Paradoja Cancún

Me cuesta trabajo dormir. Camino de la cama a la ventana, me dirijo a la puerta, la abro, me asomo. Voy a la cocina, me preparo un té, lo bebo en tres sorbos. Regreso al estudio adaptado como recámara. Me acuesto, cierro los ojos y ahí está esa imagen abofeteando mi sueño una y otra vez.

He llegado tarde a mi oficina. Traigo los ojos rojos porque el sueño se me escapa. ¡Tú te me escapas y no puedo detenerte! Y esa visión tuya me impide concentrarme. Lo sé. Todos piensan mal. Me miran con recelo. Cuando volteo a verlos bajan la mirada. También los he escuchado murmurar después de topármelos en los pasillos. ¡No me entienden!

Ignoro si este estado me permitirá seguir con mi vida. Cierro los ojos y sólo veo tus piernas y tus pies como si fueran una nube fluyendo a merced del viento. Fugándose de mis manos sin poder sujetarlos.

A finales del año pasado me ofrecieron el puesto de director en el resort Bala’an Kaab (Mundo escondido) de Cancún. Me gustaba tener todo bien controlado en un Balance score card. Ahí estaban las métricas, tiempos y movimientos de cada proceso y de cada trabajador. No se me escapaba nada. Fue una oportunidad única y no podía dejarla pasar. Le propuse matrimonio a Proserpina.

Me mudé a Cancún y vivía en un hotelito mientras a Pina le autorizaban el cambio de ciudad en la empresa donde trabajaba. Yo buscaba opciones para vivir con ella. En cada esquina me encontraba edificios con departamentos en venta para casi todos los bolsillos. A Pina le interesaba más alguna privada con casas. Aunque estuvimos ahorrando durante dos años, los precios estaban inalcanzables.

Pina pidió una semana de vacaciones para venir a Cancún y dedicarse a buscar nuestro hogar. Al parecer terminaríamos en uno de esos edificios a kilómetros del centro y de la zona hotelera, pero el viernes en la mañana Pina encontró una casa asequible. De inmediato hizo la cita. La casa estaba en un condominio horizontal de cuento maya, como construido por aluxes en medio de árboles frutales, con espacios agradables e iluminados. Se ubicaba en una zona de clase media alta, cerca del centro. El lugar no era nuevo, tenía más de veinte años, pero estaba muy cuidado.

La casita se vería recién salida de fábrica con algunos arreglos menores, nos dijo el vendedor. Los dueños anteriores dejarían la ciudad y les urgía venderla. Acababan de lanzar el anuncio. De inmediato cerramos el trato y dimos el anticipo para reservarla.

 No ahondaré mucho sobre los sucesos de los meses posteriores a la compra; gastos aquí y allá, búsqueda de lugares para la boda, mesas de regalos, invitaciones, trámites, nuestros trabajos… La boda.

Un buen día, Pina y yo ya estábamos en nuestra casa, cocinando juntos, platicando los sucesos del día, haciendo el amor, escuchando nuestra música, armando planes y estrategias para cumplirlos …

Nuestros vecinos nos acogieron con cordialidad. Nos reuníamos con ellos algunos fines de semana y en medio de las conversaciones nos enteramos de la historia de nuestra casa. Había permanecido solitaria por largas temporadas y pasado por varios dueños, quienes la abandonaban casi siempre antes de un año.

Sumaban ya siete meses de nuestra estancia en ese rincón cuando un jueves en la noche, a las 23:34 apareció ese golpeteo en la parte alta de la casa. Al principio pensé que se trataba de un animal de camino a la jungla, pero los ruidos siguieron, aumentaban en caos y volumen. Armé mil teorías en mi mente y me levanté para identificar la dirección del sonido. Venía de una esquina del techo, junto al equipo de aire acondicionado. Los ruidos cesaron.

A las 2:48 del viernes, el ruido estalló otra vez. No quería despertar a Pina, pero me sobresalté al ver cómo su cuerpo se incorporaba como un muñeco de sorpresa. Estaba asustada. Me dijo haber escuchado entre sueños los crujidos. Temía que fuera algún ladrón en la azotea de la casa. El escándalo no era de esa naturaleza, por lo cual la abracé e intenté calmarla. No te preocupes, amor, duerme tranquila, es sólo un animal cerca del equipo de aire acondicionado, dije para calmarla. Prometí revisar el equipo en la mañana.

Conciliamos el sueño, aunque esa noche la calidad del descanso no fue la mejor.

Me levanté antes del amanecer para no llegar tarde a la oficina y me di una vuelta por la parte posterior de la casa, justo donde estaba empotrado el aire acondicionado. La pared tenía varios parches mal hechos y los quité con un mazo. Sólo se veían los bloques huecos y un canal bastante amplio, por cierto, por donde pasaba la manguera del equipo. Empecé a escarbar y después de un rato, cuando el primer rayo de sol estaba a punto de despuntar, brotó de la nada una iguana. Tenía el tamaño de una toalla de alberca hecha rollo. Me pegó un buen susto. El problema estaba resuelto, pensé. Dejaría las reparaciones para el fin de semana.

En la noche del viernes después de salir de nuestros respectivos empleos fuimos a cenar y llegamos tarde. Eran las 3:50 horas de la mañana del sábado cuando por segunda noche consecutiva comenzaron los ruidos. Esa vez fue como si el animal golpeara y rascara la pared sin detenerse. Como si se agitara sin control. El florero de la cajonera cayó al suelo con estrépito. Pina despertó jadeando. Murmuraba a medio dormir que había percibido una voz brumosa. La abracé para apaciguar sus temores. Amor, has de haber metido esos ruidos a tu sueño, pero debe ser otra iguana, le dije. No, no, me respondió ella, la voz decía nuestros nombres, pero se escuchaba muy apagada, por debajo de los golpeteos.

Durante el día desarmé parte del aire acondicionado y seguí rascando bajo el aplanado descubriendo ladrillos. No encontré nada. Armé el aire acondicionado y reparé de forma burda los boquetes de la pared. Me tranquilicé. El segundo animal debía de haber salido y en la noche dormiríamos a pierna suelta.

Durante el transcurso del sábado no hubo ningún ruido y en la noche nos acostamos dispuestos a dormir como leños… Pero no fue así. Era la tercera noche padeciendo esas raspaduras frenéticas. A las 23:30 se escuchaban desesperadas. Algo o alguien parecía estar doblando los materiales del aire acondicionado. A las 0:20 del domingo percibí polvo y piedrecillas cayendo al piso. Pina se despertó jadeante de nueva cuenta. Ahora había escuchado gemidos de mujer opacados por el ruido.

Me levanté, revisé con una linterna el interior del aire acondicionado, pero no alcancé a ver nada. Nos fuimos a dormir a la sala. A las 3:00, Pina me dijo que escuchaba su nombre y no estaba dispuesta a seguir padeciendo pesadillas por culpa de ese animal. Vamos ahora mismo a agujerar la pared para sacarlo, agregó.

Traté de convencerla de escarbar después del alba. Me recordó a la iguana; había escapado antes de los primeros rayos solares y durante el día no supimos de ella. Deberíamos actuar antes del amanecer o nunca nos libraríamos de la alimaña.

Nos pusimos ropa de trabajo, tomamos linternas, herramientas y escalera. Salimos al patio trasero decididos a deshacernos del problema. Con mazos en mano, abrimos los boquetes reparados, picamos los ladrillos, revisamos la instalación del aire acondicionado y vimos un hueco de unos cuantos centímetros en el canal por donde pasaba la manguera del aire. Eran las 3:30.

Pina subió a la escalera y vio una luz. Algo se movía. ¡Juro haberlo visto también! La adrenalina hizo a Pina tomar la iniciativa. Me pidió sujetarla mientras se acercaba con la linterna. ¡Imposible! ¡No vas a creer lo que estoy viendo! Sus palabras se fueron desvaneciendo en el silencio. Como si un vacío se hubiera formado al final del hueco, ella fue aspirada. Su menuda cintura se me escapó de las manos. ¡Traté de asirla por los muslos, las rodillas, las pantorrillas, los pies!, pero desapareció. El último jalón me costó el equilibrio sobre la escalera. Se me fue hacia atrás. Yo quedé colgando, detenido de los bloques. Solo quedaba la pared, ningún hueco de luz, ninguna succión. ¡Nada!

Caí al césped. Estaba en shock. Yo aseguraba estar en medio de una pesadilla a merced de un demonio maya. No podían ser ciertos los sucesos recientes. Me incorporé. Tomé el mazo y me dediqué a azotar la pared mientras llamaba a gritos a Proserpina. Los vecinos escucharon el escándalo. Tres de ellos tocaron mi puerta. Les abrí. Pedí que trajeran herramienta para derribar la pared porque Pina estaba atorada. Tres hombres y yo estuvimos golpeando con fuerza. Después de unos minutos, dos de ellos me detuvieron. Era imposible, dijeron, una persona no podía caber en el canal del climatizador.

Llamé a los albañiles del hotel y les pedí derribar el maldito aire acondicionado y todos los tabiques. La habitación lucía como una ruina recién bombardeada, con un muro a la mitad. Pina no apareció.

Llegó la policía. Tomaron mi declaración. Me llevaron detenido. Excavaron en mi jardín, pero Pina no estaba ahí. Se había perdido entre los bloques de concreto y el ducto del aire acondicionado. Eso ya no existía. Después de un par de días y una cifra de varios ceros, salí de ese lugar inmundo.

He ido a la oficina y anoche al volver me quedé observando el espacio sin muro. Se me ocurrió poner dos mástiles y un travesaño en donde estaba la pared. Dos ideas cruzaron mis ojos al ver la estructura. La primera, macabra. Bastaba colgar una cuerda en medio de la viga, anudar un círculo corredizo al final y… La segunda idea, sólo un niño podría haberla tenido: colgar una base a la altura de donde estaba el túnel y poner una hielera con botellas de agua y alimentos para Pina, por si el canal se abría. ¡Y ocurrió! El pasaje se abrió en medio del vacío, llevándose el contenedor. Quizá Pina regresaría más tarde ya sin obstáculos.

Sólo restaba esperar lo improbable: ver salir a Pina, antes de decidirme a ejecutar la primera idea

Sin duda moriré irremediablemente en este lugar. Nunca he conseguido comida con mis propias manos, podría intentar matar algún animal pequeño cuando mi hambre pase por alto la condición de carne cruda, porque tampoco sé hacer fuego. No podría hervir el agua de este cenote cercano. Estoy a merced de todas las alimañas. Esto si es miedo y no el chiste de las noches recientes.

La primera vez soñé a un individuo tratando de entrar en nuestra casa. En medio de la duermevela, el cortisol de mi organismo me puso en modo de supervivencia y tomó el control de mi cerebro. Mi corteza prefrontal aletargada por el sueño redujo mi capacidad de razonar. Sentí miedo. Al final resultaron ser ruidos provocados por una iguana… No cualquier iguana. Seguro era un animal de este lugar.

La segunda noche de ruidos sentí el tipo de miedo generado en mi amígdala. El más primitivo. Estalló como una granada cuando mi florero de vidrio cayó al piso. La tercera noche fue la peor.

No tenía lógica mi paradero. No era de madrugada. Calculé estar en plena tarde, como a las 15:00 o 16:00 horas. Intenté tranquilizarme meditando. Me propuse pensar de manera racional. Una hipótesis me asaltó: así como las corrientes de aire circulan gracias a las diferencias de temperatura, los objetos eran succionados o escupidos según las diferencias de presión entre ambos lugares.

Mientras tuviera fuerza estaría pendiente para detectar la siguiente apertura. No esperé más de diez minutos. ¡Ocurrió! Escarbé con fuerza y el flujo de presiones me fue favorable para pasar por el conducto. Topé con el muro y el aire acondicionado. Empecé a golpear con vigor. Era inútil. Gritaba los nombres de Ernesto y el mío, pero mi voz quedaba ahogada en la burbuja de aire dándome oxígeno desde el Cancún de este lado.

Atrapada entre los dos mundos, mi humanidad presentaba cierta maleabilidad y mientras golpeaba los ladrillos retorciéndome ante mi impotencia, vi a través de las rejillas del aire acondicionado cómo mi hermoso florero caía al suelo. Después fui succionada otra vez hacia este lado.

Recordaba a Ernesto abriendo boquetes en la pared un día después del episodio con el florero. Ese día no pasó nada, por lo tanto, aquí no hubo ninguna apertura durante la noche.

El clima estuvo templado y me hice un ovillo sobre el lugar en donde se abría el hueco. Logré dormir un poco. Estuve llorando hasta el amanecer. ¡Si supiéramos código morse podríamos habernos enviado mensajes!

Tenía hambre y sed, pero aún razonaba. Enumeré mis conclusiones:

Entre “mi” Cancún y este, existía un desfase de doce horas, pues mientas allá era de noche, aquí era de día, por eso el canal se abría en la noche de allá y en el día de aquí.

Además, de forma independiente, se tenían otras doce horas de desfase entre mundos. Lo que yo veía aquí de “mi” Cancún, ya había sucedido doce horas antes. En total eran 24 horas de diferencia.

Yo salí el domingo en la madrugada de “mi” Cancún, pero vine a dar aquí el sábado en la tarde y lo que vi cuando me asomé a “mi” Cancún” ya había ocurrido el sábado en la madrugada.

Me preguntaba si podría impedir mi salida desde allá, pero no parecía ser posible. Yo seguía aquí. ¡La maldita iguana causó una paradoja! La única manera de regresar, era escapar por el pasadizo antes de morir.

El segundo día de mi estancia en el Cancún paralelo, me hice con unas cuantas palmas y permanecí bajo su sombra, sobre el portal. A media mañana, sentí cómo volvía a aparecer la hendidura. Me jugaba el todo por el todo para romper el bucle. Con un hilo de energía en mi ser, logré doblar el material plástico del aire acondicionado. Descansé. Después de un rato reinicié mis intentos. Azotaba la pared y conseguí desmoronar parte de la piedra, pero ni mi viscosa humanidad cabía por las hendiduras.

Estaba débil. Calculé la hora. Aquí debían ser como las 15:00 o 16:00 horas y allá las 3:00 o 4:00 del día anterior, cuando había escuchado mi nombre. El pasaje se abrió. Aposté mi última dosis de energía en un grito. “¡Pina, Pina! ¡No vayas a subir por la escaleraaaa!”. Fue inútil, no pude romper la paradoja porque yo permanecí aquí. Las presiones atmosféricas cambiaron y fui succionada junto con todas mis esperanzas a este Cancún solitario.

No sabía cuántos días habían pasado. Estaba casi desmayada y sin poder moverme. Tenía alucinaciones y lo vi. Un contenedor de hielo sobre los matorrales… ¡Vaya alucinación!

¿Valdría la pena ir a revisar? Como dije, sin duda moriré irremediablemente en este lugar.

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María Guadalupe Pérez Estrada

María Guadalupe Pérez Estrada. Nació en la Ciudad de México y creció en una atmósfera de literatura. Ingeniera de profesión, MBA, Diseñadora de modas y creativa por pasión.
Ama coleccionar lecturas y música. Le gusta la tecnología y hacer existir frecuencias, imágenes y palabras con historias de los universos que habitan en su mente.

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