Foto de portada: Marc Chagall, El caballo del circo, 1964.
Príncipe azul
(Mónica Cazón, Argentina)
Es de noche, la tormenta dentro de la casa ha terminado. No quiero moverme y apenas respiro esperando que Julián se duerma, como siempre. Mi cuerpo magullado a golpes es un quejido. Cierro los ojos y lentamente me acerco a besarlo. Todavía sueño que, con el beso de una mujer, los príncipes golpeadores se convierten en sapos.
Desdoblamiento
Angélica Villalba Cárdenas (Colombia)
En la noche puedo volar bajo el techo de la habitación. Con los ojos cerrados, doy círculos mientras las alas se mueven al ritmo de mi corazón. Abajo el monstruo devora la carne, arriba soy libre.
Irresistible
Angélica Santa Olaya (México)
Cuando Laura conoció a Rubén supo que era el hombre con quien debía tener un perro, dos hijitos y una mecedora para arrullar su vejez. Se casaron. Un día, llegó Memo, con su irresistible sonrisa, a pedir posada por unos meses. Era tan divertido verlo pasearse en calzoncillos por la casa contando chistes y haciendo bromas que Laura se olvidó del perro. Por eso ahora, en el fondo, comprendía por qué Rubén había salido por aquella puerta, junto con Memo, dejándola sola, sin marido, sin hijitos y sin mecedora. Desolada, tomó su bolso y se dirigió a la veterinaria.
Bajo tierra
María Elena Lorenzin (Argentina)
A los 70 años soñó que se casaba con su primer novio. A los 60 que se divorciaba. A los 80 dejó de soñar con hombres. Ahora solo sueña con plantas.
Fenómenos
Claudia Sánchez (Argentina)
—No es lo mismo trabajar de fenómeno de circo que trabajar en un circo fenomenal —repetía el payaso al domador, ensayando sus nuevas líneas antes de entrar. El veterano de nariz roja, risa eterna, zapatos rotos, ya no hacía reír a nadie. Su época de esplendor había pasado. Hoy necesitaba a la bailarina como muleta para llamar la atención.
Y ella… ella tampoco era la misma que comenzó luciendo colorido plumaje en la comparsa local, la que se robaba las miradas de los hombres y mujeres que envidiaban su estilo. Hoy necesitaba al payaso ramplón para hacer un número que medianamente justificara su existencia.
Cada uno, por lados opuestos del circo, entró a escena saludando al público y en el instante en que iba a producirse el previsto choque, un niñito del público les gritó “¡Cuidado, que se pueden chocar!” Ambos se detuvieron a observar al niñito que sonreía aliviado.
Dando un paso a la derecha, continuaron la función con una sonrisa real y las esperanzas renovadas.






