Todo desde aqu parece una cloaca. No son ni las nueve y ya puedo respirar la mancha asquerosa de humo que pulula en el aire. Frente a m se despliega esa sucia bandera de dos o tres franjas que muestra el reflejo de la luz del sol. Me llama la atencin la de enmedio: gris como mi vida. Todo desde aqu se mira en ese tono.
Los autos avanzan con su montona lentitud como tortugas dispuestas a iniciar la maana. Imagino las caras de sus ocupantes: duras, dispersas, ausentes como zombis. Desde esta altura todos se miran igual. No distingo los colores. Acaso es el resplandor matutino que deslumbra la vista.
Los peatones circulan a toda prisa tratando de evadir obstculos, evitando mirar a quienes se topan de frente; se mueven como manadas salvajes que huyen de su predador; es imposible, l los espera en el trabajo, la escuela o la oficina. Su fugaz huida slo los encamina hacia su verdugo.
Ayer mismo segua un ritmo similar. Caminar, caminar, caminar. Correr, correr, correr. Apurar el paso. Doblar la esquina. Hacer la parada al autobs. Tratar de entrar en ese espacio reducido a codazos. Toparme con la axila, el abdomen, la nalga de alguien ms. Entrar en esa vorgine de sabores y olores que despiertan el asco, el estmago revuelto, los jugos gstricos en la vula.
Observo a la derecha y logro contemplar, a la lejana, el Cebetis donde estudia Ana. Si me estiro bien podra mirarlo mejor. Pero no. No quiero caer. Todava no. La fronda de los pirules interrumpe el panorama. Imagino a los presos de ese lugar: uniformados, cabizbajos, esperando rdenes, mirando a la izquierda si eso se les pide, deambulando por los pasillos para no pisar el csped, esperando en los asientos el turno que no llegar.
Ojal pudiera estar ah de nuevo contigo como hace aos. Abrazando tu cuerpo clido, ocultndonos detrs del tronco de los rboles, como pequeas ardillas encaramadas en las ramas, infantiles y juguetonas. No ests ms. Caminas junto a otros pasos. Aprisa, bajo la lluvia, por las maanas y las tardes. No soy ms yo
Acomodo las nalgas en la baranda. Me duelen un poco. Me digo otra vez, no me voy a mover de aqu, todava no. Mis zapatos lucen gigantes al lado de los transentes que ahora levantan la vista para observarme Qu les llamar la atencin? No pueden distinguir las suelas lisas, las costuras a punto de romperse, las agujetas sucias. No logran mirar dentro del pecho todo lo que contiene hecho aicos. No consiguen sentir la tormenta de ideas que gira en mi cabeza. No entienden su propia existencia, cmo van a comprender la ma?
Quisiera gritarles que no les interesa; que yo hago con mi vida lo que me da la gana, libre albedro me dijeron en la escuela.
Libre albedro? Yo no escog el trabajo que tengo. Era lo nico que haba. No busqu dormir con Aurora. Me agarr borracho en la graduacin y no pude hacer ms. No elijo comer mal, dormir poco, trabajar mucho, coger de vez en cuando; rer?, nunca. Prefiero estar aqu, todava. Aunque todos me sealen y llamen al polica de la esquina; aunque traten de escudriarme desde el piso y apunten con el dedo para intentar precisar lo que sucede.
Ya se me durmieron las nalgas. Ser necesario ponerme de pie, subirme a la baranda, extender las piernas, mover la anatoma. Las manos al vuelo, extendidas. El aire se mete debajo de la camisa, me acaricia las costillas; siento las manos de Ana aferrarse a mi piel, a mis huesos, a las entraas. Adelante, atrs, balanceo. Uno, dos, tres. Alzar el vuelo?
Percibo los pasos que la acercan. Casi puedo escuchar sus palabras:
Esteban! Qu chingados haces ah? Aqu est la corbata. Aprate o no llegars al trabajo! Hace falta leche, paales
Sujeto la baranda?
Asomo una sonrisa y finjo ser feliz.





