Abrió con urgencia la caja de regalo que le extendió su nueva esposa. Sintió subir el bit de su corazón. Era semejante a una power ballad apoderándose de su cuerpo. No experimentaba algo así desde hacía mucho tiempo, desde su adolescencia.
¿Qué encontraría bajo esa montaña de papeles? Un chispazo llegó a su cerebro. Sí, debía ser algo muy bueno, presintió antes de desgarrar el envoltorio final. Al ver el objeto desnudo, se sintió desfallecer…
Estaba en el segundo año de la escuela secundaria. Por aquella época, Claudio tenía los mismos sueños de todos sus amigos: pertenecer a una banda de rock. Aunque por aquella época en las fiestas sonaba la música de discoteque, se armaban los grupos de niños rebeldes, los outsiders de la escuela a quienes les gustaban los grupos de rock como Led Zeppelin, Queen, Boston y los recién desempacados en México: la Policía o The Police. Acababa de salir su álbum Zenyatta Mondatta y en la radio se escuchaba Don´t stand so close to me y De Do Do Do, De Da Da Da.
A Claudio le volaba la cabeza escuchar a esa banda. No podría explicar con exactitud qué sentía cuando sus notas llenaban el ambiente. Los coros sonaban parecido a ir manejando la bicicleta por un camino a veces recto y a veces curvo y en un instante, ver el camino dividirse en varios senderos paralelos y no saber por donde dirigir la bicicleta, hasta notar a la bici yendo por todos los caminos al mismo tiempo. Era una incomodidad deliciosa en su cerebro.
Uno de sus amigos se enteró por casualidad de que el trío vendría a la ciudad de México. Ni en sueños podrían ir a verlos. Ni siquiera sabían en dónde se venderían los boletos, sólo estaban enterados del lugar: El Hotel de México.
Los cuatro amigos se escaparon ese quince de noviembre por la noche y recorrieron las inmediaciones del lugar. Claudio llevaba su L.P. pensando con inocencia en toparse con la agrupación para la firma del disco. No ocurrió. Con sólo trece años, lo único que obtuvo el chico esa noche, fue una regañiza marca diablo de sus padres y un castigo de meses por haberse salido y no volver a su casa hasta altas horas de la noche.
Nuevas calificaciones en las aulas, amigos se van y amigos llegan. Long Play’s adicionales en los estantes e instrumentos musicales en las paredes. Ensayos los sábados por las tardes y tareas de álgebra para recordar.
Claudio terminó su primer año de preparatoria con calificaciones de excelencia y sus padres lo premiaron enviándolo de vacaciones con sus primos a Chicago. Él hubiera preferido seguir practicando nuevas canciones con sus amigos, aunque la posibilidad de ir con los primos y divertirse en un entorno diferente le hacían cosquillas, por lo tanto, decidió no perderse la experiencia.
Estando en Chicago, se enteró que su banda preferida, los de “La Policía” ofrecerían un concierto. Aunque sus padres le habían dado una suma justa para el viaje, se gastó casi todo el dinero en el boleto y en el más reciente L.P. del grupo. Ya vería la forma de resolverlo después. ¡No podría perderse ese evento! Ese día sus cuatro primos lo acompañarían.
Él lo sabía. Los de La Policía estaban en su camino. Por algo su cumpleaños era el mismo día que el de Andy Summers; el dieciséis de julio.
El ambiente, las luces, la gente, la música. Los sentidos de Claudio estaban borrachos de estímulos. Salió hipnotizado del show. Llegaron al auto y la oleada de un instinto lo abofeteó. Había dejado en la cajuela el nuevo L.P., Sychronicity. Lo tomó y salió disparado de regreso al recinto. Los primos lo siguieron, pero se les perdió. El muchacho corría sin un destino predeterminado y como si algo oculto lo guiara, entró por unos pasillos oscuros hasta dar con unas puertas en el estadio Comiskey Park. En ese justo momento, Sting, Copeland y Summers salían acompañados de una muchedumbre. Claudio pasó entre la gente asemejando un torrente de agua entre rocas. Cuando se dio cuenta, estaba en frente de sus ídolos. Les extendió el vinilo y un plumín. La gente se apartó. “To Claudio”, escribió Sting y cada uno de los músicos fue firmando el disco. Se alejaron entre el gentío y subieron a unas camionetas. Claudio permaneció paralizado con el vinilo en la mano.
Estaba desorientado, no recordaba el paradero del auto. Con el “doce pulgadas” bajo el brazo, se abrió paso entre grupos de muchachos que pasaban junto a él. Sin explicarse la razón, sentía miradas intimidantes. Algunas de ellas se dirigían al L.P. Claudio lo apretó contra sí. Sintió un crujido. Abrió los ojos grandes y después… un suspiro. El álbum no estaba roto, los anteojos en su bolsillo habían chocado con su reloj. El artefacto estaba a salvo. Él estaba perdido.
Después de una hora de angustia con la seguridad de que todas las miradas se dirigían a su preciada joya, logró dar con el auto. Vio a dos de sus primos junto al vehículo. Se movían de forma nerviosa de un lado al otro. En cuanto lo vieron, se “dejaron ir” con toda clase de reclamos. Uno de los primos fue a buscar a los otros dos.
Cuando todos estaban reunidos, Claudio les mostró su tesoro. Uno de los primos le arrebató el vinilo. El chico intentó recuperar su álbum. Los primos comenzaron a cambiarlo de manos. El chaval montó en pánico. ¡Lo iban a romper! Cuando le devolvieron el vinilo. Claudio estaba casi llorando.
Las vacaciones llegaron a su fin. En la Ciudad de México o Distrito Federal en ese tiempo, al pasar por la aduana, Claudio se mostraba nervioso, aún y cuando traer un L.P. propio no representara ningún problema. El agente lo observó e intuyó algo. Le pidió abrir su maleta. En esos años no existía el famoso semáforo para decidir el registro de equipaje. ¡Ahí estaba el disco firmado! El agente levantó la mirada y vio la cara de pesadumbre de Claudio. Decidió divertirse un poco. Pidió el recibo de compra. Claudio se quedó cual objeto inanimado.
Para su buena fortuna, traía todos los recibos de sus compras para sus padres. Los sacó de su cartera. Montones de papelitos. El agente no se lo esperaba, mandó los iris de sus ojos al techo en señal de fastidio. Claudio lo vio y se puso más nervioso. Los papeles volaron. La fila a sus espaldas crecía sin detenerse. No se hicieron esperar las interjecciones de molestia de los demás pasajeros. Algunos empezaron a reclamar al empleado.
—¡Aquí está! —exclamó por fin el muchacho.
—Avánzale —dijo el empleado de aduana.
En ese momento, otro agente tomó el álbum.
—¡Órale! ¿Qué es esto? —dijo con los ojos abiertos de asombro y una sonrisa de oreja a oreja. Era evidente. El personaje también era fanático de The Police—. No, esto no puede pasar. Se queda confiscado.
Su cínica sonrisa delataba sus intenciones. Claudio se envalentonó, arrebató el álbum y lo colocó a sus espaldas. No era algo ilegal, decía, tampoco debería pagar impuestos. Para su suerte, creyó ver una segunda señal de que el L.P. estaba en su destino. El pasajero a sus espaldas dijo.
—A ver, a ver. ¡Qué pasa aquí! Un disco para uso personal no causa ningún impuesto, más aún si el joven ha mostrado su nota de compra.
La gente de atrás armó un parloteo in crescendo. Los agentes dejaron pasar al chico con su preciado equipaje, no tenían otro camino.
Un hermano de Claudio se presentó en el aeropuerto, su papá no podría recogerlo. Ambos regresarían en taxi. El feliz viajero sacó el álbum y lo mostró a su “bro”. Guardaron el equipaje en la cajuela y Claudio fue contándole a su hermano todas sus aventuras. Un poco más y estaré a salvo, junto con mi disco, se decía en el taxi rumbo a casa.
Llegaron. Bajaron el equipaje. Claudio abrazó a su mamá y a su hermana pequeña. Sus palabras no dejaban de sonar, casi las escupía. Relataban todos los sucesos de su viaje. Abrió su maleta. En un micro segundo recordó el disco fuera del equipaje. Una opresión en el pecho se presentó, se hizo consciente de algo doloroso. Había dejado el vinilo en el asiento del taxi.
En los días siguientes, Claudio estuvo comunicándose con los taxis del aeropuerto sin obtener respuesta favorable. Con el corazón acelerado y la respiración cortada, se lanzó varias veces a la terminal aérea. Su padre lo acompañó en dos ocasiones. El L.P. no apareció. Lo había perdido en el último momento antes de entrar a su refugio, a su casa.
El timbre no dejaba de sonar. Eran las once con quince minutos del sábado. La mamá abrió. Era Toño, uno de los amigos de Claudio. Pidió hablar de urgencia con él. “Claus” escuchó entre sueños el alboroto. Había llegado en la madrugada de su primer trabajo. Era ingeniero de sonido.
La señora se negó a despertar a su hijo porque dormiría hasta medio día. Toño le pidió despertarlo. No podía esperar. Era su disco perdido. Antes de finalizar con la explicación. Claudio ya estaba en la puerta.
—Wey. Encontré tu disco. El que perdiste hace casi ocho años. Lo están vendiendo en el Chopo. El “caón” prometió esperar hasta que llegues. ¡Vámonos! Antes de que se lo lleven.
Tenía sentido para Claudio. Una coincidencia más. Era sábado tres de octubre. Zenyatta Mondatta había salido en esa fecha hacía doce años.
La suma solicitada por el vendedor rebasaba por mucho las posibilidades del chico. Claudio se identificó como el verdadero dueño y se puso a regatear, pero el argumento tuvo en el comerciante el efecto contrario al esperado. Tal y como en la “rola” Money de Pink Floyd, escuchó caer monedas en una máquina registradora. El hombre accedió a esperar a Claudio mientras reunía el dinero, después de todo, era difícil deshacerse de un autógrafo con un nombre específico, le dijo.
¿De dónde obtuvo el novel ingeniero ese arrojo e inventiva para hacerse de dinero? De la motivación. Unos tacos en la noche cerca de la iglesia lo lanzaron al comercio. De ahí sacó una taquiza en una casa cercana… y luego otra. Llenó su Tsuru con ropa de paca y la vendió a las niñas del trabajo, compró el auto de su tío y lo revendió más caro. Por cuenta propia, sin la empresa, ofreció sus servicios de ingeniero de sonido para un evento. Le pagaron bien. Pidió un poco aquí y un poco allá. Al cabo de un mes obtuvo algo adicional al dinero para su compra: Seguridad.
De inmediato llamó al vendedor.
—¡Ay mi güero! Ya sé quién eres —dijo el fulano—. Te tardaste mucho. Me ofrecieron más y ya se lo llevaron.
Primero se enojó, después comprendió: no era la mejor estrategia para negociar. Por más intentos del “güero” para conseguir el teléfono del “malnacido” que se había llevado el vinilo, el hombre se negó con firmeza a darlo. Iba contra sus principios, le dijo.
Una vez más, su álbum se le escapaba, aunque, según decía su madre: “No hay mal que por bien no venga”. Al otro día le propusieron asociarse en una empresa de servicios de sonorización e iluminación. Tenía el dinero. Nunca lo hubiera conseguido de no haber sido por La Policía. Resignado, el muchacho tomó la decisión de no volver a hablar en su vida de ese condenado “doce pulgadas”.
tenía la esperanza de correr con la misma suerte de cuando era adolescente. The Police se presentaría en el Foro Sol en aquel noviembre de 2007 y la empresa de Claudio sería parte del staff. Con seguridad podría ver a sus ídolos de cerca. Aunque había dejado de lado el asunto del vinilo perdido, albergó la posibilidad de contar con un repuesto. Estaba preparado con un álbum nuevo de Synchronicity y buscaría la oportunidad de cazar a los policemen para obtener sus firmas.
No le estaba siendo posible disfrutar del concierto por estar supervisando cada detalle. Ese evento le abriría las puertas a nuevos negocios. En un flasheo de las luces, una chica entre el público llamó su atención. Estaba en la fila dos, al costado. Agitaba su melena y cantaba a todo pulmón. Parecía saber todas las canciones.
Sin meditarlo, Claudio se acercó a ella y mostró su gafete de staff. La chica lo miró con una mezcla de asombro y espanto. Le señaló el final de la fila, la chica se movió.
—¿Te gustaría ir al backstage? —Susurró el ingeniero.
La chica accedió emocionada. Tenía embobado a Claudio. Su atención por los músicos estaba secuestrada por la chica.
—¿Te das cuenta? Habernos conocido el día de este concierto. ¡Esto es una sincronicidad según Carl Jung! Igual al nombre del disco —prosiguió él—. Por cierto, soy Claudio, ¿cómo te llamas?
Ella abrió los ojos… y la boca. Iba a decir algo, pero sus palabras se ahogaron en el intento. Se llamaba Pilar. Él la invitó a salir. Ella aceptó.
Claudio miraba a Pilar. Las luces se reflejaban en sus ojos. Ella lo besó. El beso tuvo una duración similar a Wrapped around your finger. Fue igual de alucinante, mientras tanto, sonaba la canción en el foro.
Él presintió que no sería una de las tantas chicas con quienes había salido en los últimos años. El hombre tenía ya casi cuarenta y todavía no encontraba a la mujer ideal ¿sería ella? No daba crédito de haber abandonado sus esfuerzos por acercarse a la banda con tal de permanecer junto a Pilar. Era porque todo llega a su debido tiempo, pensó.
Se casaron de manera intempestiva un cuatro de marzo. La misma fecha en la que años atrás los policías daban fin al grupo y, además, el aniversario luctuoso de su padre, quien había partido hacía un par de vueltas al sol. Otra sincronicidad.
La noche de bodas Pilar le vendó los ojos a su nuevo esposo. Le daría una sorpresa. No, no era lo que él imaginaba. Era una caja cúbica de treinta y cinco centímetros por lado. Estaba repleta de papeles. Claudio palpó algo plano. Se quitó la venda. Al romper el último envoltorio, casi se desmaya. En sus manos estaba aquel viejo L.P. de The Police: Synchronicity, con la leyenda “To Claudio”, firmado por los tres integrantes de su banda favorita. Era la sincronicidad perfecta.
Pilar había comprado años atrás el vinilo a un dealer del Chopo con todos sus ahorros de adolescente. Sin saber la razón, pasó por alto el nombre a quien estaba dedicado. Ahora se lo daba a Claudio, porque según dijo, desde aquel día en el concierto, al enterarse de su nombre, lo supo de inmediato. Estaba con el hombre indicado.






