Siempre fue súper dotado. Unos cuantos lo sabían: sus padres, sus “amigos” de la infancia. Aunque él no tuvo uno a quien pudiera haberle llamado amigo, era innegable su atracción sobre los otros niños, compañeritos de la escuela cuyas palabras nadie creyó nunca.
Hubiera podido ser el súper héroe de alguna historia de Marvel. Podría haber aprovechado su don para ser exitoso, respetado, querido. Un paladín salvando al mundo, su país, su estado, su colonia o, por lo menos, su calle… pero no. Eligió el camino contrario.
No por gusto, eso sí. Fue su propia naturaleza. Su mecanismo mental ante lo emocional. Un cable roto en su cerebro, entre su visión de los sucesos y la empatía por los sentimientos de los demás. ¡Y quién lo hubiera dicho! Fue su propio talento el que lo llevó a su perdición.
Al nacer empezó a dar muestras de cinismo. Un bebé con una sonrisa casi permanente. El personal médico lo adoraba: era un bebé tan feliz, decían. Sólo cambiaba su semblante cuando le daba hambre y lloraba como cualquier otro chiquillo recién nacido.
El primer problema apareció el día que salió con mamá del hospital. La enfermera primeriza mezcló dos bebés en la misma cuna, ambos serían entregados. El corazón de la enfermera comenzó a palpitar a toda velocidad, sintió sus mejillas calientes, sus manos sudorosas temblaban. Experimentó mareos al ver a los dos bebés: Tenían los mismos ojos, las mismas orejas, el mismo color. ¡Parecían gemelos! Cerró los ojos y se dijo a sí misma: Cálmate, Bea, llevan sus pulseras de identificación.
Cuando Bea abrió los ojos, notó a los bebés diferentes en su totalidad. Uno era más delgado, sus mejillas estaban menos inflamadas, su cabecita estaba cubierta de pelo abundante. El otro, en cambio, el bebé feliz, sonriente, más gordo, con escaso cabello, sólo pelusita cubriendo su cabeza. Bea soltó un suspiro de alivio. Deben ser las jornadas doce por doce, se dijo.
Ya en casa, no se presentaron inconvenientes con el chamaco durante el primer año, sólo berrinches de vez en cuando. ¡Pero qué berrinches! Pegaba unos gritos que hubieran asustado a cualquier ingeniero de sonido, como su padre, quien casi no estaba por las noches, debido a su trabajo.
Durante la fiestecita por su primer año, acudieron a su casa algunas conocidas llevando a sus pequeños hijos. También estuvo una amiga de mamá. Venía de Guadalajara. Tenía un niño de un año con dos meses. La amiga de su madre casi se desmaya cuando vio a su hijo descolgándose por las escaleras. Cargó al niño muy molesta y lo reprimió mientras lo llevaba a la recámara en donde lo había dejado. El niño se reía a carcajadas. Al entrar en la habitación, vio a su hijo tomando su biberón, apenas se movía. Volteó a ver al pequeño que llevaba en brazos. Era el bribón de Narcisito. ¡Es verdad!, pensó, con razón me extrañó su trajecito. ¡No sé por qué los confundí! ¡Qué distraída soy! Como si fuera una anécdota muy graciosa, la señora le contó lo sucedido a la mamá de Nar. Ella no dijo nada, se limitó a sonreír. Al parecer, ya había pasado por cosas parecidas.
Cuando Nar entró a preescolar, era el niño más popular. Las maestras y los niños lo adoraban. ¡Los hacía reír tanto! Hablaban del niño haciendo caras chistosas e imitando a los demás pequeños. A veces estaba serio. Entrecerraba los ojos y observaba cómo se comportaba el resto del alumnado. Veía a las niñas consolándose entre sí. El pequeño las imitaba si veía a alguien más llorando.
Era tan buen alumno. Nunca hacía travesuras. Todos en el salón habían cometido alguna imprudencia alguna vez, excepto Narciso. Era común ver salir a los niños con lágrimas después de haber sido regañados por las maestras o por sus madres cuando les daban la queja. “¡Yo no fui, yo no fui!”, decían todos. El pequeño Nar se acercaba y los abrazaba. ¡Qué hermoso niño!, decía la gente.
—En mi escuela va un niño que se cambia de cara —llegaron a decir algunos chamacos—, se pone las caras de otros niños, jajaja. Una vez se puso la cara de mi amiga Paula.
Los padres escuchaban a sus retoños decir semejantes incoherencias y sólo reían. ¡Ah!, estos niños de hoy, son tan imaginativos. Vienen tan acelerados.
Inés, la madre, lo sabía. Su hijo no era tan angelical. Sin ir más lejos, en su casa demostraba un comportamiento insensible. Una vez le cortó un pedazo de cola al pequeño gato. “¿No ves cómo le duele? Pobre animalito”, le dijo enojada. En esa ocasión, Nar lloró y abrazó a su madre, a quién dejo desarmada, pero en cuanto vio a la mascota con su curación en la cola, comenzó a soltar carcajadas de película de miedo.
También la mamá sospechaba de su mimetismo. Eran demasiadas historias de confusión. Se lo comentó al padre. ¡Estás mal de la cabeza!, le respondió él. ¡Cómo se te ocurre! Es imposible. Si el niño te escucha, puede traumarse. Debes ser más cuidadosa con tus comentarios.
Inés ideó un plan para demostrárselo al padre. Con una cámara oculta grabó el comportamiento del niño con un invitado del colegio. Ante la cámara, la fisonomía del niño se transformó después de tocar la espalda del amiguito. Como siempre, hubo una travesura de por medio. No cabía duda, el niño se mimetizaba.
Cuando la madre le enseñó la grabación a su esposo, la reacción del hombre fue de pánico. No les fueran a quitar al niño, debían guardar el secreto para siempre.
En los siguientes años, Nar se descaró ante los padres. Los sabía sus incondicionales, más por miedo que por cariño. Ellos se enteraron de sus bromas “inocentes” para soltar el llanto de otras criaturas, de sus maldades por las que culpaban a alguien más, de sus pequeños hurtos a sus condiscípulos, después a los vecinos y también a las tiendas de conveniencia de la cuadra. El culpable nunca era él.
Su sonrisa de jovencito de ocho años se asemejaba más a la de un hombre recién salido del Reclusorio Oriente. Con ella chantajeaba a sus progenitores para obtener permisos, juguetes o mascotas, aunque siempre se las quitaban porque las torturaba.
A pesar de esa clase de historial en ascenso, obtenía las mejores notas en la escuela. Además, era encantador con sus conocidos. A menudo los envolvía con tales halagos que acababan regalándole sus pertenencias, objetos del agrado de Narciso. Sólo algunos chicos, felices de ser sus amigos al principio, después de un tiempo de conocerlo más, preferían alejarse de él.
Cuando llegó a la adolescencia, se enfundaba en ropa unisex y usurpaba los rostros de las chicas para entrar a las regaderas y espiarlas. Por aquel tiempo, se enroló con una pandilla de la calle. Cometían toda clase de fechorías contra los transeúntes. Casi todos los chicos fueron a dar a la correccional de menores, excepto Narciso. Aunque él era el cabecilla, se mimetizaba con cualquiera de los demás infelices y jamás fue arrestado. Ni siquiera se le identificó con la pandilla. En esos mismos años, aunque no fuera a clases, sus notas se mantenían altas. Sólo con ojear algún cuaderno ya estaba listo para los exámenes.
Unos años después, su charm natural le hizo ganar popularidad entre las jovencitas. Era el chico más asediado de la preparatoria. Con su propia fisonomía, nunca tuvo dificultad para seducir a las adolescentes… y a sus madres, ahí sí, mimetizándose con los esposos o los novios en turno. Su ego creció, se sentía Zeus. Como reza el viejo dicho: “no se le iba una viva”.
Ya en la universidad, empezó suplantando identidades de profesores para conseguir exámenes y venderlos. Después apuntó más alto; hacia el director de la escuela y otras autoridades. Se dio cuenta de que podía disfrutar gratis de buenas comidas. En ellas conoció empresarios y gente importante con cuyas caras comenzó a darse la gran vida. Su carrera de usurpador profesional despegó.
Suplantaba identidades de hombres famoso y/o millonarios. No faltaron los viajes en primera clase —hasta Dubái fue a dar—, las comidas y cenas en grandes restaurantes, los clubes privados, las premieres, las alfombras rojas, las mujeres más bellas del mundo del espectáculo. Todo a cuenta de esa gente de élite. Era semejante a un ladrón de guante blanco. Incluso llegó a usurpar a algunos mandatarios en el G7, sólo para sentir en carne propia lo que significaba ser poderoso.
Durante algunos años, no se supo nada de Nar en su lugar de origen. Contra todo lo esperado, los padres estaban felices. Habían sido muchos años de angustia sabiendo las tropelías cometidas por su hijo. Imaginaban que algo debería haberle pasado como resultado de su comportamiento. Aunque sentían preocupación, también una gran paz.
Durante una elegante cena en Las Vegas, a Narciso se le hizo muy sencillo salir de ahí con una famosa estrella de cine, amante de un famoso millonario, del cual tomó su fisonomía. Narciso sugirió cambiar de hotel en esa ocasión, así, el verdadero millonario no localizaría a la actriz. Irían al Venetian resort, “para vivir una noche diferente”. Entraron en el lobby especial para luminarias. Después de todo, él lo era.
Semejante a una película de James Cagney de los años cuarenta, se soltó la balacera. Había policías, sicarios y unos cuantos civiles. Buscaban al famoso narcotraficante Joel Gordon.
Nar y la estrella de cine estaban pecho tierra junto a un sillón de terciopelo rojo. Narciso miró a un botones correr semi encorvado. Lo vio desaparecer por una puerta camuflada. El impostor decidió salir por piernas. Dejó a la mujer tirada y escapó por la misma puerta usada por el botones. Era un pasadizo curvo de más de cien metros que los llevaba directo al vestíbulo del frente. Varios uniformados corrían atrás de ambos hombres por el mismo pasillo.
Narciso adelantó al botones a quién mandó al piso de un derechazo. Tomó su chaqueta y su cara. Salió con tranquilidad al lobby frontal. Los policías irrumpieron en el pasillo como toros salvajes. Narciso se puso nervioso y corrió hacia la puerta principal.
Un hombre trajeado, al lado de la puerta giratoria, observaba la escena. Por sus auriculares dio la alarma: “Al botones. Es Joel Gordon disfrazado”. Todos gritaban: ¡Joel, detente o disparo! ¡Joel! ¡Joel!
Narciso los ignoró. Los agentes detonaron sus armas. Narciso cayó al piso. Acudieron a revisar el cadáver. ¡No era el hombre buscado!
Minutos después encontraron a Gordon en el suelo y con vida. Permanecía cerca de los elevadores. Los agentes estaban impactados. ¡Cómo era posible! Habían liquidado a un hombre… ¿inocente?






