Cada uno de nosotros tiene una cancin

Foto / Marc Chagall, La violinista, 1910.

 

Cuando tenía cuatro años cantaba a voz en cuello: “Gira, il mondo gira \Nello spazio senza fine \Con gli amori appena nati \Con gli amori già finiti\Con la gioia e col dolore della \Gente come me…”; escuchaba a Jimmy Fontana y a otros tantos cantantes italianos famosos en la radio. No sabía del poder de las palabras ni sabía en qué idioma yo jugaba y cantaba, ni en qué idioma hablaba con mis padres y hermanos. No me percataba que eran idiomas distintos, porque no era el mismo idioma que jugaba con los niños del vecindario, pero no importaba. Era el tiempo de la inocencia, los años maravillosos cuando la vida no dolía y las palabras comunicaban sin afectar y sin saber en qué lenguas eran pronunciadas. Además desconocía el alfabeto y el valor de las palabras.

Después vinieron otras canciones en otros idiomas. Otras palabras e historias que no siempre tuvieron un final feliz, porque existen lecciones en la vida que aún no aprendemos, muchas veces es difícil trazar el cauce de las aguas que nos recorren. De muchas formas, caminamos a oscuras por la vida ruidosa. Las palabras, a veces, se amontonan de forma caótica en la mente y no es fácil hacerlas gotear a través de la pluma. Especialmente si la televisión interfiere de forma subliminal. Es como si intentáramos salir de un piélago y cada vez nos hundiéramos más.

Lógicamente, no todo en la vida son formas despavoridas emitidas por la ruidosa televisión. Existen silencios apasionantes acompañados por el zumbido de una abeja bajo el azul luminoso del cielo. Es bueno escuchar el lugar y contemplarse adentro sin alimentar el miedo primigenio que allí yace. Son momentos sublimes en que, si caen palabras, parecen llovizna porque se acomodan en la página ordenadamente, sin caos. Empero, si no hay humedad, hay que tallar las palabras con combo y cincel y dejar que el sol caliente el mate amargo, mientras los ruidos de las calles y de las granadas se funden. Es cierto que el mundo exterior distrae e impide a cada uno encontrar en su interior la clave en sol de una partitura aún no escrita, de la propia melodía.

Fueron muchas canciones desde la cuna hasta ahora. Los momentos sucedieron con las palabras, las canciones de fondo y reflejos de colores que se acumulan en los más íntimos recovecos de la conciencia para armar los recuerdos. Quizás, sea de otra manera.

Sea como fuere, cada uno de nosotros tiene una canción. A veces, cuando estoy sola tomando un jugo de piña, escucho mi canción favorita en mi propia cabeza y la siento tan dulce cuanto la espuma que flota sobre el jugo. Entonces me aíslo del mundo y disfruto por ser y estar.

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Márcia Batista Ramos

Es escritora, filósofa y Cónsul Honoraria de Brasil en Oruro, Bolivia. Autora de más de una decena de libros en diversos géneros, su obra ha sido traducida a 16 lenguas, consolidándola como una figura clave del intercambio cultural iberoamericano. Es columnista internacional en medios de Europa y América, y presidente para Bolivia de la Cámara Internacional de Escritores & Artistas. Distinguida con múltiples Doctorados Honoris Causa, su trabajo combina la creación literaria con una profunda labor de crítica y gestión cultural. A la fecha fue publicada en 38 países.

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