Retorno demorado
Claudia Sánchez (Argentina)
Mi mamá falleció hace cinco años. En vida nos pidió que, cuando llegara el momento, cremáramos a mi papá, que estaba en nicho hacía quince, y lanzáramos las cenizas de ambos al Río de la Plata. Querían irse por donde bajaron del barco hace más de setenta años.
Yo todavía me niego. Los tengo en casa, juntitos, hasta que reúna coraje. Pero creo que será pronto: los golpecitos sordos en la puerta de mi armario son cada vez más frecuentes.
Ícaro, segundo acto
Daniel Frini (Argentina)
Pasarán veinte siglos hasta que se invente la aviónica. Entonces no quedarán restos para analizar mi accidente. Volé muy alto y, de seguro, desde tierra pareció que me acercaba al sol. Sin embargo, cuando estaba a unos quince estadios de altura y entre las primeras nubes tenues, la formación de hielo en las plumas de las alas las hizo ingobernables, produjo mi entrada en pérdida y, en fin, mi caída. Acá estamos, mis alas y yo, hechos un montón de huesos, correas, carne y plumas. En tierra, no hay vestigios de hielo.
Dobleces
Karla I. Herrera (Honduras)
Ella parecía ingenua e incapaz de incurrir en la menor falta. Cuando hablaba, su lenguaje era torpe y desarticulado. Meses después, al enterarse del delito cometido con su activa participación, supieron que la cándida mujer era más taimada de lo previsible.
Ellos decidieron
Luis Ignacio Muñoz (Colombia)
Nunca el inicio de las cosas tuvo tanto para ofrecer a los humanos, infierno y paraíso al alcance de sus deseos, pero los dioses querían ponerlos a prueba una vez más y decidieron darles a escoger. Ellos, sin pensarlo demasiado, optaron por el infierno.
Mientras duermes
Felicidad Batista (España)
Mientras duermes, al otro lado del mar, camino por las calles de Nueva York. Cruzo el puente de Brooklyn y tarareo una canción de Sinatra. Bordeo el río Hudson y me siento en un banco a contemplar la ciudad.
Mientras duermes, me adentro en Bryant Park hacia la Biblioteca Pública. Desde la Quinta avenida, la luz atraviesa los vidrios del hall y le da un aire a templo. Recorro salas cubiertas de anaqueles que exhiben seductores libros. Mientras duermes, elijo uno al azar. Tiene una carretera solitaria e interminable en la cubierta. Lo abro. Soy incapaz de detenerme en un párrafo, abandonarlo en un capítulo, cerrarlo un instante o para siempre. Porque sé que, mientras duermes y yo lea, caminaré por las calles de tu sueño.






