Soy como un tulipán del desierto.
Moriré antes de ser abierto
Meena Muska
¿Para qué la vida? Si acabo de ser parida en la caótica urbe de Kabul, que tiene el desamparo como telón de fondo, donde nacer mujer es una especie de desgracia añadida al hecho de haber nacido, precisamente en este país de oscuridad, donde las mujeres no están autorizadas a ser felices. Nunca tendré el derecho a ponerme un simple vestido rojo abrochado en el hombro. Tampoco podré pintar mis labios de color carmesí o decidir que me voy de aquí… En ningún momento, de esta existencia, habrá un día para que yo pueda ser feliz. Me corresponde una existencia encarcelada en mi domicilio, tapada de la cabeza a los pies, seré siempre un cuerpo sin rostro que jamás tendrá un cuarto propio. Para mí está prohibido caminar en la calle sin un hombre guardián, sentarme en un parque o jardín público, andar en bicicleta, montar a caballo o correr un maratón. Dicen que el mundo está globalizado en el año dos mil y veinte y tres, pero jamás tendré redes sociales, amigos del sexo opuesto o el derecho a viajar sola. No conoceré los exámenes de reválida, porque el acceso a la educación y al trabajo me están vedados. Todo lo que veré del paisaje será a través de una pequeña rendija. No sabré quién fue Shakespeare. No heredé la esperanza. Tendré que existir bajo el rescoldo psicópata sexista que atentará contra mi vida si me atrevo a hablar sin ser consultada (ya que todas mis palabras me condenarán a la muerte), no podré leer poesía o hacer volar una cometa. Sabiendo que no alcanzaré a sentir una gota de lluvia escurriendo en mi mejilla descubierta ni escribir que quisiera caminar descalza en el Ganges o en el Nilo, abro mis ojazos negros al mundo, sin una sola lágrima, con el pavor de haber nacido aquí y ahora, gruño como un animal herido. Mi gruñido se escucha desde Kabul hasta Buenos Aires. Luego empiezo a orar, mentalmente, por la pronta llegada del apocalipsis.






