Guios de las estrellas

La rueda del tiempo giró a la inversa en busca de un pasado que se quedó en un archivo de la memoria. Allí estaba uno de tus tatarabuelos que fue arriero, viajaba desde el corazón de su país, subiendo y bajando la cordillera hasta llegar a la costa. Las mulas llevaban maíz con algo de oro al medio, como contrabando… Traía cosas de allende el mar y libras esterlinas ocultas en la carga. Pero también cobraba para que algunos jóvenes extranjeros acompañen a su comitiva a pie, guiándolos para que puedan cruzar la cordillera a salvo y siguieran después su camino a la mina Salvadora, a donde llegaban con su única ropa sucia y rota para empezar una nueva vida en aquellos parajes donde el estaño brotaba sin cesar de las entrañas de la tierra.

Era un hombre de mediana estatura que conocía hasta las piedras del camino, siempre llegaba a la cumbre de la cordillera con los oídos zumbando y el corazón retumbando como un bombo, que se calmaba según iba bajando del cielo –como acostumbraba decir.

De tanto subir hasta casi llegar al cielo y luego bajar hasta el mar, este tatarabuelo murió de un infarto agudo al miocardio antes de cumplir cincuenta años. Dejó hijas solteras, centenares de mulas y unas tres tinajas de barro llenas de libras esterlinas.

La tatarabuela tomó las riendas del negocio: contrató al marido de la sobrina, que además era su ahijado, y siguió mandando oro en medio de la carga de maíz y trayendo libras esterlinas en medio de las novedades llegadas de París y de otros lares desconocidos para ella. Ella envolvía la madrugada en su mantilla negra, salía a despachar a los arrieros y después se ponía en novena en su capilla para que lleguen bien a la playa y regresen sin novedades, cargados de esterlinas a su valle. Hasta el día de hoy, cada domingo hay misa en la capilla de la tatarabuela.

En poco tiempo, ella logró ganarse el respeto de unos y otros, ya que mostró ser una mujer de carácter firme y correcta. Algunos solteros y viudos trataron de persuadirla para casarse otra vez, pero la tatarabuela rechazó a gil y mil, porque tenía hijas y dinero, tanto dinero que ni podía gastar todo. Seguía trabajando y ganando libras esterlinas que ella colocaba en grandes tinajas y enterraba en su patio, tal cual hizo su marido mientras existió.

Por otro lado, porque las familias igual que los árboles tienen muchas ramas, otro de los bisabuelos tenía barcos de carga de mercancías y pasajeros. El bisabuelo miraba serio, con educación y desconfianza, porque no sabia qué diablos llevaban los colonos en tantos sacos pesados. Los recibía y cobraba el pasaje por persona y por saco. Después compró otro barco donde su esposa e hijas viajaban. La esposa iba cobrando río abajo, río arriba y él la seguía en el segundo barco. El tiempo pasó y él compró un tercer barco, donde las dos hijas mayores viajaban cobrando por persona y por sacos, río abajo río arriba. Eran tres barcos en fila indiana que llegaban juntos al puerto con la plata cobrada por transportar gente y sacos de carga.

Las madrugadas frías, las noches lluviosas, los percances en los caminos, de muchas maneras se quedaron en la memoria genética de la familia, que aprendió a no alarmarse mucho con los éxitos o con los fracasos.

Cuando las abuelas se casaron, ellas se dedicaron a bordar manteles, limpiar y ordenar (compulsivamente) sus casas y a cocinar todas las recetas posibles habidas y por haber. Algunos de sus hijos varones no lograron estudiar y uno tuvo un camión y se dedicó al transporte. Por otro lado, uno de los abuelos fue aventurero y anduvo de un lado a otro en revoluciones armadas. Cuando sentó cabeza se hizo conductor de tranvía y condujo personas durante largos veinticinco años, rememorando las madrugadas frías sobre el lomo de un caballo rumbo a una guerra que no le pertenecía… En la monotonía del trayecto del tranvía, el abuelo tuvo tiempo de agradecer a Dios por su vida, ya que no murió de un balazo. También tuvo tiempo de perdonarse por los enemigos caídos, que ni siquiera eran sus enemigos de verdad. Fue en la monotonía de la rutina y en la repetición del paisaje que él pudo entender la estupidez que significa una guerra, asimismo, pudo entender su propio pasado y tal vez, logró perdonarse a sí mismo.

Entonces fue precisamente cuando la rueda del tiempo giró ordenada y regular hacia el futuro donde vivió la generación de los que utilizaron corbatas todos los días y se quedaron en sus camas calientes para espantar el frío de las madrugadas y esperar respuestas de las cartas enviadas. Ellos fueron oficiales y profesores, y, sin pensarlo dos veces, enviaron a todos sus hijos a la universidad, porque era imposible pensar que los hijos y nietos no lleguen a ser profesionales universitarios. Sin compasión, ellos ahogaron a todos los artistas de la familia porque no aceptaban nada que no fuera formal y metódico como la trayectoria de una flecha que apunta hacia el cielo.

Al surcar los cielos, Aaron Jason, especialmente por las noches, espero que comprendas los guiños de las estrellas como saludos de los abuelos que, a paso de mula o en el timón de un barco, rompieron el frío de las madrugadas para un día poder, desde algún lugar del universo, bendecirte y enorgullecerse de que seas su nieto.

 

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Márcia Batista Ramos

Es escritora, filósofa y Cónsul Honoraria de Brasil en Oruro, Bolivia. Autora de más de una decena de libros en diversos géneros, su obra ha sido traducida a 16 lenguas, consolidándola como una figura clave del intercambio cultural iberoamericano. Es columnista internacional en medios de Europa y América, y presidente para Bolivia de la Cámara Internacional de Escritores & Artistas. Distinguida con múltiples Doctorados Honoris Causa, su trabajo combina la creación literaria con una profunda labor de crítica y gestión cultural. A la fecha fue publicada en 38 países.

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