Little Boy & Fat Man

Un día nunca es igual a otro día. Cuando amanece, las personas despiertan dispuestas a realizar las actividades que les corresponde según la normalidad que están viviendo: si son tiempos de pandemia, tiempos de guerra o de lo que sea.

El 6 de agosto de 1945 la población de Hiroshima estaba consciente de que su país se encontraba en guerra. Y despertó dispuesta a desempeñar sus actividades como en cualquier día de esos tiempos. Porque sabían que los soldados van a la guerra mientras la población civil reza para que regresen a casa.

El presidente de los Estados Unidos, Harry S. Truman, ordenó soltar la nueva bomba sobre la población civil. La bomba recién probada era el arma nuclear “Little Boy”, que destruiría Hiroshima, y “Fat Man” era el nombre de la que destruiría Nagasaki. Eran bombas desgraciadamente potentes. Era el arma que garantizaba la rendición del Imperio del Japón a costa de 246,000 vidas inocentes.

La población civil nunca sabe cuándo sus derechos serán vulnerados ni cuántas generaciones serán afectadas por las miserias que les serán impuestas. Precisamente, en Hiroshima y Nagasaki en los días 6 y el 9 de agosto de 1945, respectivamente, parte de la población civil murió por envenenamiento, incineración y radiación. Según estudios científicos, los sobrevivientes, sufrieron una “redistribución cromosomatica” y se volvieron portadores de un gen que los hizo propensos al cáncer, lo cual afectó a sus descendientes. Los efectos secundarios de la radiación permanecieron por años y aún están presentes.

Las ciudades de Hiroshima y Nagasaki fueron completamente destruidas. El medio ambiente también fue afectado: el agua, aire y tierra se contaminaron con secuelas radioactivas, enfermando por décadas a quienes bebían o se alimentaban con productos de la zona.

En un instante, Harry S. Truman acabó con la vida de tantos civiles y jamás fue procesado por crímenes de lesa humanidad. “Little Boy” fue lanzada desde el bombardero estadounidense Boeing B-29 Superfortress, con nombre de mujer, llamado “Enola Gay”, nombre de la madre de su piloto, el coronel Paul Tibbets.

Días infames, decisiones perversas. Malignos designios del hombre sobre el hombre… No sé qué pasa con la humanidad. Solo sé que es agosto. Pienso que los vientos traen los recuerdos, tristemente, inolvidables. También me acuerdo del inmortal poeta brasileño Vinicius de Moraes que escribió:

 

La rosa de Hiroshima

Piensen en las criaturas

Mudas telepáticas

Piensen en las niñas

Ciegas inexactas

Piensen en las mujeres

Rotas alteradas

 

Piensen en las heridas

Como rosas cálidas

Pero ¡oh! no se olviden

De la rosa de la rosa

De la rosa de Hiroshima

La rosa hereditaria

La rosa radioactiva

Estúpida e inválida

La rosa con cirrosis

La anti-rosa atómica

Sin color sin perfume

Sin rosa sin nada.

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Márcia Batista Ramos

Es escritora, filósofa y Cónsul Honoraria de Brasil en Oruro, Bolivia. Autora de más de una decena de libros en diversos géneros, su obra ha sido traducida a 16 lenguas, consolidándola como una figura clave del intercambio cultural iberoamericano. Es columnista internacional en medios de Europa y América, y presidente para Bolivia de la Cámara Internacional de Escritores & Artistas. Distinguida con múltiples Doctorados Honoris Causa, su trabajo combina la creación literaria con una profunda labor de crítica y gestión cultural. A la fecha fue publicada en 38 países.

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