—Señora Rosmeri, se le ha citado el día de hoy a esta audiencia para que responda ante la demanda que levantó su hijo por haber sido agredida físicamente por el Señor Doménico.
—No entiendo, Señora Jueza, si yo no puse esta demanda, ¿por qué le concedieron a mi hijo que levantara el acta contra el señor Doménico?
—Porque su hijo presentó evidencias fotográficas de sus lesiones a nivel de ceja derecha y nariz, así mismo solicitó una investigación en el hotel donde ocurrieron los hechos y coincide con el día y la hora en que estuvieron allí. Las víctimas de violencia luego se niegan a reconocer que son violentadas y lo que deseamos es ayudarla, si usted lo acepta y quiere hacer una demanda usted misma.
—Sí, lo entiendo, pero no es mi caso.
—Su hijo declaró que usted fue víctima de violencia de su esposo en vida, hasta que murió hace 10 años. Que él fue testigo de cómo su padre la violentaba y en varias ocasiones la golpeaba. Y que usted nunca quiso separarse de él, y cuando murió por un infarto del corazón, hace 10 años, usted le siguió llorando por más de un año, lo cual me ratifica que usted actualmente trata de negar los hechos.
—¿Cuáles hechos?
—Sra. Rosmeri, vuelvo a repetirle que deseamos ayudarle para que usted no vuelva a caer en una situación donde sienta que no hay forma de salir. A su edad, no es para que usted salga de un hotel con lesiones y tenga que esconder nuevamente al infractor.
—¿Y qué tiene que ver mi edad?
—Bueno, señora Rosmeri, que usted es una persona adulta mayor.
—¿Quiere decir que una persona de mi edad debería estar cuidando a sus nietos en lugar de salir de un hotel? ¿O debería salir de un templo?
(Esta jueza con su poder, juventud y pretensiones de salvar a una persona de ser violentada, no creo que pueda entenderme. Comprendo que mi hijo, testigo del actuar de su padre, esté preocupado de que yo esté repitiendo esa época de mi juventud. Siempre deseé tener el hogar que no tuve con un padre presente para mis hijos, soporté el miedo, el temor a los gritos que se daban si su padre no encontraba el par de calcetines, la camisa planchada que él deseaba, aunque hubiera otras cuatro de dónde elegir, el reclamo que hacía sobre mis amigas, que decía que siempre estaban influyendo en mi conducta cuando trataba de defenderme, pues también se quejaba si había mucho de comer porque se desperdiciaba la comida, si había poco porque era poco y el reclamo constante de qué hacía con el dinero que me daba. Siempre era como tener a un león en casa rugiendo todo el tiempo, aislado en su selva, pero al pendiente de su manada, pero no para cuidarla sino para fastidiarla. Yo creo era más bien como una hiena. Era tan iracundo que él mismo se propició su muerte, y aún me siento culpable por ello porque…).
—Señora Rosmeri, no quiero haya un malentendido. Simplemente el adulto mayor, igual que en todas las edades, tienen derecho a vivir una vida digna después de haber vivido una vida de tanta lucha. Su hijo menciona en su declaración que usted, cuando él y sus hermanos ya eran adolescentes, trabajó como secretaria de medio tiempo en un consultorio médico, pero que la atención a su casa, sus tres hijos y su marido fue impecable, que él no comprende cómo le hacía y además lo que le indigna es que ya que usted estaba viviendo una vida más tranquila, disfrutando lo que le gusta, yendo a aprender manualidades, salir de viaje a diversos lugares del país, usted esté repitiendo nuevamente algo que él creyó que ya había pasado: ser violentada y luego en un hotel.
(Qué le importa a mi hijo y a esta jueza lo que haga a mi edad. Ahora resulta que por un lado, aplauden que estaba haciendo lo que me gustaba y por el otro por haber salido de un hotel y golpeada se convierte en un escándalo. Ni que hubiera salido borracha, y haberle ido a tocar a su casa a mi hijo y hacerle desfiguros. Qué les importa si fui golpeada. Sé que los niños no deberían de vivir situaciones de violencia entre los padres y no debería existir esto, pero existe y son tantas cosas dentro de uno y afuera de uno que se permite una y otra vez. Lo bueno que me aferré a trabajar fuera de casa, ¿qué… cómo lo hice? Tampoco lo sé, la juventud ayuda y mi esposo me contaba el dinero o me reclamaba por cumplir con su gasto. Creo al final se lo agradezco porque supe que era capaza de hacer otras cosas y ganarme un sustento, no solo estar en casa donde estaba ese león que solo rugía y una hiena insatisfecha todo el tiempo. En mi trabajo como secretaria era reconocida y hasta tuve mi seguro y alcancé jubilación. Por eso ahora disfruto de una libertad financiera a mi edad de “adulto mayor”, como dice la jueza).
—La veo muy pensativa, señora Rosmeri. Me atrevo a decir que estará reflexionando sobre los hechos ocurridos en el hotel y sus golpes. Ojalá y desee de una vez, no como una declaración formal, pero sí exponer lo que haya ocurrido y poder enviarla a psicología, si así lo amerita lo que usted haya vivido.
––¿Ayuda psicológica? Creo se está adelantando usted demasiado. Disculpe, señora jueza, pero loca no estoy y tampoco me estoy demenciando.
—No, no, Señora Rosmeri, me está malinterpretando. Una ayuda psicológica permite mirar la realidad desde otra perspectiva, más objetiva, sin culpas, solo con responsabilidad de lo que hace uno mismo a veces, por situaciones insospechadas que uno no alcanza a relacionar, o a mirar, y va repitiendo en la vida una y otra vez las mismas situaciones sin poder salir del sufrimiento. Su hijo declaró que el señor Doménico, de quien se sospecha que fue quien le causó las lesiones, fue carnicero en sus tiempos y luego abandonado por su esposa, quien le dejó a los hijos y de hecho, uno de ellos estuvo en la cárcel por un acto violento, aunque salió libre muy pronto.
(Doménico el carnicero del barrio y mi esposo el carpintero. Claro, yo me casé con el carpintero que, para mi mamá, era la personificación en esta vida de San José, el esposo de la Virgen María, madre de Nuestro Señor Jesucristo. Por eso cuando le conté a mi madre que Pepe me golpeaba y veía mis golpes de la cara, nunca lo creyó porque el Santo José nunca haría un acto así. Si él era un piadoso carpintero que en una ocasión le había regalado una mesita que había hecho en el taller de carpintería en la secundaria, donde había iniciado su gusto por este santo oficio, se sentía como su madre, porque él no tenía. Con el tiempo se convirtió en un buen carpintero. A su cargo estaban diez personas, entre ellas su secretaria, con quien seguramente tenía amoríos, otra de las causas por las cuales me golpeaba era porque él decía que yo tenía amoríos con Doménico, el carnicero, pues siempre me había gustado y que yo era la cusca y no él con su secretaria. Me negaba su relación con ella, pero toda la gente me venía con el chisme. Yo solo guardaba silencio porque si se lo reclamaba se volvía más iracundo y terminaba golpeada. Y sí pensé en dejarlo, pero en ese tiempo no tenía a donde irme, mi madre lo tenía como un dios, y decía que si no fuera por él, mis hijos y yo estaríamos viviendo en la pobreza. La misma imagen de Pepe la mantenían el resto de mis familiares, así que la del problema era yo que no sabía cómo apaciguar el carácter iracundo de mi marido, “que en paz descanse”, y, además, en esa época yo no me había atrevido a trabajar todavía).
—Señora Jueza, a Doménico lo abandonó su mujer por irse con otra persona, con quien dicen había mantenido una relación desde antes de casarse con Doménico. Él y sus padres criaron a sus hijos. Los padres no pudieron soportar lo que hizo la esposa de Doménico y se enfermaron de diabetes. El papá, igual que mi esposo, murió de un infarto a los cuatro años de haber ocurrido el abandono, porque supieron que había tenido la madre de sus nietos otros hijos y su madre, que quería mucho a su esposo, es decir, al padre de Doménico, no toleró su ausencia y a los 6 meses también murió. El hijo mayor, que ahora tiene 35 años, igual que mi hijo, una vez encontró a su madre con su familia. Él se acercó a saludarla y a hacer las paces porque para él seguía siendo su madre. Era de esos hijos de noble corazón, la madre no esperaba esa reacción de su hijo y dicen que se quedó paralizada, sin saber qué decir cuando su hijo la quiso abrazar, y el esposo no sabía que se trataba del hijo de su señora. Le tiró un fuerte golpe y el hijo se lo devolvió y descargó toda la furia contenida contra el hombre por el cual los había dejado su madre, esas cosas que se guarda uno profundamente como usted dice que descubre la Psicología. Yo creo así le pasó a él. Y el hombre fue a dar al hospital y al hijo lo encarcelaron por lesiones y violencia hasta que se aclaró la situación después de un año, porque la madre no se compadeció de su hijo sino que defendió siempre a su pareja.
(…yo siempre me sentí culpable al casarme con Pepe, a quien no quería tanto. Quien me gustaba desde la secundaria fue Doménico. Era muy dado a los deportes, le gustaba el boxeo, y cuando se burlaban de él se agarraba a la salida de la escuela a puño limpio uno contra otro. Era famosillo por eso, pero se lo ganaban a pulso los compañeros de la secundaria. Sobre todo porque se reían de él cuando contestaba mal en matemáticas y geografía, y le gritaban: “solo para matanzas sirves”. Pero tenía letra bonita, todavía recuerdo aquel poema que me escribió: “eres la más bonita de las flores que hay en mi jardín, en ese jardín que he construido solo para ti, con rosas, jazmines y dalias, pero tú eres la única, la más hermosa, la divina Rosmeri que guardo en mi corazón solo para mí”. Pero como hijo obediente no siguió sus sueños del boxeo, sino continuó el negocio de su papá, la carnicería que era famosa por la buena calidad y atención. Mi madre acudía siempre a comprar allí, pero cuando supo mi gusto por él, comenzó a decirme que yo no podía estarme fijando en un carnicero, siempre lleno de sangre, con su falsa alegría y con el hacha trozando la carne, se le figuraba un vampiro. Admito que me dejé influir por mi madre y como José empezó a rondarme y enviarme cartitas de amor, cuando mi mamá lo supo, hasta ella la hizo de celestina).
—Señora Rosmeri, parece que le interesa más hablar del Señor Doménico que de las lesiones que le causó. Usted parece que tiene el síndrome de Estocolmo.
—¿El síndrome de qué?
—El “Síndrome de Estocolmo”, donde las víctimas desarrollan un fuerte vínculo afectivo con la persona que les hacen daño, como en el caso de las personas que son secuestradas.
—Señora Jueza yo no he sido violentada por Doménico, ni él me golpeó, ni nada que se le parezca y menos secuestrada.
—Pero si hasta dice usted que el Señor Doménico se liaba a los golpes con sus compañeros. A usted pudo también confundirla con su esposa, que lo abandonó hace años. ¿O me equivocó?
—No me está gustando esa voz burlona con la que se acaba de dirigir hacia a mí, señora Jueza. No entiendo nada de esto que está pasando. Exijo que me deje ya de preguntar y niego rotundamente que haya sido golpeada por Doménico, ni por nadie. Fue un accidente el que ocurrió en el hotel y no voy a dar más explicaciones. Que mi hijo se ocupe de sus obligaciones que tiene con él y su familia y no ande de chismoso, igual que su abuela. Ya le pedí perdón por haberlo expuesto a situaciones de violencia entre su padre y yo. Pero nunca los violenté a ellos. Que me deje en paz, si es que me quiere y se preocupa por mí. Ya estoy grande para cuidarme yo sola y elegir con quién deseo estar.
—No se enoje, señora Rosmeri, ya le dije que solo es por su bien. Pero si se niega a levantar un acta sobre lesiones contra el señor Doménico y eximirlo de cualquier daño que haya causado contra su persona, solo firme estos papeles y el caso queda cerrado.
(…cómo voy a contar la verdad. Mal momento en que mi hijo nos vio salir del hotel y luego fue a reclamarme a la casa por qué andaba como si fuera una prostituta saliendo del hotel con Doménico, un vulgar carnicero, y fue cuando vio mi nariz roja con algunas heridas y la ceja con cinta microporo. De inmediato dijo que le iba a meter sus golpes. Yo le dije que si lo hacía yo lo iba a demandar a él. Y ante su impotencia vino a poner la demanda contra Doménico. Pero ni cómo decirles lo que pasó, que ambos hemos estado aceptando salir, porque ninguno tiene un compromiso y decidimos reanudar aquel enamoramiento de la secundaria. Hemos estado saliendo fuera de la ciudad a comer, ver museos, y nos hemos puesto a ver peleas de box por las aplicaciones que ahora hay en las televisiones que llaman inteligentes. Hemos mantenido en secreto nuestra relación por los prejuicios de la gente, pero esta vez decidimos ir a ese hotel nuevo, que está muy bonito, por mi cumpleaños. Dijo que me había apartado la suite, pero cuando llegamos nos dijeron: que se disculpaban, pero la suite ya estaba apartada para un político muy importante que había llegado a visitar la ciudad, que esperaban que comprendiéramos y que nos daban de recompensa una habitación gratis. Doménico se molestó, pero más porque deseaba para mí lo mejor. Yo le dije al joven que nos atendió que con gusto lo aceptábamos, preguntó por nuestro equipaje y le dijimos que no traíamos y se quedó un momento pensando, luego dijo que era un placer nuestra visita al nuevo Hotel de la Montaña. Cuando entramos a la habitación era una cuarto con dos camas matrimoniales, un decorado de brocato, fina madera, bellas cortinas y la vista hacia las montañas. Todo era increíble, aunque yo estaba acostumbrada a dormir en una cama King size, pero no me importó. Lo demás era estupendo y por primera vez tendríamos sexo, para lo cual a la antigüita con previas citas nos habíamos preparado para este día. Paseamos por la montaña, recordamos viejos tiempos cuando nuestra secundaria estaba cerca de un cerro. Doménico se resbaló con unas hojarascas húmedas, luego me dijo que le salieron unos moretones en sus nalgas, y solo nos reíamos, ya íbamos bajando, yo corrí como jovenzuela, él se había quedado atrás, como ya se había caído giré mi cabeza para decirle que tuviera cuidado. Al volver mi cabeza hacia adelante no me fijé que estaba un tronco de pino y antes de que Doménico me gritara: ¡cuidado! ya me había pegado en mi cara. Mi nariz sangró por algunos segundos, pero presionando en el inicio de la nariz como había aprendido cuando fui secretaria, dejé de sangrar. Los dos nos volvimos a reír, nos sentamos en una linda banca de madera. Había jazmines, dalias y rosas en un área verde frente a la banca. Nos acordamos del poema que alguna vez me escribió. Después de cenar, nos fuimos a dormir. Era una noche especial para ambos. Ya en la habitación, nos preparamos, apagamos las luces, nos besamos y acariciamos con calma, con el cuidado que se tiene de un bebé, de algo esperado y preciado por el tiempo, por las estaciones del año, por los meses, por las horas, por los minutos, por ese tiempo que se va, que avanza, pero que se pausa en momentos para regalarnos bellos instantes inesperados. Estábamos en el clímax, mi cuerpo sobre el de él, cuando gritó Doménico: ¡Ay! Yo me espanté, me giré a la derecha y, creyendo que estaba en mi cama King size, me di otra vuelta para pararme y prender la luz, e inesperadamente me pegué en mi ceja derecha en la manija del cajón del buró y caí al suelo. Doménico me gritó: ¡¿dónde estás?! Aquí abajo, le contesté. ¿Y tú cómo estás?, le pregunté. Aquí en la cama temblando, me dio un calambre muy fuerte, lo siento, lo siento. Nuevamente nos reímos, me senté junto a él. Todavía la pierna izquierda la tenía contraída. Luego me coloqué en mi ceja una cinta de Micropore que traía en esas bolsas de las mujeres que siempre cargamos de todo, nos quedamos dormidos como angelitos. Y otro día fue la pesadilla con mi hijo quien fue a reclamarme, y cómo contarle todo esto, estas cosas de mayores que para los hijos solo resultan ridiculeces).






