A dnde vas, Barrabs?

Sebastián fue muy callado de niño. Sin embargo, su maestra de quinto lo reconoció con el primer lugar de aprovechamiento. Eso lo conmovió, le hizo pensar que lo suyo era estudiar, por lo que se aplicó lo más que pudo y logró llegar a la secundaria.

En primer año obtuvo el segundo lugar en el concurso interno de matemáticas, quedando por debajo de su némesis, Roberto Valdés, un chico de primero A que siempre le hacía la competencia en todo: Correr, jugar a la pelota, conquistar a las chicas. Sebastián siempre trataba de ganarle y no lo lograba.

El segundo lugar lo puso triste: él habría ganado y lo sabía. Estaba más triste que cuando se enteró de que la semana pasada había muerto John Lennon. Pero lo peor fue que a la hora de las premiaciones su medalla había desaparecido.

Era un martes y era una ceremonia especial porque el director aprovechaba la visita del supervisor. —Te daremos tu medalla más adelante —dijo en el micrófono con tono magnánimo, y el supervisor asentía contento con la solución.

Sebastián estaba enojado y, en un arranque, se prometió no volver a concursar en su vida. Sin embargo, la medalla sí la quería porque se la había prometido a su abuelita Lolita.

Al día siguiente, miércoles, durante la mañana fue a preguntar por la medalla, y en la segunda vuelta, a la salida por la tarde, le dijeron que no la encontraban y que no había presupuesto para hacer otra.

Y entonces pensó: ¿por qué desapareció?

Las secretarias de la dirección eran muy poco amigables con los estudiantes, o tal vez solo con él. Tampoco eran muy agradables con los padres de familia: parecía que le hacían un favor a la gente tan solo con estar ahí sentadas. En ese entonces era muy difícil hacer una queja, por lo que ellas terminaban haciendo de las suyas siempre. Por ahí no encontró ayuda.

Con su prefecto, Jorge “el gorras”, era otra cosa. Un joven apenas más grande que los de tercero, rondando los veinte años, y que, según se enteró más adelante, tenía el trabajo como un favor a su tío, el jefe de los prefectos, y como ayuda a sus padres que ya no sabían qué hacer con él.

—¿A dónde vas, Barrabás? —Lo atrapó Jorge escabulléndose hacia el, baño al final de la ceremonia de la bandera, un lunes de tantos.

Jorge “el Gorras” lo miró con esa sonrisa burlona que reservaba para sus momentos de autoridad.

—Solo… necesito ir al baño, profe —murmuró Sebastián, incómodo por la atención repentina.

—¿Profe? Soy prefecto, chamaco. Y en la escuela se respetan los símbolos patrios —respondió Jorge, elevando la voz para que todos escucharan—. Como Barrabás, siempre quieres escaparte de tus responsabilidades.

El apodo cayó como una sentencia. Para el mediodía, hasta los profesores lo llamaban así, y para el final de la semana, algunos ya habían olvidado que se llamaba Sebastián. Curiosamente, en vez de molestarlo, ese nombre le dio una nueva identidad. Ya no era el niño callado que nadie notaba, sino Barrabás, alguien con presencia propia.

Con el tiempo, descubrió que ser Barrabás le daba una libertad que Sebastián nunca tuvo: la de cuestionar, de investigar, de meterse donde nadie lo llamaba. Como ahora, con el asunto de la medalla.

“El Gorras” era alto y con melena ondulada, que contrastaba con el corte de los estudiantes y los peinados aseñorados de los profesores. Al igual que su tío, usaba gafas oscuras y andaba siempre con atuendo deportivo.

Fue muy comunicativo con Sebastián: las medallas estaban junto a la puerta de la dirección, bajo carpetas de otros documentos que se debían entregar durante esa ceremonia. Habían estado ahí desde el día anterior porque Conchita, la secretaria del director, pidió permiso para el día de la ceremonia y dejó todo preparado para la misma. Eso daba varias horas para tomarlas, y cualquiera que entrara a la dirección podría haberlo hecho.

Una medalla de esas no es un objeto muy grande, por lo que no era difícil de esconder en el bolsillo. Pero ¿a quién le interesaba tomar una medalla que no era suya? No eran muy caras. ¿Y por qué la de segundo lugar? ¿Por qué no todas?

No se le ocurría ningún sospechoso si usaba la regla de oro de los detectives que había leído en la biblioteca de la escuela: motivo, oportunidad, medio. No conocía el motivo. Ni mucho menos imaginaba cuál era el medio, y oportunidades eran demasiadas, tantas como personas que entraran en la dirección antes de la ceremonia.

Jugar al detective no es cosa fácil.

El jueves esperó hasta que la dirección estuviera vacía, justo a la hora en que las secretarias salen a desayunar, ya sea escondiéndose en alguna sala de juntas o en la fonda de enfrente. Pero no estaba del todo vacía, no eran tontas: la señora de intendencia estaba recogiendo la basura de los botes, quejándose de que el camión de la basura no había pasado. Pero Sebastián pudo entrar diciendo algo que era media verdad: “se me perdió mi medalla y quiero ver si no se cayó abajo del mostrador”. Aparte de un par de monedas, lápices mordidos e infinidad de basuritas y polvo no encontró nada. Fue un callejón sin salida, como decían en los cuentos de detectives. Seguía igual que antes.

Se pasó el resto de la mañana dándole vueltas al asunto. A la hora del receso, cuando estaba comiendo su sándwich bajo la sombra del único árbol del patio, notó que Roberto lo miraba desde lejos. Por un momento pensó que lo había descubierto husmeando en la dirección. El corazón le latió con fuerza. Roberto se acercó con paso decidido.

—Te estaba buscando —le dijo sin rodeos.

Sebastián tragó saliva.

—¿A mí? ¿Por qué?

—Mi mamá me dijo que fuiste a preguntar por tu medalla. Dice que seguro la robaste tú mismo para llamar la atención.

La acusación lo dejó helado. No solo no tenía su medalla, sino que ahora lo acusaban de mentiroso. Sintió que las mejillas le ardían de rabia.

—Yo no robé nada —respondió conteniendo la ira—. Y voy a demostrarlo.

Roberto lo miró con duda en los ojos antes de alejarse.

—Como sea. No me importa si ganaste el segundo lugar. Yo gané el primero, justamente.

¿Justamente? La palabra resonó en su cabeza. Si Roberto creía que había ganado limpiamente, entonces no estaba involucrado en la desaparición de la medalla. El verdadero culpable era otro.

Cuando sonó el timbre de salida, Sebastián tenía la sensación de que lo vigilaban. Al salir del salón, vio al Gorras hablando con Conchita en voz baja. Ambos lo miraron de reojo. Un escalofrío le recorrió la espalda.

Casi todos los niños se iban caminando a casa. En su caso, su ruta hacia el mercado pasaba por un terreno baldío como atajo. Ahí vio a Roberto discutir con Gaspar, de segundo C. En el suelo yacía un chico de primero y Roberto le reclamaba a Gaspar por el maltrato hacia el niño. Gaspar lanzó sin aviso un puñetazo que Roberto esquivó sin problema, al tiempo que con el mismo impulso giraba completamente y asestaba una patada en el estómago que dejó al oponente sin aire. La pandilla de Gaspar y los demás niños que habían hecho el corro se quedaron pasmados. Estaban a punto de lanzar un “¡pelea, pelea!” cuando el grito de “¡ahí viene el Gorras!” dispersó como rayo al grupito.

Siempre que pasaba algo, así los formaban a la hora de entrada y les soltaban tremendo discurso sobre “el buen comportamiento”, a la vez que anunciaban el castigo a los infractores. Sin embargo, ese viernes por la mañana no ocurrió nada de eso.

“Claro —decía Octavio, el más chismoso del primero B, incluso más que Rosita del A—, ¿cómo van a decir algo si Roberto es hijo de Conchita, y dicen que anda con el director?”

Sebastián no conocía el pecado, o al menos eso decía su abuelita Lolita cuando salían de misa. Él solo iba por las golosinas que le compraban en la salida. No conocía el pecado, pero sí el amor, pues sabía que haría cualquier cosa por Lolita, y una de las cosas que quería hacer era darle esa medalla.

En su cabezota se formó una teoría que, en su corta edad, era a la vez fantástica y atrevida, pero factible. El sábado había poco movimiento en la escuela: como pagaban solo tres maestros de educación física, casi siempre se atendía un solo grupo cada semana. Este sábado no le tocaba, pero se coló con unos amigos del grupo C. Con el pretexto de ir al baño, se despidió y fue a la parte trasera de la escuela.

—¡Mira nada más cómo vienes, chamaco! —le dijo la abuela sorprendida.

Sebastián le dijo que solo iba para darle la medalla, que ya la habían encontrado y se la habían dado (otra de sus mentiras a medias). Esa medalla estuvo colgada en el puesto del mercado de la abuela hasta que falleció y alguien más tomó el lugar. Le gustaba la sonrisa de la abuela. Ella lo había criado cuando se quedó solo en el mundo. Por eso entendía lo que el amor de una madre hace por su hijo, sobre todo una madre sola.

Sebastián Cuatle Tepox, más tarde conocido como Barrabás, no conocía la palabra corrupción, pero imaginaba a Conchita enojada porque había ganado algo en el concurso. Lo confirmó más tarde: ella tenía los resultados y vio cómo la diferencia entre su hijo y Sebastián era de un punto, que en realidad Sebastián lo había perdido por error del jurado. Para que no quedara duda de que su hijo había ganado, tiró la carpeta con todos los exámenes a la basura, donde iba también la medalla, tan barata que casi no pesaba, traspapelada.

Afortunadamente, en ese entonces el camión de la basura pasaba un día no y el otro tampoco, por lo que pudo encontrar tanto la medalla como la evidencia del fraude, eso sí, dándose un baño de suciedad olorosa por los restos de comida de la escuela. La misma intendente que el jueves le permitió entrar a la dirección le había dado la idea cuando, a la salida del viernes, se quejaba de que la basura pasaría hasta el lunes.

En ese entonces Barrabás todavía tenía el corazón muy tierno y pensó que decir toda la verdad iba a afectar a Roberto, quien en realidad no hizo nada, y había demostrado ser un digno rival. Eso sí, debía prepararse en lo de los golpes por si algún día se daba por ahí la competencia.

El lunes esperó con paciencia. Vio salir al director a su reunión con el supervisor y notó que Conchita se había quedado sola en la dirección. Entró sin golpear. Llevaba la medalla en el bolsillo y una carpeta sucia bajo el brazo.

—Buenos días, señora Conchita —dijo Sebastián sin titubear.

La secretaria apenas levantó la mirada de sus papeles.

—¿Qué quieres, niño? Estoy ocupada.

Sebastián sacó la medalla y la colocó sobre el escritorio. El rostro de Conchita cambió de inmediato.

—La encontré, ya sabe dónde —dijo señalando discretamente la carpeta que traía—, con un montón de hojas que luego le muestro.

Conchita miró la medalla y luego la carpeta manchada. Reconoció los restos de comida pegados al papel. Sus ojos se abrieron como platos.

—¿De dónde sacaste eso? —preguntó bajando la voz.

—De la basura. La misma donde tiró los exámenes del concurso.

Se miraron un momento. No hizo falta decir más. Sebastián tomó de nuevo la medalla y la guardó en su bolsillo.

—¿Vas a decirle al director? —preguntó Conchita con voz apenas audible.

—No. Roberto no tiene la culpa. Pero usted y yo sabemos la verdad.

Y salió de ahí con una sonrisa, tarareando “We Are the Champions”, de Queen, satisfecho no tanto por haber ganado, sino por haber descubierto que ser Barrabás tenía sus ventajas.

 

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Daniel Mocencahua Mora

Divulgador científico, matemático de formación. Apasionado de la ciencia y la tecnología, sobre todo de los robots. Miembro del nodo Puebla de la Red Mexicana de Periodistas de Ciencia. Ha escrito dos libros de divulgación y un libro y varios cuentos de ciencia ficción. Conduce todos los viernes el programa ¡Es ciencia! por TVBUAP en el 18.1 de señal abierta y 118 de Megacable.

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