La guerra de los insectos

El anuncio de renta slo mostraba en color negro los nmeros de celular de Abraham. Haban pasado dos semanas y el departamento en el segundo piso no se rentaba. Sus mtodos poco ortodoxos y a modo de joder obligaban a cualquier persona interesada en el departamento a acercarse casi a unos treinta centmetros del anuncio ante lo pequeo de los nmeros escritos a mano.

-A quien le interese se tiene que bajar, aunque venga en auto -deca.

Haba cumplido otras tareas que no le permitan arreglar el departamento, hasta que un sbado decidi averiguar las condiciones en que lo haba dejado Magda, la inquilina que se mud al departamento junto al pozo de su pequea hacienda. Haba llegado hace un ao de Venezuela, divorciada, y ahora trabajaba para una cmara de comercio y servicios del estado. Lady Mar hermana de Magda, viva en uno de los departamentos de la hacienda. Magda insisti muchas ocasiones a Abraham de pasarse junto a su hermana, l no saba el motivo. Al igual que Magda, Lady Mar era divorciada y viva con su hija de diez aos. Ese sbado por la maana amaneci nublado, como si avisara que la lluvia vendra a limpiar el calor de la tarde sin dejar ese bochorno espantoso que slo las orqudeas toleran. Haba un par de stas secas en la entrada al departamento. Abraham decidi arrancarlas mientras contemplaba desde la ventana una enorme mancha caf que se mova en el muro de la cocina.

La luz, pens. No haba entrado en casi tres aos, pues antes de que Magda llegara, un inquilino anterior la recomend para vivir ah en lugar suyo. Ante el repentino cambio, no logr percibir las condiciones del lugar. Al abrir la puerta del departamento para ver el escenario en el que estaba, la mancha desapareci y una brisa caliente, como vaho qumico, sacudi a Abraham. Reconoci el olor intenso del veneno. Recorri el pasillo que llevaba a la sala y a la chimenea. Encendi todas las luces, pues el departamento, a pesar de estar en el segundo, piso tena slo dos ventanas. Vislumbr entre las paredes un par de moscas embarradas y nidos de araas en las esquinas. Fue al bao y a la cocina pero no encontr algo que le hiciera sospechar del olor, slo una cucaracha. No le dio la importancia suficiente al olor del qumico cuando vea los detalles que por el uso le aperciban: el piso necesitaba barniz, las paredes, pintura; las llaves de agua requeran ser apretadas y el par de ventanas, limpieza.

-Nada grave -se dijo.

Sac su celular y escribi atentamente todo lo que necesitaba reparar para poder rentarlo. Sali deprisa para realizar un par de compras en la ferretera. Abraham dejaba las llaves de su casa en la isla de adobe (tipo desayunador) que divida la sala de la cocina, baj por las escaleras, abri el zagun de la hacienda, cruz la call y se meti a su auto color rojo cereza.

Eran las siete de la noche cuando lleg a su casa. Su esposa, Mnica, sali a recibirlo y ayudarle a bajar las compras.

-Tardaste, ya es noche.

-Tuve que comprar pintura de la fina. Si la mezclo con la barata no se pega al muro y se escurre. Hasta en las pinturas hay razas.

Abraham y Mnica entraron a la casa. Daba por detrs de la hacienda. Haba msica de Chopin. Ella estudi en el conservatorio, era soprano, y siempre que poda le peda a su esposo llevarla a la pera para ver a sus amigos actuar. No haba necesidad de que ella trabajara pues las rentas en la hacienda les dejaba lo suficiente para vivir con comodidad. Mnica practicaba por las tardes bajo una jacaranda. Se sentaba a pintar los atardeceres mientras cantaba alguna pera. Momentos despus de entrar se sentaron a leer en la sala. Abraham con caf y un cigarrillo.

-No me gusta fumar sin tener algo que beber, sobre todo cuando se percibe la lluvia a lo lejos. Qu tal tu da, amor?

-Hoy pint un atardecer que no me gust. Parece que todo se haba apretado, las nubes no dejaban que la luz entrara a la tierra.

-Los atardeceres son caprichosos, amor.

-Lo caprichos puedo entenderlos, pero no a las nubes. No hay forma en la que el agua deje de fluir, incluso en el cielo.

-Cerraste con llave la entrada, verdad?

-S. Y tus llaves?

-Deb dejarlas en el departamento. Ir por ellas.

-No tardes, quiero dormir temprano.

-S, amor.

De nuevo en la oscuridad de la calle, y con las llaves de Mnica, se encamin a la hacienda. Al cerrar la puerta escuch msica. Le extra, pues desde afuera se hubiera podido or incluso el murmullo de sus inquilinos, pero no fue as: la msica vena del departamento vaco, el mismo que haba dejado por la maana. Desde donde l estaba se poda ver humo de cigarro saliendo de entre el filo de sus dos ventanas, la chimenea sacaba humo negro, y muchas voces, demasiadas, tantas que no permitan diferenciar entre hombres y mujeres. Enojado fue en busca de Magda. Nadie le abri la puerta. Pareca que ese sbado nadie estaba en la hacienda.

Por un momento, y desde la puerta de Magda, se preguntaba cmo es que haba una fiesta. Probablemente invit a varios amigos al departamento y por ello no le abra. Con la molestia, mostrada en el ceo fruncido de su amplia frente, la hija de Lady Mar lo vea por la ventana del otro departamento. Abraham la salud agitando su mano pero sin respuesta la nia jal la cortina parpadeando muy lentamente.

Cada vez que se acercaba ms a la entrada del departamento por las escaleras, el ruido de la fiesta se agudizaba. Era un karaoke. La voz de alguien grit:

-Ah viene!

Abraham abri la puerta y prendi las luces. El humo del cigarro, el olor a fiesta y pantano ocultaba a quienes estaban esperndolo en el departamento. En la isla de adobe sus llaves y en el muro de la cocina la mancha color caf que se mova.

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Uziel Vega Libreros

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