Los cuenta horas

Al recibir el anuncio de su muerte, Amaranta, la nieta preferida de Aurelio, expresó: “ya lo sabía”. Sin lágrimas que obstruyeran esas cinco sílabas escuetas, dejó el apartamento para dirigirse al área de urgencias del hospital indicado en la llamada recibida. Encontraría una mirada aislada en esos ojos sumidos, perdidos, en los prominentes y saltados pómulos.

En el trayecto, Amaranta se perdería en sus pensamientos revolviendo los diferentes pasados: la niñez con su juventud y la juventud con su adultez, confundiendo momentos e historias de su vida al lado del abuelo. Llegaría al hospital e iría, sin demora, a la habitación. El médico de turno le daría la noticia:

—Debe identificar el cuerpo de su abuelo.

Lo reconoció sin duda alguna. Estaba tendido en la helada plancha, cubierto apenas por la delgada y desechable sábana. Descubrió un cuerpo irreconocible por su delgadez, abandonado, al verlo, Amaranta incluso pensó que aquel anciano había muerto tras una prolongada huelga de hambre. Sin embargo, también parecía un hombre que duerme sin deudas, sereno y satisfecho.

El médico asentó en el certificado: “paro respiratorio”, no se atrevió a certificar la verdad: “muerte por deshidratación”. Según el doctor Melquiades Inguarán Mares, había perdido la vida totalmente seco, sin gota de agua en el cuerpo, recurrió a todo el bagaje que su entender y conocimiento le permitieron sin poder atinar la causa. Prefirió faltar al juramento, traicionar a Hipócrates y no asentar la causa que provocó su muerte: “se pegaron los pulmones por resequedad”, fue una falla pulmonar peculiar.

El médico, sin poder explicar científicamente la causa, no se atrevió a desgastar su prestigio, mucho menos a presentarlo en algún foro científico, imposible en alguna revista. Pues su investigación revelaría: “Sujeto masculino, 74 años cumplidos, complexión robusta, cabello y dentadura completos hasta ciento once días antes de su fallecimiento, excelente condición física y muy sociable. Síntoma causante de la muerte: llanto”. Inicio del padecimiento: “ciento once días antes del suceso”. Descripción del padecimiento: “llanto incesante durante todo momento, al comer, al dormir —de día—, y en la noche, el llanto pareciera estar relacionado con una repentina arribazón de nostalgia y arrepentimiento, depresión y, sin duda, tristeza.

Dejó de comunicarse, es decir, de platicar. Por los últimos ciento once días, tan solo en una ocasión habló. Fue el día uno del padecimiento, y lo hizo con su nieta, a quien le dijo: “Fui lo mejor que pude. Hice hasta donde mi pensamiento, mi ser y mi inteligencia me iluminaron, concebí a la alegría como parte de mi vida, compartiéndola a todo aquel que me rodeaba. Alejando la tristeza, me ocupé día tras día tanto de esto, apliqué casi todo mi esfuerzo en ello, me esforcé tanto por ser ecuánime, que enterré la amargura y el llanto. Ahora, dejaré salir todo lo que aprieta mi corazón. Toda tortura que lastima y maltrata mi espíritu. Hoy iniciaré a contar las más de dos mil seiscientas horas que debí llorar”.

(Abril, 2022)

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Ricardo Ramírez López

Ricardo Ramírez López nació el 11 de noviembre de 1958. Contador Público Certificado, egresado de la Escuela Superior de Comercio y Administración del Instituto Politécnico Nacional (1976-1980). Pertenezco a la 1ª Generación de Contadores Públicos Certificados por el Instituto Mexicano de Contadores Públicos, A.C. Socio fundador (1986) de la Firma de contadores públicos; Ramírez López, S. C. Actualmente participo en múltiples Consejos de Administración en sociedades, entre otros, de la industria farmacéutica, aero-espacial y de la construcción. Desde pequeño fui inmerso en el mundo de la escritura, tal vez me viene de herencia, ya que mi abuelo paterno y dos de mis tíos abuelos también paternos, fueron escritores en algunos diarios de circulación nacional. Así mismo fueron autores, entre otros, de novelas y cuentos.

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