Un milagro

Un milagro tan adicional como adicional es todo:

lo impensable

se puede pensar.

Wislawa Szymborska

 

Espantosamente, ahora vemos la ciudad a través del humo. Hay una niebla, como un tenue velo, que se interpone entre nuestra mirada y el mundo ruidoso que no descansa. Una inundación inmisericorde ahoga a los poetas griegos; en Marruecos, la tierra tiembla terminando de quebrar cientos de vidas rotas; pero es en Ucrania donde se apilan los cadáveres después de cada batalla sangrante. Eran cándidos, eran jóvenes y murieron sin experiencia, sin amontonar sueños; murieron tristes, melancólicos, sin haber preñado a una doncella…

 

En la guerra (ese laborioso infierno), 

Las madres sufren, de sol a sol.

Sufren, más que normalmente.

 

Los ejércitos reemplazan a soldados muertos por jóvenes niños que nunca más volverán a hacer volar una cometa. Los colegios extrañarán sus risas y juegos torpes. Sin golosinas para saborear, ellos abandonaron la vida mucho antes de derramar el despecho en una mesa de bar, después de embriagarse con una botella de ginebra.

 

La muerte,

No será su descanso.

Mutilados y sangrantes, 

tocarán las puertas del cielo. 

 

En medio del bullicio, de las idas y venidas, están los muchos que blasfeman y los pocos que oran; también están aquellos que propinan obscenas burlas… Mientras nosotros, frente al espejo, sin decirnos una palabra esperamos a alguien que quiera asirnos por la mano para salir a buscar el pan y la leche de cada día. Sabemos que existen muchos dolores en el mundo, incluso frente al espejo. Por cierto, los dolores del espejo son dolores pequeños.

 

Silenciosos los soldados esperan

Sin lágrimas.

Con llanto seco permanecen reunidos,

Esperando que se abran las puertas del cielo.

 

Las armas de guerra son majestuosos inventos para acabar con la vida. El mundo solo es esplendoroso para los ciegos de alma que no logran ver el hambre en el desarrollo de la gran ciudad. Ellos también son sordos, porque no logran escuchar los gritos de miles de personas esclavizadas. Los ciegos-sordos de alma fueron mutilados por el consumismo de forma sencilla y vulgar.

 

Muchas guerras 

En un mundo pequeño

Muchas madres sufriendo desde el primer sol 

hasta el último,

sin poder estrechar fuertemente,

a cada hijo,

entre sus brazos.

 

Las campanas doblan de forma pausada e intercalada, sin descanso. Las escuchamos entre los cedros y los pinos, en los campos que se extienden a lo lejos, cubiertos de hierba o de trigo. En el sud y en el norte, día y noche el repicar de las campanas anuncian la muerte. Los campaneros se extenúan, sudan y sus manos callosas se agrietan. No hay un momento de tregua para que respiren la brisa matinal.

 

Necesitamos un milagro

Para detener el sufrimiento y la muerte,

Para quitar la niebla

que se interpone entre nuestra mirada y el mundo.

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Márcia Batista Ramos

Es escritora, filósofa y Cónsul Honoraria de Brasil en Oruro, Bolivia. Autora de más de una decena de libros en diversos géneros, su obra ha sido traducida a 16 lenguas, consolidándola como una figura clave del intercambio cultural iberoamericano. Es columnista internacional en medios de Europa y América, y presidente para Bolivia de la Cámara Internacional de Escritores & Artistas. Distinguida con múltiples Doctorados Honoris Causa, su trabajo combina la creación literaria con una profunda labor de crítica y gestión cultural. A la fecha fue publicada en 38 países.

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