Sbado a travs de la ventana

Quisiera electrizar mis ojos y sacudirles su inercia doméstica.[i]

Alejandra Pizarnik

 

Miro por la ventana el sábado nublado. Pongo atención al canto de los pájaros, viene a mi mente la pureza de todo lo que no es humano. Hace tiempo que ya nos dijeron que “solo Enoc, Abel, Job, Daniel y Melquisedec son puros” y les creímos. Empero, no recuerdo si nos dijeron por qué. El aprendizaje llega a borbotones de dentro hacia fuera, alimentado por los conocimientos e instrucciones que recibimos de afuera, se procesa adentro y lo expresamos hacia afuera, dicen que es un crecimiento personal, pleno de luces y de sombras.

El viento es la circulación del aire de un lugar a otro, con más o menos fuerza, pero hoy, particularmente, está circulando con más fuerza, haciendo que las ramas de los árboles se zarandeen como si alguien tocara una canción con frenesí y los obligara a bailar a su ritmo.

Alejandra está botada en el sillón con los ojos muy abiertos, mirando fijamente arriba para ver si el techo se le cae encima… Sin dejar de mirar hacia fuera, le digo:

—Es un sábado con mucho viento —escucho su voz que viene de más atrás respondiendo:

—“(…) es un sábado verde molido \ en la nada \ es un sábado deshecho en la vertiente del vacío.”

Como siempre, me desconcierta su actitud y en un intento (vano) de hacer una apología a la cordura, para tal vez rescatarla sin ni siquiera tomar en cuenta lo mucho que estoy perdida, simplemente desahogo la sensación que ella me causa con su ánimo siempre hecho añicos:

—¿Otra vez estás triste? ¿Por qué siempre estás triste? Parece que el cansancio vital nació contigo y se encariñó, terminando por anidarse entre tu pelo corto. Todos tenemos decepciones, dificultades y esas cosas que llamas fracaso. Pero nadie reniega tanto de la vida como para no intentar una vez más. Nadie se encuentra con el nihilismo de la existencia, a cualquier hora del día, con la misma facilidad con que lo haces tú. Y si por acaso alguien encuentra a la nada, no se entrega como tú lo haces, con tanta desenvoltura, sin misericordia de todos los que te queremos y nos agarramos a tu mano (fría, débil, temblorosa), que siempre está transpirando y no quiere sujetarnos. Parece que estás en un túnel negro de desesperanza. Ven a la ventana a ver el viento y escuchar a los pájaros. Intenta algo distinto, hoy por lo menos, hoy.

—“¡Me rebelo! Contemplo mi habitación y me rebelo y tengo miedo. ¡Miedo de mí! ¡Miedo de mí! Me hablo suavemente. Siento que la vida (¡mi vida, óyelo, mi vida!) se va.” —Contesta impunemente.

—¡Ah!, Alejandra. ¿A dónde se va tu vida? Hace tanto viento afuera… Dime: ¿Cuál el enigma que se oculta detrás del sufrimiento? Yo también sé sufrir… Cualquiera lo hace. No entiendo tu esmero en esa lección que aprendiste antes del verbo. Podríamos abrigarnos y salir a la galería para hacer burbujas de jabón. Y sonreír mirando a la luz que viaja en la burbuja de jabón. Y por un momento nos olvidaríamos de lo fea que es la vida y de la inmundicia del mundo. Tu mirada viajaría con la burbuja de jabón. Dejarías de mirar al techo.

—“Mi roñosa sensibilidad respira rostros repugnantes y calcula las posibilidades de no soledad que obtendrá por ellos. ¡Caer! ¡Estoy cayendo! Mientras me río, no sé por qué, me siento impura. Cuando lloro, no sé por qué, me siento yo y me purifico. ¡Cómo sufro! Mi alma es un trozo amorfo, blanquecino y lloroso…”

—Percibo tu dolor, ajeno al fracaso de una aspiración a la felicidad. Es un dolor que atesoras mezquinamente, no lo sueltas, no lo compartes… Pues, temes que alguien lo haga suyo, más que tuyo. Y la muerte no es una respuesta verdadera, porque tú, mejor que nadie, detentas el dolor inconsolable de saberte eterna.

—“¡No! ¡Mentiras! ¡Mentiras!”

—¿Ves Alejandra? Hacemos esfuerzos de ordenes distintos.

—“Quebrada en el diván, asisto inquieta y divertida a la ilógica ansiedad que salta dentro de mí. El temor al futuro me previene sigiloso: ¿qué será de mí? El presente truhán y bohemio no admite amonestaciones verdosas y macilentas. Los anhelos vierten su sed infinita en mi cáustica, desconcertada interioridad.”

—Yo sé que tu dolor es auténticamente humano. Y siempre se hará presente en todos aquellos que saben que no existe redención. Por eso yo prefiero a Dios, como un amparo para endulzar la hiel de la realdad. Especialmente, cuando me siento solitaria entre las masas de conversaciones. Con todo, yo quisiera encontrarte bien, Alejandra; quisiera dar la vuelta y verte con la intensidad de lo que asciende. Yo sé que tienes el esplendor de lo que permanece incandescente, mismo a contraluz. Pero, prefiero mirar el sábado a través de la ventana y hablarte, así de espaldas hacia ti. Porque tu seguirás mirando al techo… ¿Sabes? Si yo no supiera del miedo que te habita, yo me sentiría mejor, Alejandra.

 

 

[i] https://libroschorcha.files.wordpress.com/2018/01/diarios-alejandra-pizarnik.pdf

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Márcia Batista Ramos

Es escritora, filósofa y Cónsul Honoraria de Brasil en Oruro, Bolivia. Autora de más de una decena de libros en diversos géneros, su obra ha sido traducida a 16 lenguas, consolidándola como una figura clave del intercambio cultural iberoamericano. Es columnista internacional en medios de Europa y América, y presidente para Bolivia de la Cámara Internacional de Escritores & Artistas. Distinguida con múltiples Doctorados Honoris Causa, su trabajo combina la creación literaria con una profunda labor de crítica y gestión cultural. A la fecha fue publicada en 38 países.

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