Una cita con las amigas

Entraron al área de comida de McDonald’s seis mujeres que frisaban los 35 años. Todas ellas muy modernas y vestidas al último grito de la moda. Parecía incluso que iban a la misma tienda a comprar su ropa y a la misma estética para que les arreglaran su cabello largo, moda “belage”. Llevaban a sus hijitos de entre cinco y ocho años, salvo una, que llevaba a uno más pequeño. Es posible que fueran todos a la misma escuela, porque algunos comentarios estaban referidos a la “zopilota”, es decir, la directora que, según ellas, era una mujer exigente y abusiva. Habían elegido ese lugar para poder platicar mientras sus hijos jugaban en el espacio para los niños, quienes, tras entrar al establecimiento, corrieron hacia allá de inmediato y comenzaron a brincar, a subirse a las resbaladillas y a escalar un juego que tenía barandillas y sogas. El más pequeñito intentaba, tambaleante, subirse al brincolín con poco éxito, porque los brincos de los demás niños impedían que él pudiera guardar el equilibrio. Estuvo rebotando de un lado a otro, hasta que por fin pudo asirse en una esquina y levantarse.

El grupo de señoras comenzó a platicar. Una de ellas, la más fashion, contó que su esposo se había ido de viaje la noche anterior.

—¿Saben? Anoche Mauricio se fue a Mazatlán. Estará allá por tres semanas porque es el responsable de la implantación de un sistema de nóminas en una empresa hotelera. Creo que más bien tiene una aventurilla y, la verdad, a mí me vale madres. Ya pasó el tiempo en que lloraba y sufría por sus infidelidades, ahora ya no me interesa. Mientras me dé todo lo que necesitamos el niño y yo, lo demás no me importa.

—¡Ay! Pero eso no deja nunca de dolerte, o qué, ¿ya no lo quieres? —comentó otra de las señoras, la que parecía más sencilla y que iba con su hijita, muy parecida a ella y llevaba un vestido blanco.

La mujer del cabello rojo soltó una risotada y dijo:

—¡Ay, mi vida! El amor se acaba con el tiempo, por la falta de dinero, por las infidelidades o porque simplemente se acaba.

Entonces las seis mujeres comenzaron a reír. Todas, menos la mujer de cabello corto que, al parecer, era amiga de la mujer de cabello rojo. Era soltera y no llevaba ningún niño.

Luego, tres de ellas fueron a hacer el pedido de comida: hamburguesas y malteadas para los niños, nuguets y ensaladas de pollo para ellas, refrescos ligth y botellas con agua. Cuando regresaron con las charolas de comida siguieron la conversación acerca de sus esposos. Entonces la mujer de cabello corto comentó tímidamente:

—Pues no sé, las escucho hablar y pienso tantas cosas. Yo creo que el amor y el matrimonio valen mucho la pena. Será, quizá, porque no he encontrado al hombre con quien pueda casarme y formar una familia…

Una rubia de cabello muy largo y piernas bien torneadas le comentó:

—Ay, mi chula, créeme, no te pierdes de nada. A pesar de que no me quejo porque mi Carlos es bastante buen hombre y, además, bueno en la cama, a veces me siento como si me hubieran metido a una botella y le hubieran puesto la tapa. En cambio tú, ¡eres libre como el viento! Puedes ir y venir a tu antojo, nadie te cuestiona, no tienes que compartir los gastos de la casa ni de los hijos. De verdad, yo creo que el matrimonio y la idea de la familia feliz son sólo una quimera.

En eso llegaron sus dos hijos, niño y niña, que parecían gemelos y venían vestidos igual: una camisa verde floreada y unos pantalones cortos verdes también, pero lisos. Calzaban unos tenis Adidas, también verdes. Venían sedientos, tomaron agua y le dieron unos mordiscos a sus hamburguesas. Después, toda la bola de niños llegó corriendo y se sentaron en la mesa de al lado, todos apretados, sudorosos, con las mejillas rosadas. Empezaron a arrebatarse las hamburguesas y las malteadas. Las mamás ni caso les hicieron. Dejaron que los niños se hicieran bolas con la comida y las bebidas. La niña del pantalón corto derramó sobre la mesa el contenido de su refresco de naranja. Su mamá, molesta, le dijo que fuera por un puño de servilletas del mostrador. La niña, sin acongojarse, alzó los hombros y puso el montón de servilletas sobre el refresco, para hacer más cochinero en la mesa. Eso no le preocupó a los niños, que regresaron corriendo a los juegos. El más pequeñín de todos se había quedado solo en el túnel amarillo, sin supervisión, y ni su mamá ni nadie se ocuparon de ir por él para que comiera algo. El niño se había encontrado una pelotita roja, pequeña, y estaba muy entretenido metiéndosela a la boca.

Después de que los niños arrasaron con las hamburguesas y las malteadas, las señoras retomaron su plática sobre su vida matrimonial. Otra de las señoras, bonita de cara, pero subida de peso, dijo:

—Pues yo, después de que me divorcié de David, hace tres años, tuve una depresión muy severa, hasta al psiquiatra fui a dar. David dijo que, claro, siempre había sabido que yo estaba loca, pero lo que él nunca quiso reconocer es que mi locura me la causó él. Es cierto que tuve depresión posparto y que no pude estar cerca de mi pequeño durante sus primeros seis meses de vida, porque les confieso que cuando el niño lloraba me daban ganas de asfixiarlo. No soportaba sus llantos ni sus gritos, ni el olor a caca, y amamantarlo era una tortura, por lo que decidí mejor darle fórmula. Tener que cambiarle el pañal era un suplicio. Fue entonces cuando mi mamá decidió irse a vivir con nosotros y hacerse cargo del bebé. Creo que ese fue el principio del fin de la relación entre David y yo. Imagínense: yo, muy subida de peso, toda histérica con los berridos del niño, mi mamá de metiche todo el tiempo y David con su eterna mirada de reproche. Él nunca pudo comprender porqué yo no era capaz de cuidar a nuestro hijo. ¡Claro, un hombre nunca sabrá lo que es cargar con una panza nueve meses, y luego los dolores de parto, y después hacerte cargo de un ser humano toda la vida! Por cierto, ¿dónde está Davichin?

Corrió despavorida al área de juegos y vio que el niño estaba intentando subirse a un tunel amarillo. Entonces regresó con una gran sonrisa y dijo:

—¡Uf!… está bien, está jugando con los demás niños.

Las demás señoras la miraron con ojos de reproche, pensando que en todo ese tiempo el pequeñín no había tomado ni siquiera agua, pero no le dijeron nada, y ella ni cuenta se dio de esa actitud. La mamá del pequeño Davichin siguió diciendo:

—Yo soy una mujer joven, y creo que tengo derecho a ser feliz. Aún sigo con el medicamento psiquiátrico y espero poder dejarlo pronto, porque es lo que me está subiendo tanto de peso.

Las mujeres se voltearon a ver unas a otras. Y entonces, la señora subida de peso continuó diciendo:

—Aunque amo profundamente a mi pequeño Davichín, sé que él hará su vida cuando crezca y yo no me quiero quedar sola.

La mujer de cabello corto le dijo:

—Y tienes razón, es importante que veas por ti y seas feliz, aunque eso no impide que atiendas a tu hijo y seas una madre amorosa con él.

—Bueno —contestó la mamá de Davichín—, los hijos son ingratos, sé de tantos casos en que los padres ya ancianos quedan totalmente solos y abandonados por hijos que se van y los dejan a su suerte…

La mujer de cabello corto replicó:

—Sí, de acuerdo, y así es la vida, aunque pienso que si yo tuviera un hijo, daría mi vida por él y por su bienestar.

Los niños seguían gritando eufóricos en los juegos. Uno de ellos, el más grande de todos, vio que el pequeño Davichín quería subirse al carrusel y lo ayudó, dejándolo sobre un caballito color café. El pequeñín estaba feliz dando vueltas en el juego pero, poco a poco, se fue cansando de sus manitas y su sonrisa se convirtió en un puchero. Les gritó a los niños, aunque algo apagó su voz y ya no fue capaz de seguir gritando para pedir que lo bajaran del carrusel. Finalmente, Davichín se llevó las manos al cuello y, al soltarse, salió volando y cayó, golpeándose con el tubo del juego. La niña del vestido blanco escuchó el chillido del niño y corrió a la mesa de las señoras gritando:

—¡Se cayó Davichín! ¡Se cayó Davichín! ¡Se pegó en la cabeza!

La madre de Davichín corrió al área de juegos, lo encontró tirado, inconsciente y vio con horror que el niño comenzaba a ponerse azul. Un hombre que estaba sentado en una mesa cercana, comiendo una hamburguesa, se acercó corriendo, gritando que era paramédico y que abrieran paso. Se agachó junto al pequeño Davichín, le abrió la boquita y sacó rápidamente un objeto que tenía atorado en la garganta: la pelotita roja con la que el niño había estado jugando momentos antes. El hombre se inclinó hacia el niño, puso su oreja en el pecho del pequeño, gritó que llamaran a una ambulancia y comenzó a darle respiración de boca a boca y a golpear el pecho del pequeño. Por fin llegaron unos camilleros y se llevaron a Davichín, gritando a todos que abrieran paso.

El niño continuaba con el rostro color púrpura. La madre del pequeño Davichín corrió detrás de los camilleros hacia la ambulancia. Metieron al niño en la unidad, su madre y otra mujer también subieron.

Todas las demás tomaron rápidamente sus bolsos y los juguetes de los niños, dejaron solo un sweater pequeño de color azul en uno de los asientos. Salieron apresurados, gritando y llorando. La niña del vestido blanco jalaba la falda de su mamá preguntándole a gritos por Davichín. Su mamá la tiró de la mano sin explicarle nada.

Las dos mesas quedaron solas, llenas de hamburguesas a medio comer, las castups y las mostazas apachurradas y las maltedas con los popotes arrugados. Y un par de moscas revoloteaban por encima de aquel festín…

 

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