En el tintero siempre quedan muchas cosas, cartas por escribir, poemas por terminar, cuentos por corregir; dibujos, planes… Querido lector ¿Ha tenido Usted un amor fantasma?
No se trata de un relato fantástico, de esos que recuerdan a Drácula, de Bram Stocker, ni siquiera a El fantasma de Canterville, de Oscar Wilde, aun cuando ayuden las preguntas: ¿quién puede ver al fantasta? ¿Alguien le teme? ¿Qué hace el fantasma?
Es probable que toda la desazón por lo inconcluso se deba a la ausencia, a los proyectos inacabados o, como diría el cantautor mexicano José Alfredo Jiménez, en su famosa canción “Que te vaya bonito”:
…Cuantas cosas quedaron prendidas
hasta dentro del fondo de mi alma
cuantas luces dejaste encendidas
yo no sé como voy a apagarlas…
En México, el primero de noviembre se conmemora el Día de Muertos, que coincide en la liturgia católica con la de “Todos Santos”. Lo interesante es que, guardando las distancias y diferencias, en ambos se admite la trascedencia del espíritu humano y la certeza de lo sagrado.
De modo que cuando alguno deja este mundo definitivamente, en sus seres queridos permanece la esperanza del rencuentro, ya que todo lo que se compartía (el trajín diario, el calor de sus manos, el aroma de su cuerpo, sus gustos, nuestros gustos) “quedan dentro del fondo del alma”.
¿Cómo olvidar a esos seres con los que se compartió la vida? ¿Cómo enfrentar la pérdida? ¿Cómo recuperarse de un proyecto incabado perpetuamente, por lo menos, con esa persona?
Imposible, porque son luz y en otros casos, fantasma.
¿Qué haría Usted, querido lector, si se encontrara de frente con el espectro del ser amado: madre, padre, pareja, hijos o algún otro?
Cada uno reacciona con su propio estilo, Juan Pedro Hernández Osuna, en su poema, “30+1”, cita el lugar de lo impensado:
Un brillar de ojos inusual
al fondo de la capilla
me atraparon como poderosos imanes.
Una fantasmal aparición
en medio de tanto caos
emocional que es mi vida en soledad.
Al llegar a ti, surgió algo más sorprendente,
tu profundo y sentido abrazo,
breve, intenso, rubricado con un beso.
Espontáneo, real.
Estás aquí…
has vuelto.
El personaje se encuentra en soledad. Es obvio que no se trata de una soledad buscada, pues de otro modo no se sentiría desamparado; entonces, se deduce, sufre la pérdida de alguien muy querido.
No explica ni cómo ni cuándo advierte lo extraordinario: “Un brillar de ojos inusual”, aunque, sí dice el lugar: “Al fondo de la capilla”.
La capilla, por regla general, es la casa que alberga el altar; oratorio privado dedicado a lo sagrado.
¿Qué hay más sagrado que el propio hombre?
Al fondo, dentro de sí mismo, cuando dialoga con su yo, adquiere una actitud contemplativa; luego, descubre la luz clara, limpia, encendida.
Es asombroso, halló lo poco común, lo que no se repite, “al fondo de la capilla”, aún a pesar del peso de la tristeza permanente y sosegada que lo domina.
Las emociones se entrelazan con la imagen de la amada muerta; de otra forma, no podría referirse a ella como “Una fantasmal aparición”.
Mas si esta exaltación se creyera motivada por una alucinación o por una mente muy creativa, ocurre lo extraño, el abrazo: el sentirse estrechado vivamente, no importa que haya sido apenas por un instante.
Evidencia de lo material, mucho más proxima a la realidad que la visión de la luz, ganando magnitud al ser rubricada o rematada con un beso.
Un beso que no es de pasión ni de lujuria, sino extensión del abrazo breve, intenso, profundo y sentido.
Fue algo espontáneo, real: aparentemente no hubo nada que lo motivara, excepto su soledad y su caos, comprendidos al conversar consigo mismo, allá, en el fondo de su alma.
En consecuencia, abrazo y beso no son prueba del mundo material, sino de “Una fantasmal aparición”; no obstante, la luz interior del personaje se ha vuelto a encender; la tranquilidad y el orden han regresado.
Se diría que se ha encontrado con un ángel; tal vez, sea su ángel de la guarda.
Hay muchas formas de entender la muerte; muchas métodos para enfrentar la ausencia de un ser querido y muchos medios para superar la pérdida. Y si bien la poesía y las canciones no dan las respuestas esperadas, no se les puede negar su capacidad para compartir el acontecimiento de la vida aun después de la muerte y de la pérdida.
Juan Pedro Hernández Osuna, mexicano, originario de El Rosario, Sinaloa, traza en su poemario “Un angelito a mi lado”, compuesto de 40 poemas, la vida, quehaceres, sentimientos de los personajes; donde cada poema puede leerse de manera independiente y sin seguir ninguna secuencia; o por el contrario, leerlo de forma consecutiva.
El poemario muestra cómo el mundo se desvela ante cada uno de los actos de los protagonistas, sumando energía a los pequeños instantes, transitando de la esfera interna a la externa; por ejemplo, a través de un beso, puente entre la intimidad espiritual y el mundo físico.
Es probable que Usted, querido lector, prefiera encontrar su propia luz o reconocer a su Ángel guardian, antes que darse gusto jugando con fantasmas; sin embargo, como siempre, Usted, tiene la última palabra.






