Después de la muerte de Margarita, esposa del presidente Juárez, la casa se convirtió en un cementerio: faltaba la alegría que ella originaba. Si en otro tiempo había risas, ahora reinaba un lúgubre silencio. Don Benito, para tratar de olvidar al amor de su vida, se levantaba a trabajar desde la madrugada y continuaba hasta altas horas de la noche. Cuando supuestamente descansaba, se le veía caminar por los pasillos taciturno, con la mirada perdida. Sus hijas mayores estaban casadas y solamente acompañaban a Benito su hijo menor y doña Concha, una señora de edad avanzada que le servía de todo: era cocinera y suplía con mucha deficiencia las labores de la casa.
Doña Concha, a pesar de su buena voluntad, olvidaba cosas. Había veces que le ponía dos veces sal a la comida, dejaba las llaves de la casa por cualquier parte, se le olvidaban los encargos y, para colmo, así como la mayor parte de la población del país, no sabía leer. Don Benito con todos los problemas de la presidencia, aunados a la pena de haber perdido a su esposa, a veces ni cuenta se daba del avanzado grado de su demencia senil. Todo se le perdonaba a doña Concha, pero un día se olvidó de quién era don Benito, lo confundió con un novio que había tenido en su juventud y trató de abrazarlo y besarlo. Este fue el motivo para pedirle permiso de traer a una sobrina suya para que la ayudara en casa.
Zenaida, la sobrina de doña Concha, era originaria de Santo Tomás Ixtlán, pueblo de la sierra de Oaxaca muy cercano a Guelatao. Sus padres, Filemón y María, eran campesinos. Zenaida era la mayor de ocho hermanos a los que tenía que cuidar, alimentar y atender mientras sus papás trabajaban en el campo para mantener a tan numerosa familia.
A los pocos días se presentó un propio, enviado por el presidente a la casa de Zenaida. Sus padres, asustados, tomaron el motivo como una orden, por lo que no opusieron ninguna resistencia. Zenaida sintió un gran alivio porque ya estaba aburrida y cansada de atender a sus hermanos, encargarse de la casa y cuidar de los animales que tenían, además iba a tener la oportunidad de conocer la capital del país, que era algo con la cual había soñado desde que era niña.
Cuando llegó a la casa de don Benito, doña Concha, con mucha paciencia pero con sus alteraciones mentales, le fue enseñando a Zenaida las costumbres de la casa, los guisos que al presidente le gustaban y a respetar una recámara donde había muerto Margarita y que solo podía pasar a hacer limpieza, dejando los objetos en el mismo lugar y en la misma posición donde los encontraban.
Zenaida era una muchacha muy lista, aprendió muy rápido cuáles eran sus obligaciones y, por su entusiasmo y diligencia, pronto aprendió a guisar diferentes tipos de mole. El mole negro era su especialidad, y nunca faltaron las tortillas calientes recién salidas del comal. Estaba tan contenta que hasta le alcanzaba el tiempo para hacer tareas que doña Concha ya no podía hacer por sus alteraciones mentales y olvidos, cada vez más frecuente, por lo que fue enviada descansar a una cercana casa pequeña, donde por las tardes asistía Zenaida para ayudarla en lo que se ofreciera. Allí conoció a Conrado, un sobrino del difunto esposo de doña Concha, de unos treinta años, quien se enamoró de la muchacha desde que la conoció, así que en pocos meses, aprovechando la inexperiencia de Zenaida, se casaron, para lo cual don Benito les puso la condición de que solamente se verían los domingos.
La recién pareja de enamorados asistía a misa los domingos muy temprano en la iglesia de la Villa de Guadalupe. Después se iban a pasear a la Alameda, contemplando el ir y venir de la gente. Luego iban a comer unas ricas tostadas martajadas con nopales, cebolla y queso, al puesto de Mariquita, quien era famosa por sus antojitos que vendía en una esquina del parque. Ya por la tarde regresaban a la casa de don Benito.
Conrado era de una familia católica muy apegada a la iglesia y, cuando en 1858 Juárez decreto la ley de Nacionalización de los Bienes Eclesiásticos, se mostró muy a disgusto y, junto con otros hombres del pueblo, se enroló en el ejército de los conservadores para derrocar al gobierno de Juárez. Participó en varias batallas contra los liberales, pero en una de ellas mataron a su caballo en un lugar escabroso. El animal le cayó encima, dejando casi sin movimiento su pierna derecha. Por méritos en campaña, lo ascendieron a sargento segundo, pero por el impedimento que tenía en su pierna, contra toda su voluntad, tuvo que dejar al ejército dedicándose a trabajar en un taller donde hacía zapatos y enseres de talabartería.
En las pláticas que tenía la pareja, Conrado la ponía al tanto de los últimos acontecimientos que se conocían en la casa de don Nemecio González, donde algunos connotados conservadores y gente del pueblo se reunían los sábados simulando estar en una verbena. Por supuesto, don Benito Juárez ignoraba por completo la clase de persona que era Conrado.
Zenaida, antes de conocer a su actual esposo, estaba ignorante de la guerra civil que existía en el país, pues en el pueblo de donde era originaria casi no se sabía nada. Por eso se enteró de la situación del país cuando Conrado le platicaba tendenciosamente los abusos que el gobierno Juarista estaba haciendo, las ventas que se habían hecho de bienes de la iglesia y la persecución en contra de los curas. Toda la información que le daba Conrado la hizo recordar su pasado: sus papas eran fieles incondicionales de la iglesia, siempre dispuestos para acatar lo que el señor cura les pedía. En el mes de mayo, vestida de azul junto con otras niñas, iba a ofrecer flores a la virgen; lo mismo sus hermanos, con su sotana roja y su roquete blanco como los acólitos, en el mes de junio para ofrecer flores a San José. Por las noches, arrodillados alrededor de la cama, toda la familia rezaba el santo rosario y lo mayores de siete años ya habían hecho la primera comunión y deberían saber las oraciones del catecismo del Padre Ripalda.
Don Nemecio González era un español que, al llegar a la capital, estableció una tienda de abarrotes con el nombre de “La Sevillana”, en honor a la virgen de la Macarena. Su gran resentimiento contra el gobierno era que cuando demolieron una capilla cercana a su casa tiraron a la basura la imagen de la Macarena que él, años atrás, había traído de España y donado a la parroquia.
Con las noticias que cada domingo le llevaba Conrado, Zenaida ya no se sentía tan contenta de trabajar en la casa donde el autor de los atropellos a la iglesia era don Benito. A pesar de que en algunas ocasiones la llamó para platicarle sobre la discriminación que había tenido en su niñez por su origen, indígena y por la burla que constantemente recibía por su baja estatura y color de su piel, recalcaba que la gran mayoría de la población del país era analfabeta y que no debería haber distinción en la educación entre “niños decentes” e indígenas. Además, México necesitaba mas escuelas en vez de templos y que los curas adoctrinaban al pueblo para tenerlos bajo sus órdenes.
En las reuniones sabatinas en casa de don Nemesio, en su gran jardín a espaldas de su tienda, hacían su verbena, pero a determinada hora se convertía en una asamblea. El principal objetivo era intercambiar noticias y planear cómo derrocar al gobierno. Las proposiciones eran muy diversas y poco viables, la que más se comentaba era la de Conrado, que estaba dispuesto a dar su vida a cambio de la de don Benito, asesinándolo personalmente. En alguna de esas asambleas, doña Petrita levantó la mano. Era una viejecita como de 80 años apodada “La Camarada”; era curandera, sobadora y según algunos conocía mucho de brujería. Cuando por fin le hicieron caso, se levantó de su asiento y con voz firme comentó que ella tenía conocimiento de una hierba venenosa. Apenas dijo esto comenzó una gran rechifla. Ella, pacientemente, esperó a que se callaran para continuar con su plan. Entonces dijo que es un veneno sin sabor ni olor y que, al tomar la infusión diariamente, hace efecto a las tres semanas sin dejar ningún rastro de su presencia en quien la haya tomado. El problema era como dárselo a don Benito. Conrado, sin decir nada, inmediatamente pensó en Zenaida.
Al siguiente día, Conrado, con mucho entusiasmo, le platicó a Zenaida el plan pero ella lo rechazó porque decía que en el quinto de los mandamientos de la ley de Dios se ordenaba “no matarás”. Y por más que le insistía, ella se negaba. Entonces le presentó el plan, en el cual quien debería de matar a don Benito sería él, el propio Conrado, pero para ello necesitaba de su ayuda. Consistía en no poner la tranca que aseguraba el zaguán de la calle para que él pudiera entrar a la casa durante la noche. Había escogido el 16 de julio, día en que se venera a la virgen del Carmen. Su ofrenda sería la muerte de Juárez, quien tanto daño estaba causando al clero.
A los pocos días, Conrado llevó en una botella de infusión con el veneno maravilloso que doña Petrita le había dado por si en algún momento convencía a Zenaida. Pero ella no se decidía. Tenía un gran dilema: no quería convertirse en asesina pero tampoco quería quedarse viuda, porque lo que pretendía hacer Conrado era como un suicidio, seguramente lo fusilarían.
Zenaida estaba viviendo una gran angustia porque de ella dependía el futuro de México, según decía Conrado. Cada vez que se veían le repetía lo mismo: “de ti depende el futuro de la iglesia… De ti dependen las iglesias… ¿Dónde se van a bautizar los niños? ¿Quién va a casar a los cristianos?” En el día su cabeza le daba vueltas por la preocupación. Por la noches casi no dormía, sobre todo porque tenía pesadillas: soñaba con un guajolote blanco en el cielo y, escondido entre las nubes, la silueta de un diablo sin cabeza y una voz que le decía: “el demonio está en la casa”. Entonces ella, en medio de la noche, sacaba su rosario y se ponía a rezar hasta el amanecer.
Un día, a escondidas, fue a ver al padre Pancho, que oficiaba en secreto en su propia casa porque le habían destruido su iglesia. Fue a confesarse y de paso a pedirle consejo. El cura le dijo: “hija, la encomienda que te encargaron no debes considerarla como un crimen, porque eso tiene la intención de ayudar a la Santa Madre Iglesia”. Con la autorización del cura, Zenaida regresó a casa ya casi decidida a cumplir el plan.
Fue a principios de junio de 1872, cuando con mucho miedo, Zenaida empezó a darle las gotitas del brebaje misterioso a don Benito, a veces en un te, a veces en agua de fruta, en su café o en el atole de nanche que tanto le gustaba, sin que él se notara algún cambio ni en su persona ni en su comportamiento. Ya había pasado la primera semana y debía seguir las instrucciones del plan, pero continuaba con sus pesadillas. Ahora seguía soñando al guajolote en las nubes, ya no era blanco sino gris, y la silueta del diablo ahora ya estaba clara pero seguía sin cabeza, acompañada de la voz que decía: “el demonio sigue en tu casa”. Ahora también soñaba con un enorme chivo de cuyos cuernos salía fuego, tenía en la cola un gran moño rojo, de sus barbas colgaban dos grandes campanas que iban sonando mientras don Benito, montado en su lomo, corría por las calles disparando sobre la que gente se asomaba por las ventanas de sus casas, gritando: “¡fuera el clero!”
En cuanto despertaba, Zenaida tomaba su rosario para orar hasta que amanecía.
Durante la segunda semana tampoco veía que se notara algo diferente en don Benito ni en su comportamiento, ni en sus pláticas. El único cambio eran sus sueños. Ahora veía a los curas volando por el cielo utilizando sus sotanas a manera de alas y, en determinado momento, los curas tomaban una cruz en su mano derecha y enviaban un rayo mortal hasta una barda de adobe donde estaba escondido Juárez, mientras este se defendía con un paraguas plateado que tenía en su superficie tortugas de varios tamaños. De nuevo, Zenaida rezaba el rosario cuando despertaba, pero eso ya no era suficiente para conciliar el sueño, así que también recitaba la oración del Espíritu Santo y a san Judas Tadeo, patrón de las causas imposibles.
Durante la tercera semana sus sueños ya habían cambiado. El guajolote que estaba entre las nubes ya era de color negro, la silueta del diablo ya aparecía clara, con la cabeza de Juárez, la voz como en un eco decía: “el diablo ya se va…ya se va… ya se va…” Sin embargo, no dejaba de orar en la madrugada. En estos días, casi al fin de semana, estaba la fecha del 16 de julio en que, si no funcionaba el brebaje, tenía que dejarle abierta la puerta del zaguán a Conrado para que pudiera pasar a quitarle le vida a Juárez y cumplir su ofrenda a la Virgen del Carmen. Pero hacía ya dos días en que don Benito se quejaba de ligeros mareos y dolor de cabeza. Estos detalles hicieron que esperara con paciencia para que se cumplieran los 21 días y ver el resultado.
En la víspera del 18 de julio de 1872, a la hora de cenar, Juárez se mostró inapetente. Solamente merendó, en su taza personal, un atole de masa con un tamal de elote. Pronto se fue a acostar y pasadas una horas se quejó de un fuerte dolor en el pecho, mareos y dolor de cabeza. Le gritó a su hijo Benito, que dormía en la recámara adjunta, para que lo auxiliara pues además tenía fuertes calambres y náusea. A las 9 de la mañana se presentó su doctor, Juan Alvarado, y por los síntomas le diagnosticó angina de pecho. Aplicó el único remedio que se conocía en esa época: echar agua muy caliente, casi hirviendo, sobre el pecho del paciente, sin tener ninguna mejoría. En el curso del día llegaron los doctores Gabino Barreda y Rafael Lucio, quienes ya no pudieron hacer nada. Finalmente murió don Benito Juárez a las once y media de la noche del 18 de julio de 1872.
Sus restos descansan en el panteón de San Fernando, para los hombres ilustres en la Ciudad de México.
La infusión hecha con la planta veitunilla funcionó si dejar sospechas de envenenamiento. Zenaida ya no tuvo pesadillas, pero se sentía insegura porque a pesar de lo que le había dicho el padre Pancho sobre ser instrumento de la voluntad divina, su conciencia le reclamaba haber envenenado al presidente Juárez, mientras que a Conrado le hubiera gustado haber cumplido su ofrenda a la virgen del Carmen.






