1
—No, no quiero, no puedo —le explicaría Miranda al galán que pretendía tener una cita con ella—. No es que no lo desee, que no quiera salir contigo. Soy menor de edad y mis padres son chapados a la antigua, mucho menos para ir a un antro como el Excess.
—Deja que me encargue de tus papás, yo los convenzo. —Respondería Joaquín, el pretendiente.
Así pensaba Joaquín que transcurriría la conversación aquella tarde en el patio trasero de la casa de Alejandra, prima de Miranda, amiga de los hermanos del galán y flamante quinceañera, quien celebraba ese mismo día su fiesta de cumpleaños.
Pero Joaquín, acostumbrado a controlar a todo y a todos, no imaginó el curso que tomaría aquella “aventura”.
Rompiendo su costumbre y sin entender el porqué, Joaquín llegó puntual al templo católico, donde Alejandra agradeció a “Dios” por haberle permitido “convertirse en mujer, dejando atrás su hermosa niñez”. Terminada la ceremonia religiosa, se trasladó a la casa de la quinceañera, ubicada a unas cuantas cuadras del templo católico, en uno de los barrios más tradicionales de Xochimilco, “el barrio de San Cristobal”. La celebración, como toda fiesta de quince años, incluyó el tradicional vals, los acostumbrados chambelanes, el discurso del padrino de velación, “el padrino principal”, quien, a su vez, mencionó a los innumerables “sub-padrinos”: el de “un cartón de cervezas”, el de “sonido”, etcétera. Y por supuesto, el infalible padrino de “último juguete”: un enorme oso, que con certeza terminó pudriéndose en el mismo patio donde se celebró la fiesta. La cena, por supuesto, el aún más tradicional pollo con mole y arroz de guarnición.
Joaquín distinguió a Miranda desde el templo. Le impactó su sonrisa, su estatura mediana, su delgada y huesuda complexión, su voz ronca, como de niña saliendo de una gripe, pero, sobre todo, le impactaron sus ojos seductores. Estuvo acechando sus movimientos. En la fiesta encontró el momento idóneo, se acercó a ella llevando un par de cervezas. ¿Su intención? “Ligarse” a la encantadora señorita.
—No, gracias, no bebo —fue la inmediata respuesta a la invitación del aún desconocido pretendiente—. Pero te acepto un vaso de agua de jamaica.
De inmediato, Joaquín regresó con la bebida y empezó su “ligue”.
—Yo, Joaquín y tengo treinta —dijo a Miranda—. ¿Y tú?
—Yo, Miranda, de veintitrés —respondió ella, esbozando una sonrisa que no le permitió alejarla de su mente en las siguientes semanas.
Joaquín decidió que el Excess no era lo que en realidad deseaba compartir con Miranda, así que en los días siguientes al de la fiesta, prefirió invitarla, primero, a una cafetería. De ahí pasaron al restaurante, donde, con el transcurso de los días, comían y cenaban. La mejor parte fue la conversación: no dejaron de interesarse y de escucharse el uno al otro.
Un par de semanas después de iniciar sus salidas, Joaquín se decidió. Esa noche, él la tomó de la mano y la besó. Ella respondió con el más extraordinario beso jamás otorgado. De ahí en adelante todo fue para arriba. Se trataba del enamoramiento inicial, ése que llega hondo, que amarra, que hace sentir la necesidad de estar cerca, unido, pegado al otro. Él respetándola, no requería más, solo estar juntos, platicar (demasiado madura para sus veintitrés, pensaba sorprendido); ella admirándolo, sin poder creer la suerte que tenía.
Poco a poco, fueron subiendo de tono los encuentros, Joaquín fue queriendo más. Se besaban, se acariciaban, se excitaban. Él, la deseaba como a ninguna otra mujer antes. En cada encuentro se entregaba completo, ella respondía como a ningún otro novio le había correspondido.
2
Acostada, Miranda sentía las potentes manos de Joaquín recorrer sus muslos, sentía cómo se le encrespaba la piel. Era consecuencia de los besos iniciales, esos besos que apenas rozaban sus labios y que poco a poco incrementaban sus latidos, convirtiéndose en suave metamorfosis de amor a deseo. Caricias que cubrían por completo ambos cuerpos. Ella el rostro, él los brazos, ella la espalda, él la cintura, ella las nalgas, él los muslos queriendo, intentando llegar al monte de venus. Ella deteniendo los largos tentáculos de Joaquín, él susurrando: “por favor, sólo un instante”, ella obligándolo a quitar su mano, deteniendo los besos para pedir: “no, por favor, no lo intentes. Soy virgen, dame tiempo, quiero que sea un momento especial”. Ella, complaciendo, aferrándose a su miembro, accionándolo hacia arriba y hacia abajo, él, descontrolado, empapando todo.
3
Miranda lo miró directo a los ojos,
—Tengo que decir algo. —Joaquín sin darle importancia afirmó con la cabeza.
—¡Atiéndeme! —Alzó el tono de voz Miranda.
—Dime.
—¡No, Joaquín! Deja de ver lo que estás viendo y mírame. —Joaquín viró su rostro, miró con atención a Miranda y esperó.
—¿Me amas? —Miranda se escuchaba nerviosa.
—Por favor, ¿para esto me gritaste?
—¡Contesta!, ¿me amas? Por favor, contéstame.
—Sí, por supuesto, claro que sí, ¿por qué preguntas?
—¿Me amas mucho? ¿Más que a nada y a nadie en toda tu vida?
—Sí, pero, ¿qué pasa? ¿Qué pretendes?
—Tengo que confesarte que… Pero jura que me amas.
—Te lo juro —respondió Joaquín empezando a inquietarse por la inusual y extraña actitud de Miranda.
Miranda cambió de estrategia, lo que diría a Joaquín merecía el mayor tacto, la mayor sinceridad. El impacto sería tremendo.
El amor todo lo puede, si me ama lo entenderá, lo asimilará y perdonará mi falta de confianza, pensó Miranda. Joaquín, que presumía tener una respuesta para todo, ya fuese conociendo la respuesta o inventándola. Joaquín que no estaba acostumbrado a cometer errores, o mejor dicho, a reconocerlos, quedó con ojos y boca abiertos, no sabía qué decir, no entendía, pidió que Miranda repitiera lo que acababa de escuchar, necesitaba reafirmar lo que ella había dicho. Miranda empezó a repetirlo, al instante, Joaquín comprendió, levantó su mano pidiendo silencio, fijó sus ojos en el piso y balbuceó tratando de contestar sin lograrlo. Miranda se hincó pegando su cuerpo a las rodillas de él y demandando comprensión con su mirada.
Mirándola directo a los ojos, con voz firme y masculina, ordenó:
—Levántate y ¡desnúdate!
—¿Por qué? ¿No me crees?
—¡Qué te levantes y te desnudes! —Increpó con voz, esta vez, amenazante.
El macho alfa, al ver caer la muy pequeña prenda que cubría el depilado vientre de su aún amada Miranda, bajó de nuevo los ojos para decir.
—Solo retírate, ¡no quiero volver a verte!
Miranda se enfundó de nuevo en su vestimenta, antes de dejar la habitación, se detuvo en el umbral de la puerta, para preguntarle:
—¿Qué es lo que en realidad ves? ¿Lo que en verdad amas? ¿Una imagen? ¿Qué distinguen tus ojos? O eres como la gente que solo mira la superficie y murmura, limitada por su cerrazón. Dime, ¿qué es lo que percibes? Soy toda tuya, completa. ¿Si te amo? ¡Claro que sí! Tal cual como soy, entera, sin cortapisas, así total y plena. ¡Te amo! ¡Soy la misma, de la que te enamoraste! ¿Por qué me miras así? ¡Tócame!, siente lo que tantas veces te hizo vibrar, cambia tu mirada. Soy yo, tu amada. ¿Eso me decías verdad? Que me amabas intensa e inmensamente. Ahora, ¿esperas escapar a la realidad? ¿Qué es la realidad? ¿Lo que ves y palpas es definitivo? ¿Qué es lo que sientes?
—Voy a vomitar —Respondió Joaquín.
—Aunque tus manos se confundan, que te sugieran otra cosa, aun cuando crean que ahora tocan una piel áspera y repugnante, a pesar de que tus ojos, que ahora te engañan, te enseñen a otra persona. ¡Mírame! Soy la que besaste tantas veces, la que amaste, con la que, en tu mente copulaste una y mil veces, tu amada, tu divina, tu eterna reina. Sí, te mentí, de no haber sido así nunca me hubieras tratado con tanto amor, jamás me hubieras hablado tan dulce, te habrías esfumado como todos los demás, tal vez me hubieses golpeado, de menos insultado. Acéptalo, nuestro tiempo juntos fue divino, me enseñaste el valor de ser yo misma, me hiciste sentir completa, total. Me dedicaste tu tiempo, tus miradas, tus suspiros. ¿En que soy diferente ahora?
—En nada, tan solo no vi con claridad, fuiste, eres y serás una embustera.
—Soy yo, la de siempre, tan mujer como cualquiera, pienso y siento de la misma manera, y te sigo amando. ¿Y tú? ¿De qué te enamoraste?, dime, ¿de una idea? ¡O de mí!, de tu reina, del ser entero, eterno, inimaginable. ¿Así dijiste no? “Eres inimaginable, ordéname lo que quieras, lo que sea, por ti realizaré todo”, pues ahora te lo ordeno. ¡Ámame, desflórame, toma a tu virgen inmaculada, toma mi vida, todo lo que soy y lo que valgo, toma mi cuerpo, mi alma, mi espíritu!
Joaquín levantó la vista, la miró con desolación y en tono seco dijo:
—Solo vete. Falso.
4
Miranda quería dejarlo todo, pensamientos y preocupaciones, la necesidad de atender a los demás, el gusto por agraciarlos. Quería que todo se alejara, ser otra persona, no permitir que los sentimientos entraran de nuevo a su corazón, dejar de recibir insultos y humillaciones. Deseaba ser alguien más, no conocer a los que se dicen sus amigos, no disponer de tiempo, ni vida, no tener recuerdos.
Anhelaba no haber conocido a Joaquín, que no hubiera llegado a aquella fiesta, que Alejandra no los hubiese presentado. Quisiera cambiar el pasado. Deseaba no ser quién era.
5
Miranda, de pie en el antepecho de la azotea del edificio donde habitaba, con la mirada perdida en el horizonte, sabía que, los nueve niveles de altura del inmueble serían suficientes para lograr, lo que en su desesperación pretendía.
—Ya no deseo pensar, ya no tengo tiempo —concluyó Miranda.
Haciendo un paréntesis en sus deseos, caviló unos segundos y decidió. Empezar de nuevo, lejos de aquel barrio de Xochimilco, lejos de aquella gente repleta de prejuicios. Iniciar allende las fronteras, encontrar una ciudad que le brinde libertad, con una sociedad más abierta, que acepte a las personas por ser lo que son, sin límites.
6
Joaquín, desde el día que se separó de Miranda, cabizbajo, camina a diario, de su hogar a la papelería, un negocio familiar que han mantenido por más de tres generaciones. Los clientes, por lo general antiguos conocidos, mujeres y hombres, jóvenes y viejos, cotillean a sus espaldas. Él es incapaz de verse reflejado en el espejo, mucho menos, de sostenerle la mirada a persona alguna.
Abril 2026.






