La maratonista

Víctor trabajaba en la tienda de abarrotes del barrio desde muy chavito. Tenía una sonrisa bonita y siempre fue muy extrovertido. Platicaba con los señores y coqueteaba con las señoras, porque pensaba que así vendía más.

La señora Dominga pasaba todas las mañanas por un yogurt y un Yakult. Le decía a Víctor que se estaba cuidando y en cada visita le preguntaba si ya la veía más delgada. La señora Carmen iba dos veces a la semana y siempre le decía “corazón”. Dame medio kilo, corazón. Échame dos pesitos más, corazón. Córtala más gruesa… corazón. Insinuaciones, no. Eufemismos, tampoco. Directas, todas.

Víctor estaba seguro de que todas las señoras del barrio querían con él. Él sabía que no era que estuvieran enamoradas, pero pensaba: me quieren agarrar. Qué sería de sus días si no me vieran. Todo el tiempo viendo puro señor feo, panzón y borracho aquí en las esquinas. Existir era su obra de caridad para todas las mujeres de la colonia.

Un día, doña Cándida entró a la tienda. Era tarde noche, la mejor hora de ventas en la tiendita, pero esa vez no había nadie más. ¿Qué le voy a dar, doña? Doña Cándida se le quedó viendo, primero sin expresión y después le sonrió. ¿Quiere probar la pechuga que me acaba de llegar? Está bien buena. Doña Cándida no respondió con palabras. Agachó un poco la cabeza y sonrió más. Sin enseñar los dientes, solo levantó las comisuras de los labios sin perder el contacto visual. Lo que empezó pareciendo un coqueteo, se estaba convirtiendo en una escena de terror.

Víctor se puso nervioso y sonrió. Cortó un pedazo de la pechuga y se la ofreció con la mano temblorosa.

—¿Qué pasó, Cándida? ¿Se quedó muda por tanta belleza que le manejo? —dijo Víctor sin poder sostenerle la mirada a la señora.

Doña Cándida se acercó despacio al mostrador, sonrió todavía más y soltó un manotazo sobre el refrigerador. ¡Tras! Las gelatinas se sacudieron, las lechitas de chocolate se sacudieron y Víctor se sacudió más. El miedo lo inmovilizó y lo dejó con la mano estirada ofreciendo la pechuga de pavo. Cándida acercó la cara, abrió la boca rápido y cuando estuvo lo suficientemente cerca de la mano de Víctor, se detuvo. Tenía el gesto de un perro que está por soltar una mordida. La mano de Víctor seguía temblando y la saliva de Cándida se escurría. Cándida tomó la pechuga y gran parte de los dedos de Víctor en algo que no fue una mordida, sino una babeada monumental. Un momento de cinco segundos que se sintió como un año.

Cándida salió de la tienda soltando una carcajada y se quedó parada de espaldas afuera. Víctor no podía respirar, seguía con el brazo estirado y los dedos mojados, quería gritarle que se fuera, pero no pudo. Cándida comenzó a correr a toda velocidad. No tenía la agilidad de una señora de 73 años, tenía la de un chamaco de 16 que se escapa por la ventana en la madrugada.

Víctor intentó seguir la jornada, pero no se sacaba a Cándida de la cabeza. Estaba fuera de sí, sentía que todo había cambiado para siempre. Un rato después, entró la señora Rosa. Ella siempre pagaba con monedas y Víctor pensaba que lo hacía a propósito para pasarle el cambio y rozarle los dedos. Víctor a veces se reía para sus adentros y pensaba: seguro es el único contacto físico que ha tenido en toda la semana. Qué suerte que fue conmigo.

Rosa hizo un pedido grande: queso, jamón, latas de garbanzo, frijoles, Fabuloso morado y hasta se llevó dátiles a granel.

—Son 672 pesos —dijo Víctor, casi sin voz.

—¿Qué tienes, mijo? —le contestó Rosa.

—Naa… nada —dijo Víctor carraspeando.

—Andas ronco. Es que siempre andas con esas playeritas sin mangas. Ya te dio un aire.

—No se preocupe, seño. Estoy bien.

—Bueno. Si te sientes mal en la noche, ya sabes. Miel con limón.

—Sí, gracias, señora Rosa.

Esta vez, Rosa pagó casi todo con monedas de 5 pesos y cada que le pasaba una, Víctor se imaginaba que no solo le rozaba los dedos, también le rozaba la palma de la mano, la muñeca, el antebrazo, la axila y lo que alcanzara. Víctor se quedó inmóvil, otra vez. Empezó a creer que las señoras ya no estaban conformes solo con el coqueteo, darle consejos y verle la espalda cuando les pasaba las latas de frijoles que estaban en el estante más alto. Ahora se lo querían comer. Querían hacerle brujería. Querían turnarse para llevárselo a sus casas y cada una quedarse con una parte de su cuerpo de recuerdo.

Entonces, la imagen de Cándida sonriendo ya no era la única en su mente. También se le apareció la imagen de la señora Dominga esparciéndoleyogurten el hombro para después lamerlo. La señora Carmen diciéndole corazón al oído, sin el diente de enfrente, escupiendo un poco como escupe cuando le pide dos pesitos más de queso panela. La señora Cándida sonriendo. La señora Cándida acercándose al mostrador. La señora Cándida babeándole los dedos. Víctor no pudo más. Empezó a hiperventilar y salió corriendo sin bajar la cortina de la tienda. Cuando dio la vuelta a la cuadra, se encontró a Cándida sentada con su nieta en un par de sillitas que habían sacado a la calle. Ambas tomaban de la misma caguama, por turnos.

—¿Qué pasó Víctor? ¿Cómo te va? —dijo la nieta de Cándida.

Víctor tenía miedo, pero quería respuestas. No se acercó, pero sí respondió.

—Bien, bien, Ale, aquí nomás. Hace rato vi a Cándida. ¿Verdad, Cándida? —dijo Víctor casi sin voz.

—Te hablan, abue —dijo la nieta, dándole un empujoncito con el brazo a su abuela.

Cándida se quedó en silencio. No volteó a ver ni a su nieta ni a Víctor y le dio un sorbo a la caguama.

—Ya casi no habla. Hace rato la mandé por unas papitas contigo y se perdió —dijo la nieta.

—Ah, pues pasó muy rápido por la tienda. No creas que estuvo mucho tiempo conmigo —dijo Víctor defendiéndose de una acusación que nadie le estaba haciendo.

—No, ya sé. Me la encontré corriendo en la calle de acá abajo.

—Ahhh, corre bien rápido, ¿no?

—Sí, eso sí. Corre rapidísimo. Da miedo. Tú la ves aquí sentada y parece que anda con bastón, pero no.

—Ahhh, bueno. ¿Y hace mucho eso? Yo nunca la había visto —respondió Víctor con un poco de alivio.

—Pues, no mucho. Tiene unos días que le agarró por echarse a correr. De haber sabido, la metíamos a correr los maratones esos de Reforma, ¿a poco no, mi Candi?

Cándida no respondió, le dio un sorbo a la caguama y sonrió con la misma sonrisa tenebrosa que le había compartido a Víctor en la tienda un rato antes. Se levantó y se echó a correr.

—¡Pérate, Cándida! —gritó su nieta mientras le daba un último trago a la caguama y tomaba vuelo para correr tras ella.

Víctor respiró. Pensó por un momento que ese no era su problema y que no se trataba de él, que lo que había pasado solo era obra de una señora confundida y que cualquiera podría ser víctima de las cosas raras que estaba haciendo. Recordó que dejó la tienda abierta y caminó hacia allá, pero cuando llegó, no estaba solo. Ahí estaban los tres: Cándida, Víctor y un ataque de pánico que regresaba con más fuerza.

Víctor y Cándida se vieron a los ojos. Víctor sintió un escalofrío en la espalda que lo sacó disparado de la tienda. Cándida le dio ventaja, disfrutó verlo correr aterrado y unos segundos después, se lanzó detrás de él con la emoción de una maratonista que ve la meta cerca. Víctor comenzó a escuchar las carcajadas de Cándida casi en el oído, solo unos centímetros atrás. A lo lejos, escuchaba también los gritos de la nieta: ¡Pinche Cándida, vas a ver! ¡Te voy a agarrar!

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Georgia Alcaide Moreno

Georgia Alcaide Moreno nació en la Ciudad de México. Desde niña mostró interés en la escritura de textos cortos, quizá porque la ciudad que tanto ama, y que habita, también existe en historias breves: interacciones, miradas, traslados apretados y esquites.

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