En el estado de Guerrero, cerca del poblado de Balsas, se encuentra la comunidad de Campo Morado, que antiguamente fue un pueblo minero. Se trata de un lugar pintoresco, muy caliente, que aun conserva el sabor campirano, apacible, donde todavía la gente se conoce entre sí, se saluda con cariño y vive tranquila.
Allí nació Valentín, un chamaco que, cuando era pequeño, preocupaba a sus padres porque le gustaba salir al campo solo. En alguna de aquellas tardes su papá lo siguió sin que él se diera cuenta, para descubrir que Valentín se sentaba sobre una gran piedra a orilla del río Balsas, comenzaba a chiflar en un tono especial, y luego gesticulaba, se movía de un lado al otro y reía de buena gana, pero no había nadie. Estaba solo.
Para Valentín, tras pocos minutos, llegaba su amigo imaginario, llamado Chaco, con quien platicaba durante un buen rato. En su conversación, juntos luchaban contra unas iguanas gigantes y enormes mazacuatas, serpientes como de 15 metros que se pueden comer un venado y hasta una vaca. Su misión era eliminar a esos depredadores y para ello contaban con unos rifles que cargaban terciados al hombro y que, en vez de balas, lanzaban un fuego mortal. Cuando salían a cazar lo hacían montados sobre unas grandes águilas, en las cuales sobrevolaban toda la región.
Pasó el tiempo y las charlas entre Valentín y Chaco fueron siendo cada vez menos frecuentes hasta que desaparecieron. Sin embargo, ya de adolescente, Valentín seguía siendo un chico solitario. Ahora tenía sus colecciones de insectos y mariposas. Tenía preferencia por la mantis religiosa, conocida en el pueblo como ranilla. Tres características que le llamaban mucho la atención de la mantis religiosa eran el hecho de que podía mimetizarse en muy poco tiempo: de tener un color verde que se confunde con una hoja, pasaba a un color café profundo como los palitos secos de la madera. También le sorprendía que, en los momentos de copulación, la hembra mataba y se comía al macho, y que no solo se alimentaba de insectos, sino que también llegaba a cazar colibríes. Valentín, además, sabía que si una vaca se come una ranilla, ésta se infla tanto que si no le pican la panza se muere en poco tiempo.
Cierta tarde, andaba en busca de escarabajos, de los cuales ya tenía dos de color tornasol y tres de cuerno grande, pero ahora buscaba un ruedacacas que, como su nombre lo dice, lentamente empuja con su cuerno una bolita de caca de algún animal. De repente vio una ranilla que se movió para esconderse dentro unas piedras cubiertas de hojarasca. La perdió de vista y solo vio saliendo de entre las piedras una varita seca que tenía la apariencia de un pequeño brazo humano. Le llamó mucho la atención, tanto que fue a su casa y regresó con algo de herramienta para seguir investigando. Con mucho cuidado fue retirando las piedras y escarbando para descubrir que era un grotesco ente petrificado que poco a poco quedó al descubierto. Era un pequeño hombre rana. El descubrimiento no le dio miedo, siguió observándolo y éste comenzó a tomar vida… Primero abrió los ojos, luego abrió mucho la boca como bostezando, comenzó a balbucear y pronto pudo hablar.
—Gracias por encontrarme. No soy ningún genio ni voy a cumplirte ningún deseo. Soy el resultado de un terrible conjuro, del cual fui víctima hace más de 200 años. Solo tu voluntad y tu buen corazón podrán ayudarme para recobrar mi estado natural de humano.
Aunque no tenía miedo, Valentín estaba muy sorprendido. Recordó las interminables pláticas que tenía cuando era niño con su amigo Chaco, pero ahora era distinto: estaba frente a un ser muy raro que medía unos 30 centímetros. Su cabeza era de rana, sus brazos y sus piernas muy largos y desproporcionados. Cuando lo miró, sintió que aquel hombrecillo tenía un poder sobre él: debía obedecerlo; sin embargo, regresó corriendo a casa y le platicó a sus padres lo que había encontrado, pero no le creyeron, al contrario: pensaron que había vuelto a tener conversaciones imaginarias, pero que por su edad ahora ya no eran tan normales…
Pasó muchas horas sin saber qué hacer. Por un lado, sentía la obligación de ayudarlo, pero por otro tenía la duda de si lo estaba engañando. ¿Y si se trata de un duende malvado?, pensó Valentín.
Al siguiente día regresó al lugar, ahora con mucho temor y curiosidad, pero con ánimo de ayudar a ese extraño ser. Cuando lo vio, el hombrecillo le gritó:
—Sabía que regresarías. Sé que eres un buen muchacho y que me ayudarás, porque ahora que me has descubierto, sin tu ayuda solo tendré dos días más de vida. Te contaré por qué estoy aquí, para que me ayudes…
Me llamo Joamet, vengo de un reino desconocido donde se venera a la Reina Croabita, quien por medio de un rayo del divino sol creó todo el universo. En ese lugar las ranas son sagradas. En la gran plaza hay un enorme charco rodeado de bellas flores donde habitan cientos de ranas de todas clases. Cuando toca la gran campana, todo el pueblo se reúne alrededor para venerarlas. A lo largo de todas las calles hay canales para que vivan a gusto estos batracios y en la cima del cerro picudo, mirando hacia el valle, se encuentra el templo sagrado, allí están las gigantescas estatuas donde se veneran las otras diosas, hijas de Croabita: Mirla, diosa de la salud; Rami, de la fertilidad; Turla, de la lluvia; y otras siete que por no cumplir con las peticiones de los feligreses se encuentran tapadas, sin mencionar su nombre, hasta que la santa Madre Croabita levante su castigo. Yo trabajaba como artesano en el castillo del reino. Me enamoré profundamente de la princesa Filina, ella era inalcanzable para mí, por eso solo me conformaba con verla pasar todos los días. Ella se daba cuenta y, cierto día, al pasar volteó a verme y me sonrió, pero con tan mala suerte para mí que la vio el brujo Cambujo, que la acompañaba. Se lo comunicó al rey, quien, encolerizado, mandó que me apresaran y me ahorcaran. Pero el brujo le dijo que tendría un castigo peor para mí: convertirme en rana y enviarme a este lugar para vivir petrificado una eternidad. Pasaron 100 años hasta que el brujo Cambujo recordó que había sido muy cruel conmigo, que la falta no era tal como para ese castigo, por lo que invocó a los espíritus del terror y la maldad para un nuevo juicio. En medio de una gran cueva oscura, mi espíritu se encontró rodeado de siete espíritus malignos, quienes discutían si me levantaban el castigo. Después de unas horas de discusión, los jueces, por votación dividida, dieron su veredicto: me darían una oportunidad de vivir nuevamente, con la condición de que si en un futuro remoto alguien encontrara mi cuerpo, podría regresar a la vida bajo ciertas condiciones, pero solo servirían por el escaso tiempo de tres días. Espero que confíes en mí para que pueda regresar a la vida. Como el tiempo ya está corriendo, en cuanto puedas, prepara un ramo con laurel, ruda y hojas de la mala mujer, lo mojas en un charco donde haya huevos de rana y limpiarás con ello todo mi cuerpo.
Era época de lluvias, así que fue fácil encontrar charcos para mojar el ramo mágico, aunque Valentín tenía un poco de dudas al identificar cuáles eran las hojas de la mala mujer, sin embargo estaba cumpliendo con la primera tarea. Gran sorpresa tuvo Valentín cuando, conforme iba limpiando los miembros de aquel hombrecillo, comenzaba a temblar cambiando, poco a poco, de un aparente aspecto de rama seca a la textura de carne humana.
Ambos rieron con felicidad por lo que estaba sucediendo, animándose para eliminar el horrible conjuro.
—Debes conseguir un escarabajo tornasol, quitarle cuidadosamente su cuerno que tiene al frente. Ese cuerno, con mucho cuidado, lo clavarás en mi frente mientras pronuncias las palabras mágicas: “Que el poder de este cuerno acabe con el aspecto que tengo y vuelva a ser como un humano”.
Al realizar el segundo requisito y clavar el cuerno en la frente de Joabet, éste gritó de dolor. Valentín dudó sobre si seguía empujando, pero cuando vio que cambiaba de color y de aspecto, se sintió tranquilo. Un rato después, Joabet reía a carcajadas y Valentín brincaba y aplaudía sin cesar. La felicidad de ambos ya era incontrolable, el horrible aspecto de rana había desaparecido y el rostro sonriente de Joabet estaba a la vista.
Pero faltaba lo principal: recobrar el tamaño y la movilidad para salir de ese agujero donde se encontraba, ya quedaba poco tiempo, solo unas horas de la tarde y la última condición era más complicada.
—Le cortarás la cola a una iguana verde, tomarás un puñado de huevos de rana del charco más cercano, los huevos los colocarás sobre mi vientre. Una vez colocados no podrás tocarlos, pero con la cola de la iguana que traerás contigo, los irás separando uno a uno de ese puñado gelatinoso, hasta formar un círculo alrededor de mi ombligo diciendo: “Este conjuro ha terminado”.
Ahora Valentín sí tenía un gran problema, porque era amante de los animales y no quería dejar mutilada a una iguana. Sabía perfectamente donde encontrar una, pero su dilema era decidir si ayudar a Joabet o no, y el tiempo seguía corriendo: ya solamente quedaban unas cuantas horas. Antes de que Valentín decidiera si hacerlo o no, la tarde se tornó oscura, un gran viento comenzó a soplar, los techos de las casas se desprendieron de los muros, empezó a llover cada vez más fuerte y no dejó de llover hasta que todo el pueblo desapareció arrastrado por el agua.






