pueblo solo había dos teléfonos públicos lo suficientemente cerca como para que alguien llamara y dijera que había visto a Juancho robar y dirigirse hacia el volcán. Toño comentaba que pensaban que Juancho había ido al Cuexcomate a esconder el dinero robado, por lo que lo buscaban en su interior y en los huecos de la “olla”, como llamaban al cono volcánico.

Uno de los teléfonos estaba justo enfrente de la comandancia y el otro en el parque, a tres calles del Cuexcomate y a una de la panadería.

Así que fue al parque. Eran casi las ocho de la mañana y, aunque preguntó a todos los que se encontraban cerca de sus locales si habían visto algo, nadie le pudo dar una pista. Regresó a donde estaba la cabina, frente a los juegos infantiles, y se sentó en una de las bancas. Entonces Dulce vio una sombra en una de las jardineras, atrás de la cancha de básquet. Era el teporocho del pueblo.

—Oiga, don, ¿vio algo anoche? —preguntó Barrabás. El hombre levantó la vista con ojos vidriosos. Su aliento apestaba a pulque agrio.

—Vi muchas cosas, muchachito… estrellas, sombras, la cara de Dios en el poste de luz…

—Pero ¿vio a alguien en la cabina telefónica? El borracho frunció el ceño, como si le costara recordar.

 —Un chavo… con sudadera oscura… se fue corriendo.

—¿Hacia dónde?

—Hacia allá —dijo, señalando una casa convertida en vecindad. Dulce se quedó helada.

—Esa… esa es la casa de Norberto —susurró.

Barrabás apretó los labios. Ahora todo tenía sentido. Sabía que debía actuar rápido, así que se dirigió directamente a la casa de Norberto. En la entrada, su madre despedía a un cobrador sin darle lo de la letra de la estufa. Cansada de los problemas de su hijo, lo dejó pasar sin hacer preguntas. Probablemente ni siquiera había notado su regreso la noche anterior: no era la primera vez que llegaba tarde y ebrio. Norberto dormía la mona después de haber vaciado una botella para celebrar… quién sabe qué.

Barrabás entró, observando con atención. Mientras Norberto dormía, borracho y desorientado, no pudo evitar notar algo que lo hizo detenerse: la mochila de Dulce estaba tirada sobre una mesa. Reconoció el color y la forma de inmediato. Era la mochila de Dulce, la misma que le habían robado días antes. Ella la reconoció al verla por la ventana.

Con discreción, Barrabás la abrió y encontró dentro varios objetos que no pertenecían a Norberto, pero sí a Dulce: cuadernos forrados con galanes de telenovelas, lápices adornados con corazones e incluso un par de libros que la chica había mencionado. En ese momento, tuvo la confirmación de que Norberto estaba involucrado en más asuntos de lo que parecía.

Salió rápidamente de la casa de Norberto, con la mochila en mano, y se dirigió a la comandancia. Estaba decidido a poner fin al asunto de una vez por todas. Cuando llegó, explicó detalladamente las pruebas que había encontrado, casi sin necesidad de leer su libretita. Primero, las huellas en la harina de la panadería: las marcas de Juancho, quien llevaba zapatos de vestir, eran muy diferentes a las de Norberto, que usaba zapatos deportivos ligeros y presentaban restos de harina.

Después, presentó la mochila de Dulce, explicando que el poema encontrado en la panadería, aunque un poco modificado, era de ella y había sido robado días antes; mostró el original con toda la dedicación. Esto, sin duda, vinculaba a Norberto con el crimen. Barrabás detalló cómo, según su teoría, Norberto había aprovechado el robo para incriminar a Juancho, de quien tenía celos porque Sandra nunca le había hecho caso. Y sabía que el chico no podía explicar qué hacía a la hora del robo, para no perjudicar a Sandra.

La policía, convencida con las pruebas, fue a la casa de Norberto. Cuando llamaron a la puerta, su madre salió, nerviosa. Norberto escuchó el alboroto y salió tambaleándose de su cuarto. Al ver a la policía, intentó correr.

—¡Ni lo intentes, Norberto! —gritó Barrabás.

—¡Chinga tu madre! —respondió el ladrón, intentando escabullirse por la parte trasera. Pero los zapatos deportivos, los mismos que le permitieron huir la noche del robo, ahora le jugaron en contra. Al saltar sobre unos escombros en el patio, resbaló y cayó de bruces.— ¡Carajo! —gruñó, pero antes de que pudiera levantarse, ya tenía a un policía encima.

—Se acabó, muchacho —dijo el agente mientras le aseguraba las manos con las esposas.

Dentro de su cuarto encontraron la navaja con restos de harina en la hoja. No había más dudas: él era el ladrón.

Barrabás miró a Norberto mientras era subido a la patrulla. El ladrón aún estaba aturdido, pero cuando sus ojos se encontraron, hubo un destello de furia en la mirada de Norberto.

—Esto no se queda así, pendejo —murmuró. La puerta se cerró con un golpe y la patrulla arrancó, alejándose por la calle polvorienta.

Barrabás exhaló, cansado. Había ganado esta vez. Pero en ese pueblo, los problemas nunca se quedaban resueltos por mucho tiempo.

—Eres increíble —dijo Dulce de pronto.

Antes de que él pudiera reaccionar, sintió sus labios tibios en la mejilla. Un beso rápido, apenas un roce, pero suficiente para hacerle olvidar todo por un instante.

Cuando Dulce se alejó con una sonrisa, Barrabás se quedó inmóvil. De niño había soñado con ese momento. Ahora que había ocurrido, no supo si se sentía feliz o simplemente confundido. Suspiró. Ya lo pensaría después. Por ahora tenía suficiente con un misterio resuelto.

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Daniel Mocencahua Mora

Divulgador científico, matemático de formación. Apasionado de la ciencia y la tecnología, sobre todo de los robots. Miembro del nodo Puebla de la Red Mexicana de Periodistas de Ciencia. Ha escrito dos libros de divulgación y un libro y varios cuentos de ciencia ficción. Conduce todos los viernes el programa ¡Es ciencia! por TVBUAP en el 18.1 de señal abierta y 118 de Megacable.

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