Naufrágos
Caro Fernández (Argentina)
Hubo un tiempo en el que él dejó de escucharla. Ella, sin embargo, no se dio por vencida y lo intentó de mil maneras. Nada sirvió. Una tarde se encerró en el baño y lloró. Las primeras fueron lágrimas de rabia, después resbalaron las de impotencia y a la hora brotaban lagrimones truculentos que se convirtieron en ríos y cascadas que caían por la escalera. Él nadó, arrastrado por tsunamis en medio de un océano de olvido. Y en el filo del ahogo emergió abrazado a la pata de la mesa. Aturdido, vio que a su lado flotaba una botella y un mensaje en su interior: “¡Mario, tengo algo que decirte!”, pero nunca lo leyó.
La muñeca
Márcia Batista Ramos (Brasil)
Los padres del joven agricultor querían dar continuidad a su apellido. Cuando su único hijo varón entró a la casa después de las faenas diarias, los padres se miraron y sonrieron mostrando complicidad. El hijo entró al dormitorio para sacar ropa limpia y bañarse. Se percató que su muñeca inflable no estaba en su ropero. Tomado por la ira, agarró el hacha y los miles de pedacitos de la muñeca se mezclaron con los pedacitos de los padres.
Desde mi infierno
Estéfani Huiza Fernández (Bolivia)
Te escribo desde mi infierno, desde estas vetustas paredes donde apenas se divisa un gramo de luz. Aquí estoy en medio de cajas de cartón y efímeros pasajes de tu recuerdo, mas esos objetos no hablan, no me dicen nada. Cuánto quisiera escucharlos, así quizá podría matar mis pensamientos que sólo recuerdan tu nombre. Y cada vez que intento dejar de pensar, cada ínfima palabra en este cuarto ahoga la vida, los minutos, las horas. Entonces miro atrás y encuentro el paraíso. “Debo estar muerta”, me digo. ¿Será este mi infierno?, quizás encarnado en la necesidad de no tenerte a mi lado.
II
Rubén García García (México)
Fui a Tlen. Dos días y a la vera del sendero llegué a un campo de piedras encimadas y algunos hoyos a medio cavar. ¿Buscaban agua o tesoros? Dicen que por este rumbo campeaba la banda de los Ali hace décadas. Había un socavón. El tiempo y los remolinos lo llenaron de hojas y arena de desierto. De él sobresalía un árbol de pirulí, una frutita roja vistosa que la disfrutan los pájaros viajeros. Me senté a la sombra y al poco tiempo llegaron varios tipos de aves que hicieron un barullo grandioso. En aquel silencio cubierto de lajas y yuyos un árbol tenía su fiesta. Así que me uní a la chifladera.
Los Maras no admiten demoras
José Antonio García Pérez (Cuba)
El sudor deshidrata mi frente fría y la solución más atinada es una bolsa para mis posibles náuseas, mientras sucumbo al desmayo en la espalda más próxima a mi cara.
Solo veo flashes. Escucho las voces de los siete que me atropellan en el asiento trasero del auto, aunque lejos. Más me cuesta hablar y respirar. Por momentos, mi cadera como que se parte.
Las siguientes dos horas, a más de 120 millas, serán largas.






