Adaptarse o morir podría ser el lema de todos los seres vivos en este planeta, especialmente, cuando se enfrentan a cambios repentinos que originan incertidumbre o temor. Por cierto, ¿cuál es su elefante favorito?
Jean de Brunhoff, nacido el 9 de diciembre de 1899 en París, Francia, pintor de retrato y de paisajes, sobreviviente de la Primera Guerra Mundial, descubrió casi por casualidad que igualmente tenía el don de narrar con palabras.
La revelación ocurrió cuando sus dos pequeños hijos, Laurent y Mathieu, de 5 y 4 años respectivamente, le recontaron una historia de un elefantito inventado por su madre, Cecile Sabouraud, talentosa y culta pianista con la que se había casado en 1924.
El elefantito carecía en ese momento de nombre y apenas alcanzaba a ser un cuento pequeño. Entonces, Jean de Brunhoff lo recreó, acrecentó las aventuras del personaje y le puso un nombre: “Babar”.
“Babar” es el protagonista del cuento titulado Historia de Babar, el elefantito (Histoire de Babar, le petit elephant), publicado por primera vez en 1931, cuyas proezas entusiasmaron a los niños, a pesar de que la propuesta no es tan fácil de asimilar.
En efecto, Babar nació en la selva, crecía y jugaba bajo el cuidado de su mamá. Un día:
…un cazador,
escondido en un matorral,
dispara contra ellos.
El cazador mató a la mamá.
El mono se esconde,
los pájaros huyen
y Babar llora.
…
En seguida, los cazadores pretenden capturar al pequeño elefantito, mas logra escapar.
Llega a París, la gran ciudad, donde encuentra a una mujer rica que le brinda protección, cuidados, educación.
El cambio de escenario y ambiente al que se ve sometido, podrían haberlo desconcertado o amargado, o vuelto desconfiado; sin embargo, nada de eso pasa.
…
¡Cuántas cosas nuevas!
¡Qué bellas avenidas!
¡Y los coches y autobuses…!
De todo lo que ve,
lo que más le interesa
son dos señores que encuentra en la calle.
Y Babar piensa:
¡Qué bien vestidos están!
Me encantaría vertirme como ellos.
Me gustaría tener también un traje
muy elegante… pero ¿cómo?
…
Dicho de otro modo, aunque el personaje arriba a la ciudad en calidad de perseguido no ha perdido su capacidad de asombro.
Se permite absorber las cualidades que encuentra en los objetos y cuestiones que nunca antes había visto: las grandes avenidas, las tiendas, los coches, el trajin de una ciudad cosmopolita como París.
Pese a toda esta grandiosidad, nada le provoca sentimientos de inferioridad ni de envidia.
De hecho, su emoción e imaginación es capturada por los atuendos de dos señores.
Probablemente el lector (sí, Usted también, querido lector) habría de preguntarse por qué un elefantito recién llegado de África, en plena Champs Elysées, no llama en lo más mínimo la atención de los transeúntes; y por qué no ha perdido su capacidad de asombro a pesar de haber sido sufrido tanto.
En realidad, para la primera aparece una posible respuesta: tal vez porque, como se anticipó, París es una ciudad cosmopolita; o sea, la cantidad de personas de diversas culturas que ahí concurren hacen improbable que un extranjero sea más destacable que el resto de los habitantes o turistas.
Respecto de la segunda, cabe especular. Por una parte, el hecho de poner a salvo su vida propicia un sentimiento de triunfo sobre los males pasados. Por otro lado, eso destaca su aptitud de resiliencia; esto es, sus aptitudes para superar el hecho traumático del asesinato de su madre.
También cabe la posibilidad de que Babar sea bondadoso. Después de todo, es apenas un niño cuando se enfrenta a todos estos avatares, por ello se sobrepone a la maldad de los cazadores y a la pérdida.
Así que el inicio de este relato dista mucho de los clásicos infantiles, por ejemplo, de los de hadas. Empero las frases cortas y concisas, la serie de sucesos poco frecuentes y constantes que impulsan a Babar a avanzar hacia su juventud, disfrutarla, tener novia, ser exitoso, etc., hasta reconocer que no ha olvidado sus orígenes ni a su madre, fueron el conjunto de ingredientes que fascinó a los niños de la primera mitad del siglo XX.
Lo que es absolutamente válido, pues el pequeño elefante da cara a los desafíos de la existencia, haciendo a un lado los pesares, adaptándose a un nuevo estilo de vida y a una cultura totalmente distinta de la de su nación. De esta suerte, se reinventa y sale avante, rompiéndo simultáneamente los paradigmas de su tiempo: extranjero, niño pobre, sin educación, sin padres, con un futuro plagado de fracasos.
Jean de Brunhoff realizó una propuesta arriesgada, ya que, como Babar, renuncia a los cánones de su época no sólo al exponer de manera directa y cruda temas reales, con una entrada dramática, sino porque, además, agregó ilustraciones con dibujos de líneas claras y definidas, al estilo de lo que hoy se conoce como cómics, pintados con acuarelas en colores luminosos y brillantes, con letra en cursiva, ocupando ambas páginas del libro, y en formato grande.
En otras palabras, el autor busca comprender a la generación de niños nacidos en entreguerras y que, como es sabido, viven con la amenaza constante de otra guerra que sería a la postre aún más cruenta que la primera; y con todo, como “el pequeño elefantito”, juegan y ríen con la esperanza de un mundo mejor.
Tras el éxito de Historia de Babar, el elefantito, el padre del libro ilustrado moderno, Jean de Brunhoff, escribió e ilustró otras seis historias más del mismo “Babar”, sin la inspiración de su esposa; si bien, con la motivación de ella y de sus dos hijos a los que se sumaría un tercero. Todo ello mientras constantemente se encontraba en un hospital en Suiza, por causa de la tuberculosis, por la que finalmente perdería la vida el 16 de octubre de 1937.
Historia de Babar, el elefantito marca el nacimiento de un estilo de literatura infantil que entraña la lección de cómo se puede sobrevivir sin necesidad de ser cazador y a pesar de él.
Conocer el resto del cuento queda reservado para los ojos del lector que acepte el reto de consultarlo. Por mi parte, acudí al ejemplar Historia de Babar, el elefantito, traducción de María Puncel, de la edición de 1931, editorial Loqueleo.
Como siempre, Usted, querido lector, tiene la última palabra.







