Foto portada: William Faulkner
Los días martes tienen un aroma particular. El último martes estuve buscando en la repisa a uno de mis autores preferidos y, sin al menos ser nombrado, saltó Faulkner, a quién nunca leí y me interrogó con la mirada. No me sentí cómoda y desvié mi mirada. Una voz, en mi pensamiento, habló más fuerte que otras y dijo:
—No es un contemporáneo, pero sí un clásico imperdible.
Traté de no hacer caso a la voz que gritaba en mi cabeza. Recordé que mi abuela decía: “quien grita no tiene razón”.
Fui hasta la cocina a preparar un café. La cafetera destiló muy rápido el líquido negro y aromático (que no es petróleo), en seguida su olor inundó todo el espacio, invitando a disfrutarlo a sorbos. Lo serví y olí para percibir todos los olores que contenía la taza. Con una cucharita agité ligeramente la bebida caliente para liberar todos sus aromas. Inhalé el cálido vapor de la taza y percibí trazas de nueces, chocolate y caramelo en el café.
Con la taza entre las dos manos, volví a hurgar la repisa. Miré hacia adelante y me percaté que él seguía ahí, que no se había movido, que me observaba. Entonces, le dije:
—¡Dímelo!
Así, con la mirada enigmática esbozó una sonrisa chueca, más pronunciada hacia el lado derecho, y enseguida dijo:
—Algunas personas son amables solo porque no se atreven a ser de otra forma.
—Disculpa, ¿quieres un café?
—No, gracias. Ya no fumo, ya no bebo, dejé de comer…
—¿Seguramente escupir ya no puedes? —Le dije sonriendo, porque vino a mi memoria el poema de Drummond… Empecé a saborear mi café caliente, poco a poco, descubriendo sus notas y sus matices. Cada sorbo revelaba nuevas características, como su nivel de acidez o tostado. Mientras paladeaba la textura, él decidió aclarar:
—No me refería al café. Me dejaste solo en la habitación y, además, desviaste tu mirada, tratando de ignorarme.
—No todo es cierto, no te dejé solo. La repisa está llena de libros, de los más diversos autores. Si fuera un palco, ya me imagino la bulla con todos actuando al mismo tiempo.
—Los que pueden, actúan; y los que no pueden, y sufren por ello, escriben.
—¡Es cierto! La escritura es una forma sencilla de hacer catarsis y dejar que el sufrimiento, escurra por la pluma… No hace mucho, un amigo escritor comentó algo así sobre su vida. Pero prefiero soñar…
—La sabiduría suprema es tener sueños bastante grandes para no perderlos de vista mientras se persiguen.
—De muchas formas nos enseñaron, desde niños, que los sueños demasiado grandes son inalcanzables… Pienso que trataron de limitarnos para que nunca seamos más grandes que ellos. Pero sueño despierta por muchas horas. Después escribo.
—Lo más triste es que la única cosa que se puede hacer durante ocho horas al día es trabajar.
—¡Verdad! Trabajas porque tienes que hacerlo y el proceso creativo se queda pendiente. Eso contribuye a acortar los sueños —Dije mientras disfrutaba el cuerpo del café, que tenía la consistencia de una crema. Sé que otros lo aprecian más ligero y muy suave. Pero sabemos que dependiendo de la variedad será la textura del café. Faulkner hizo un ademán y contestó:
—No se debe acortar los sueños. Hay una fórmula: para ser grande hace falta un noventa y nueve por ciento de talento, un noventa y nueve por ciento de disciplina y un noventa y nueve por ciento de trabajo.
—No te olvides de la libertad económica.
—El escritor no necesita libertad económica. Todo lo que necesita es un lápiz y un poco de papel. Que yo sepa nunca se ha escrito nada bueno como consecuencia de aceptar dinero regalado.
—La mayoría diría que es difícil y complicada esa fórmula: talento, disciplina y trabajo. Prefieren lo fácil y, de cierto modo, se molestan con el éxito ajeno. A veces, tratan de ignorar al exitoso. Cuando no se ocupan de mentir sobre su trabajo o reputación.
—Sí, sí. Entre escritores, especialmente los de tercer y cuarto escuadrón, existen esas actitudes que se debe dejar pasar con complacencia, pues es señal de que tu brillo los ofusca. Y hay que seguir persiguiendo tu gran sueño, cuanto más grande, mejor. Si me fuera a reencarnar, quisiera volver al mundo como un buitre: nadie lo odia ni lo envidia, ni lo desea ni lo necesita. Jamás lo molestan y nunca está en peligro. Además, le mete el diente a cualquier cosa.
—Entiendo, pero me molesta la mentira.
—Un escritor es intrínsecamente incapaz de decir la verdad; por eso llamamos ficción a lo que escribe. Mejor si tratan de escribir, si quieren resaltar y no de ocuparse de hablar mentiras y destacar sus limitaciones en juegos impropios para ciertos oficios. Pero debes entender que hay lenguas que pueden declamar de forma sublime y otras solo sirven para babear. Hay de todo en la viña del señor…
Después de cada sorbo, es muy interesante como evoluciona el sabor del café en el paladar. El gusto que se queda en la boca y muestra los matices que no se pueden identificar solo con el aroma.
—No importa que yo esté convencida de la unidad del universo: de que somos uno y vibramos en la misma frecuencia. Porque aunque yo no quiera, existen los opuestos y es lógico: siempre existirán las malas personas.
—Si, pero al menos son confiables —Dijo y colocó una pipa apagada en los labios.
Entonces miré fijamente a William Faulkner y le pregunté:
—¿Confiables?
—Sí. Se puede confiar en las malas personas: no cambian jamás.
Me quedé atónita ante su respuesta. Silenciosamente disfruté de la experiencia placentera de tomar café. Pensé en su aroma mágico y su sabor inigualable. Entonces, con la mano derecha, Faulkner alejo la pipa de los labios y en tono solemne dijo:
—El aroma y el sabor son los elementos esenciales para convertir todos los días en una oportunidad para hacer realidad tus sueños. Disfruta de tu café hasta el final porque la vida es un camino sin retorno.






