Observadora triste

El mundo es bello, pero la humanidad construye el dolor. Yo estoy aquí, con mi incapacidad de poder revertir el gran ciclo de enemistad y violencia que destruye al mundo. Quisiera abrigar al mundo, detener el odio que genera violencia, curar heridas, reconstruir, resucitar… para poder devolver sonrisas.

Cuando yo era una niña pequeña, creía que cuando creciera podría hacer todo. En “todo” estaba incluido sacar los niños de la calle, eliminar la pobreza, plantar flores y árboles, mantener los ríos, las playas y los océanos limpios… Porque estaba impreso en mi imaginario que los adultos todo lo pueden.

Ocurre que yo no conocía la memoria de la sangre derramada, que pulsa adentro de la tierra como rencor y ojeriza que contamina las aguas que muchos niños beben y, cuando se hacen grandes, vomitan con normalidad, haciendo una guerra.

El mundo es bello y parece inmóvil cuando contemplamos su belleza. Pero todo se mueve y se retuerce cuando una bomba asalta la belleza inmóvil del mundo. El paisaje se quema, los palacios se hacen añicos, todo lo que está vivo y que no se carboniza se transforma en padecimiento.

Yo sé que antes de eso había brisa y sol que, de alguna forma, se impregnaron en mi piel de niña y obstinadamente se hizo memoria de un mundo posible, bello y bueno, que insiste en ser presencia en mi mente; en esa mente, demente, que no acepta con complacencia el gran ciclo de odio y violencia que destruye al mundo. Entonces, mi piel se eriza ante la impotencia de no poder hacer ALGO para mejorar la vida en el mundo bello, donde libremente la humanidad erige el sufrimiento.

Hace mucho mis ojos dejaron de ser límpidos, tampoco lloran. Ahora, mis ojos son más tristes. Están cubiertos por una membrana de pesadumbre, de tanto mirar al mundo que se desploma en diferentes latitudes, de diversas maneras, desde criminales desigualdades hasta incomparables tormentos. Y todo porque algunos humanos deciden traer el infierno a la tierra.

Si al menos, yo tuviera un scalprum capaz de cortar la memoria de la sangre derramada que pulsa adentro de la tierra y contamina de odio las aguas que la humanidad ha de beber. Pero no. No tengo más que la palabra que brota malcontenta y dolida por las grietas de mi alma, manchando de inquietud la página en blanco, haciendo un registro de mi impotencia ante un mundo sangrante que se destruye y me tiene prácticamente secuestrada, como una observadora triste.

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Márcia Batista Ramos

Es escritora, filósofa y Cónsul Honoraria de Brasil en Oruro, Bolivia. Autora de más de una decena de libros en diversos géneros, su obra ha sido traducida a 16 lenguas, consolidándola como una figura clave del intercambio cultural iberoamericano. Es columnista internacional en medios de Europa y América, y presidente para Bolivia de la Cámara Internacional de Escritores & Artistas. Distinguida con múltiples Doctorados Honoris Causa, su trabajo combina la creación literaria con una profunda labor de crítica y gestión cultural. A la fecha fue publicada en 38 países.

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