Una palabra
Felicidad Batista (España)
Me señala a mí. Es una palabra leve y sin voz. Sin embargo, su presencia impone, exige, ordena. Doy un paso atrás y arruga el entrecejo. Reanudo mi marcha. Desoigo su voz lamentosa, sus advertencias y presagios. Tengo prisa por llegar.
La encuentro de nuevo al final del camino. Me mira a los ojos desde el espejo de una laguna, donde la palabra se hunde. Intento rescatarla. La llamo “¡tiempo!” Pero ya no me responde.
Reinas, reyes y guerreros
Araceli Otamendi (Argentina)
Después de un largo viaje a Europa, al llegar al lugar sagrado donde descansan reinas, reyes y guerreros, cada uno en su tumba cubierta con lujos y oropeles, en el mismo recinto, piensa en la Historia que leyó y concluye: el mundo es un lugar extraño, tanto pelearon en vida para dormir juntos en la eternidad.
La casa de los espíritus fiesteros
María Elena Lorenzin (Argentina)
La casa en la colina lleva mucho tiempo deshabitada. Sin embargo, en el pueblo se rumorea que a menudo vienen a vivir allí espíritus atormentados que no paran de desahogar sus penas, pero en las noches de luna llena todo cambia.
Los susodichos tiran la casa por la ventana con fiestas y algarabía, y ya no se escuchan sus lamentos. Es que entonces llegan nuevos huéspedes y no es cuestión de andar asustándolos de entrada.
Temores
Fabiola Morales Gasca (México)
Viví aterrorizado por los fantasmas. Cada noche era un suplicio, siempre me era imposible conciliar el sueño ante el temor de que mi pequeño ser fuera engullido por ellos. La cura fue sorpresiva: una noche de luna menguante, con candelabro en mano, frente al distinguido espejo de la sala alcancé a ver sobre el reflejo, una mujer que gritaba aterrorizada por mi piel casi transparente.
Mi ciudad
Calixta Choque Churata (Bolivia)
Entre mi ciudad del tercer mundo y la ciudad de Europa Central contemplo al mendigo con su gorra para recibir la moneda. Su cara inclinada ve con alegría la bondad de su gente.






