En septiembre de 1955, civiles y militares concretaron el golpe de Estado conocido como Revolución Libertadora, que derrocó a Perón y condenó al exilio y a dieciocho años de proscripción (hasta 1973) al movimiento y a su líder.
Dieciocho años de vigencia de un decreto (el 4161/56) para desperonizar a la sociedad. O sea que a Perón no se lo podía nombrar, aunque claro que era posible el escarnio al que el ingenio popular se plegó pronto con un jocoso “Si quiere estar limpio, Jabón perón evita la mugre.”
Como la lengua tiene sus tretas, se aprendió pronto a nombrar sin nombrarlo, a decir el fulano, aquel, el que te dije o el más lunfardo: el que te jedi
La letra de un tango de Maria Elena Walsh, un tango que se llama “El 45”, dice:
Te acordás hermana qué tiempos aquellos,
La vida nos daba la misma lección.
En la primavera del 45
Tenias quince años lo mismo que yo.
Te acordás hermana de aquellos cadetes,
Del primer bolero y el té en El Galeón
Cuando los domingos la lluvia traía
La voz de Bing Crosby y un verso de amor.
Te acordás de la Plaza de Mayo
Cuando el que te dije salía al balcón.
Tanto cambió todo que el sol de la infancia
De golpe y porrazo se nos alunó.
En el mismo sentido, Gustavo Schrauf, especialista en genética de verduras y frutas, recuerda que cuando era chico le dieron un diccionario donde estaba tachada la entrada Perón, JD. Como no comprendió el tachado, se lo preguntó a la maestra, quién le explicó que, aunque ella no estaba de acuerdo, estaba prohibido nombrarlo.
Aquel niño, ahora investigador, nos cuenta que acaba de descubrir la existencia de un tomate peronista.
Uno de los reclamos más sentidos que escuchamos quienes trabajamos en mejoramiento genético vegetal [dice] es sobre el tomate. La ausencia de sabor de los tomates que consumimos actualmente es llamativa. Les habrá pasado también a ustedes, los compramos rojos, tersos, apetecibles a la mirada, pero al comerlos —insípidos, de un color desvanecido, cada vez menos intenso en su corazón— añoramos el tiempo aquel en que los tomates no eran de cartón ni telgopor, sino que tenían otro perfume, otra textura, otro sabor, otro color. Aunque muchas de las causas que explican la falta de sabor se corresponden al manejo del cultivo y a las formas de comercialización, otras tienen causas genéticas [dice nuestro investigador].
Intentando recuperar el sabor perdido, cierto día un profesor de Genética de la Facultad de Agronomía-UBA accedió a una enorme colección de tomates antiguos de la Argentina que provenían de diferentes Bancos de Germoplasma del mundo —unos 160 materiales genéticos—. Cuando los cultivaron y los probaron pudieron demostrar que dentro de esa colección de tomates antiguos (los llamados tomates criollos) estaba el sabor perdido.
Lo del tomate peronista no es una metáfora. El ingeniero Gustavo Schrauf —que mencionaba al comienzo—, doctorado y posdoctorado en tomate, dice que le llamó la atención que una de las accesiones (derecho que se atribuye al propietario del suelo y le permite hacer suyo todo aquello que quede unido y crezca en dicho suelo) de un Banco de Germoplasma de Alemania tenía la denominación “Perón”, y que ese genotipo de tomate denominado Perón, además de ser gustoso, presenta un fruto muy carnoso. Comentándolo con otros investigadores que realizaban una búsqueda de materiales argentinos asociados al tomate platense, encontraron en una colección china un material procedente de la Argentina denominado JDP (iniciales de Juan Domingo Perón), que fue utilizado en los programas de mejoramiento chinos.
“Quizás este material genético no fue inscripto formalmente en los registros de Cultivares, pero lo más probable es que haya sido censurado —dice—, porque buscando inscripciones en la Reseña de cultivares de argentina no aparece el cultivar ‘Perón’.”
También encontraron en el curso de esa investigación que un mejorador de tomate, que era peronista, había inscripto tres cultivares con los nombres de: “Justa, Libre y Soberana”, que ese mejorador de tomate fue despedido en 1955 y que sus cultivares tampoco figuran en los registros.
¿Qué culpa tiene el tomate?, así comenzaba una canción cuya letra pertenece a Rolando Alarcón Soto, folclorista, compositor y profesor chileno, simpatizante del partido comunista y representante del movimiento de la nueva canción chilena, quien murió en 1973.
La hierba de los caminos,
la pisan los caminantes.
Y a la mujer del obrero,
la pisan cuatro tunantes
de esos que tienen dinero.
¿Qué culpa tiene el tomate
que está tranquilo en la mata?
Si viene un hijo de puta
Y lo mete en una lata
Y lo manda pa Caracas
Era como un himno de aquellos días. Lo cantaban los Quilapayún y lo cantábamos nosotros, los que éramos jóvenes en el 1973, cuando el autor de la letra moría, cuando terminaba la proscripción del peronismo y el General Lanusse se iba a su casa.






