Un ramo de gardenias blancas

La muerte puede ser un ramo de gardenias blancas desbordando su dulce aroma sobre nuestros contados días o un terror que crece hasta devorarlo todo. La muerte se cierne sobre cada uno de nosotros de forma ineludible. Cada hombre tiene su propia visión de la vida y su inevitable meta. Científicos, filósofos, sabios y escritores han escrito durante siglos buscando respuestas que clarifiquen lo que hay en el proceso de la existencia y el más allá.

Grandes obras a lo largo de los siglos han narrado la tragedia de la vida, pero aún más sobre el cataclismo de la muerte y el misterio que conlleva. El Memento mori es revelado para algunos a través de la muerte de los seres cercanos. Por ejemplo, en Beber un cáliz, del escritor mexicano Ricardo Garibay, observamos un libro de dolor tajante frente a la muerte del padre. Beber un cáliz nos remite al concepto bíblico del dolor y agonía de Cristo; aquí es inevitable la copa de sufrimiento que el padre de Ricardo Garibay toma al lado de su familia, que lo ve de forma desoladora, agonizar tras la batalla perdida contra el cáncer. La crónica poética del autor discurre sobre el cuerpo, la religión, la muerte, la vida, pero ante todo al sufrimiento. Las horas pesan como una robusta losa que terminará por aplastar a todos ante el último suspiro del padre. Oraciones, sentimientos, palabras de aliento, estertores forman parte de esta narración que nos permite conocer parte de la vida familiar y del progenitor en el lecho de muerte. La narrativa es en algunas partes tan abrumadora que nos hace lamentar y preguntarnos ¿Qué hacemos con nuestra vida antes de llegar al último aliento? Garibay escribe desde su experiencia personal y desgarradora. Intenta de forma infructuosa hallar un equilibrio entre sentimientos e intelecto:

Le pregunté:

—¿Sufres?

Me movió a preguntar tamaña estupidez ese sopor de ausencia que parece flotar, pero más, una curiosidad literaria y vengativa. Me arrepiento de haberlo hecho: ya me arrepentía cuando insistí:

—¿Sufres?

Esperaba no sé qué respuestas espectaculares. Quería oír secretos, saber qué pasa por la memoria y la imaginación de los agonizantes, me urgía recibir confidencias misteriosas, descubrir francamente los veneros de la tristeza, la tristeza de mi padre. Un escritorzuelo dentro de mí no me ha olvidado ni un instante este tiempo. Me sentí ladrón. Me comía el remordimiento anticipado y la impaciencia: tal vez no me había oído, alguien podría entrar, no debía escapárseme la oportunidad. Seguramente detrás de mi actitud había buenos propósitos, no todo tenía que ser falaz en mí, pero aunque así fuera, sus respuestas serían útiles, yo las escribiría, y ¿quién se atrevería a asegurar que más tarde, al recordar, al escribir, mi dolor no sería verdadero? (Garibay,43)

Pero los sentimientos, caen sobre el lector como  una avalancha, se fermentan con la charla del sacerdote, con la irreverente necesidad de pedir la bendición del padre o plantear la insensata pregunta de ¿Sufres?, con la respuesta en los inmensos ojos anegados, lagañosos, Sí. El cáncer entra a nosotros a través de las palabras y sus silencios.

“Mi padre, que está aquí muriéndose desde hace cinco meses, agonizando desde hace diez y ocho días, diez y ocho noches. La pieza huele a carne y vísceras que se corrompen, a la dulzura picosa que anuncia a la lentitud de la muerte.

Así está mi padre. Así estamos. No trabajamos, no vamos y venimos, no vemos gentes, nuestros negocios están suspendidos. Pasamos las horas y las noches disparándonos hacia la pieza porque: «¡Ya, se muere, se muere, ya…!», y regresando a caminar por el resto de la casa, a mirarnos, áridos, sin palabras, a recostarnos, a tomar café, a esperar de nuevo.” (Garibay, 20)

Garibay no culmina con la muerte del padre que acontece el 9 de junio de 1962, nos narra su cumpleaños número cuarenta (18 de enero de 1963) con la ausencia dolorosa y, en las últimas páginas, describe de forma breve la muerte de la madre, el 15 de junio de 1963, tras un infarto. En Beber un cáliz, más allá de un relato sobre la pérdida, dolor y muerte hay poesía, una belleza tácita sobre el final de la vida.

¿Cómo se narra la muerte humana? ¿Cómo descubrimos la vida a través de la muerte del padre o de la madre?

Uno de los libros que nos llevan a descubrir respuestas a estas incógnitas es La invención de la soledad, de Paul Auster. Aunque la historia parece simple con sus dos partes “Retrato de un hombre invisible” y “El libro de la memoria”, nos lleva por un viaje de relación paterna y la vida misma. La primera parte se centra sobre la enigmática figura paternal que siempre se muestra distante y ausente. Auster explora todas las aristas de esa relación y escarba la historia familiar hasta llegar a un remoto asesinato que parece ser el origen del carácter frío del padre. Desde el inicio se plantea la escritura como un medio de rescatar la memoria del padre muerto:

Recibí la noticia de la muerte de mi padre hace tres semanas. Fue un domingo por la mañana mientras yo le preparaba el desayuno a Daniel, mi hijito. […] Entonces sonó el teléfono y supe en el acto que habría problemas. Nadie llama un domingo a las ocho de la mañana si no es para dar una noticia que no puede esperar, y una noticia que no puede esperar es siempre una mala noticia. No se me ocurrió un solo pensamiento noble.

Incluso antes de hacer las maletas para emprender las tres horas de viaje hacia Nueva Jersey, supe que tendría que escribir sobre mi padre. […] la idea estaba allí, como una certeza, una obligación que comenzó a imponerse a sí misma en el preciso instante en que recibí la noticia de su muerte. Pensé: mi padre ya no está, y si no hago algo de prisa, su vida entera se desvanecerá con él. (Auster, 2)

En este libro la muerte es un pretexto para resarcir la figura paternal y mientras el autor escribe sobre su padre, hay una consciencia que crece y se enriquece ante los recuerdos. Las palabras son puentes que van a emociones profundas. Aquel hombre invisible que sólo es tangible por los objetos dejados después de su muerte va transformándose, siendo más real tras la reconstrucción de los hechos y la memoria. Para el autor ya es imposible abandonar el proyecto de escritura:

Ha habido una herida y ahora me doy cuenta de que es muy profunda. Y el acto de escribir, en lugar de cicatrizarla como yo creía que haría, ha mantenido esta herida abierta. En ocasiones he sentido su dolor concentrado en mi mano derecha, como si sufriera un desgarramiento cada vez que levanto la pluma y la presiono contra el papel. En lugar de enterrar a mi padre, estas palabras lo han mantenido vivo, tal vez mucho más que antes. No sólo lo veo como fue, sino como es, como será; y todos los días está aquí, invadiendo mis pensamientos, metiéndose en mí a hurtadillas y de improviso. Bajo tierra, en su ataúd, su cuerpo sigue intacto y sus uñas y su pelo continúan creciendo. Tengo la sensación de que para comprender algo debo penetrar en esa imagen de oscuridad, de que debo entrar en la absoluta oscuridad de la tierra. (Auster, 19)

La segunda parte “El Libro de la Memoria” consiste en la reconstrucción del legado familiar a través de narraciones y detalles sin aparente relación que van permitiendo tejer la identidad del personaje principal llamado A. la relación de él con su hijo pequeño forma una parte esencial, así como la necesidad y el desafío de la escritura. Igual que Beber un cáliz de Ricardo Garibay, el acto de escribir sobre la vida del padre se transforma en la propia razón de existir y en la insistente necesidad de buscar las palabras exactas para señalar las emociones más allá de la pérdida.

Marco Tulio Cicerón afirmó “La vida de los muertos está en la memoria de los vivos.” y Tatiana Țîbuleac lleva esta idea a un nivel superior con sus palabras en El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes. La novela plantea la compleja relación de odio-amor entre una madre y su hijo, que tiene una enfermedad psiquiátrica. El verano que pasan juntos en un pueblo francés fuera de su hogar natal les permite reconciliarse e iniciar una nueva forma de vincularse frente a la muerte próxima de la madre. Aleksy, debido a su enfermedad, vive ensimismado, sin embargo gracias a un medicamento y la actitud de la madre logran disipar el dolor de la infancia, la ausencia del padre y la muerte de su hermana menor, Mika. Los protagonistas pasan de unas simples vacaciones a un verano que nunca olvidarán. La obra de Țîbuleac nos dibuja una figura materna compleja, una mujer que lucha por reponerse de la muerte de su hija, incapaz de entablar relación afectiva con su hijo. La cercana muerte de la madre permite a Aleksy crecer mentalmente y desarrollar habilidades para su propia subsistencia. Sólo a partir del conocimiento de la mortal enfermedad el protagonista logra la empatía, reconciliación y comunicación necesaria. En este libro enfermedad y muerte están latentes para mostrarnos que la vida está compuesta de detalles pequeños que nos vigorizan como seres humanos.

Mi madre me llevó al campo de girasoles para anunciarme que se estaba muriendo. «Tengo cáncer, Aleksy, una cáncer maligno y rabioso», me dijo y el día empezó a coagularse en ese mismo segundo.

Su sonrisa de tallos rotos.

El verde escurrido de sus ojos.

Su blanco de nimbo herido.  (Țîbuleac, 87)

Un Aleksy adulto y pintor nos narra el verano en que murió su madre y cambió la vida; sólo escribe por indicaciones de su psiquiatra. La pintura que inicialmente es una terapia se transforma poco a poco de una vía para desahogarse a una forma de vida que lo vuelve rico y famoso. Mientras Aleksy se agrandan, la madre se hace pequeña para entrar al reino de la muerte; como una ley imperante: los hijos sobreviven. La narración de El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, al igual que en los libros de Ricardo Garibay y Paul Auster permite a los protagonistas apaciguar el dolor, reconectar con el sentido de la vida, además de otorgarles la capacidad de seguir adelante y a nosotros, lectores ávidos de historias únicas, nos regalan la reflexión.

El día que murió mi madre nos sentíamos como dos ladrones que hubieran robado un banco. Estábamos a mediados de septiembre y ella seguía viva. Por la mañana me dijo que quería pan de Odille y un milhojas, y yo me monté contento en la bicicleta y fui a la panadería, donde compré tres bolsas de todo. Salimos a almorzar al jardín, pero mi madre quiso instalarse en la hamaca. Era tan ligera que no se desplegó y quedó enrollada en torno a ella en forma de barca.

Comimos manzanas que yo cogí de una rama seca y froté la manga nos sorprendía que aquella rama muerta hubiera dado fruto. Nos sorprendían también los colores, el aire y el hecho de que estuviera viva. […] 

Pasamos casi todo el día hablando sin parar, comiendo nueces y manzanas, pero sin decir lo esencial. Me separé de mi madre sin que ella supiera que la había perdonado. Por la tarde se levantó el viento y fui a casa a buscar una manta; cuando volví mi madre se balanceaba muerta en la hamaca como una crisálida con un brote de mariposa. (Țîbuleac, 239-240)

Cuando nos toca reconocer nuestra propia finitud o cuando fallece un ser amado o próximo nos cuestionamos cómo hemos administrado nuestra vida, planteamos preguntas acerca de la existencia, observamos el paso de vida y aceptamos la soledad humana en las diferentes etapas, nos preguntamos ¿Qué es lo transcendental?

La extrañeza, la enfermedad, el dolor, la vejez y la muerte son parte de la vida; los contratiempos también vienen incluidos. En una época donde lo vacío y superficial predomina, donde el culto al cuerpo, la juventud, la belleza avasallan, donde se deshumaniza la enfermedad, la muerte, debemos de poner atención y crítica. Debemos entender que las debilidades y padecimientos son parte esencial de nuestra naturaleza y no por eso dejamos de ser menos humanos. Aprender de la enfermedad, sufrimiento y muerte nos hace individuos más conscientes y originales. Aunque la voz de nuestros padres se apague, nuestra voz sobreviviente se abre paso como el dulce olor de un ramo de gardenias.

Obra referenciada

Garibay Ricardo. Beber un cáliz. 1965. epublibre. Editor IbnKhaldun.

Auster Paul. La invención de la soledad. 1990. Edhasa. Barcelona.

Țîbuleac Tatiana. El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes. 2019. España

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Fabiola Morales Gasca

Fabiola Morales Gasca Licenciada en Informtica por el Instituto Tecnolgico de Puebla. Egresada de talleres literarios en la Casa del Escritor y la Escuela de Escritores. Termin el Diplomado en Creacin Literaria en la SOGEM-IMACP de Puebla. Maestra en Literatura Aplicada por la Universidad Iberoamericana. Autora de los poemarios Para tardes de Lluvia y de Nostalgia 2014 y Crnicas sobre Mar, Tierra y Aire 2016 Editorial BUAP. Libros infantiles Frasquito de cuentos y Confeti 2017, BUAP y Libro de minificciones El mar a travs del caracol Editorial El puente 2017. El nio que le encantaban los colores y no le gustaban las letras 2018. Lucirnagas 2020. Participante de varias antologas en Espaa, Paraguay, Chile, Colombia y Mxico. Lectora voraz y escritora incansable.

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