La maldición de la calle Naranjo

Mi tío abuelo Genaro era un mal señor. Uno de esos que morboseaba a las vecinas en la calle. Y tenía un buen repertorio. Tenía el tipo de morboseada que incluía piropos: “Dios bendiga el tornillo que sostiene la llanta de la grúa que trajo el cemento por donde camina ese monumento.” Y tenía el tipo de morboseada perversa. En ese tipo, el plan de acción era solo seguirlas y detenerse cuando ellas volteaban asustadas. Así se iba hasta que llegaban a sus casas.

Genaro es un caso extraño en la familia porque todos sabemos muchos detalles de su vida. Incluso mis sobrinos, que son chiquitos, saben muchas cosas de él aunque nunca lo conocieron. Yo tampoco lo conocí. Cuando nací, el tío Genaro ya tenía unos ocho años de muerto, pero las historias sobre su vida y su muerte nunca faltan en las comidas y reuniones familiares.

El otro día, en el cumpleaños de mi sobrina Carito, mis dos primos se pusieron a contar que Genaro conoció a Vicente Fernández.

—Oye, ¿tú sabías que Genaro conoció a Vicente? —dijo mi primo Kevin.

—Ora, ¿qué Vicente? —contestó mi primo Mario.

—Pues Fernández. Y resulta que el Vicente andaba atrás de su hermana de Genaro. ¿Te imaginas que le hubiera hecho caso?

—¿Cuál hermana de Genaro?

—Pues Tachi, nuestra abuelita.

—¡Ah, no manches! No había conectado que Tachi era hermana de Genaro. ¿Cómo se llamaba Tachi?

—Pues quién sabe, así le decían.

—Bueno, ¿y qué pasó con Vicente y Genaro?

—Pues eran bien compas y se supone que le ayudó a escribir algunas de sus canciones.

—Ahhh, ese tío Genaro. Seguro fue la de “Mujeres Divinas”. Esa es mi favorita.

—Esa mera, y dicen que también la de “Estos Celos”. Bien talentoso ese Genaro para hablarle a las mujeres.

—Serán mensos. “Mujeres Divinas” es de Martín Urrieta, el mismo don que compuso “Urge”. Y la de los celos es de Joan Sebastian. ¡No chinguen! —Les dije con más ganas de corregirlos que de meterme a la conversación.

—Claro que no, mano. Eso dicen, pero también ahí andaba el Vicente pegado con él, el gran Genaro. —Me contestó bien seguro Kevin.

Me dieron flojera y ya no quise seguir en la conversación sin sentido, pero tuve la esperanza de que mi interrupción sirviera para que dejaran de decir tonterías. No funcionó.

—Pues sí hombre, era medio cusco Genaro, pero ya de viejito se hizo buena gente. —Siguió neceando Mario.

—Pues sí, ya era muy tranquilo. Ya nomás se paraba en la esquina y no molestaba a nadie. Le gustaba que le diera el sol.

—Pobrecito. Estuvo bien feo cómo lo atropelló la carroza aquí en la esquina, ¿verdad?

—Sí, mano. Ni para el entierro lo echaron en carroza. Se lo tuvieron que llevar en la combi de tu papá.

—Qué feo, pobrecito.

—Sí, pobrecito.

Ese día, a Kevin se le despertó algo. Una maldad. Después de una caguamas agarró valor y le quitó el micrófono del karaoke a su hijita. “Sepan todos, bola de insignificantes, que yo quiero ser como Genaro, pero sin la atropellada. Yo no quiero ser como Tachi, que a pesar de que fue mamá soltera y tuvo como 28 hijos, ni sabemos cómo se llamaba. Están avisados: yo voy a empezar a buscar mi camino. Mi legado. ¡Mi forma de ser recordado!”

La verdad, a todos nos gustó la rima y la aplaudimos, pero desde ese día el Kevin estuvo raro. Se ponía en la ventana toooodo el día y le gritaba a la gente: “Cht. Oye, oye. Agüas que no se vaya a hacer aquí tu perro, ¿eh? Ya te vi”

Un día en la mañana salí a la calle y Kevin estaba pegando un letrero escrito a mano en la puerta de la casa: “Ya sé quién eres y ya vi a tu pinche perro que se anda miando. La próxima vez les parto su madre.”

Por aquí hay mucho perro callejero y me dio cosa que el Kevin saliera a darles de escobazos o a gritarle a quien sea cualquier cosa. Entonces me saqué un banquito a la calle y mientras Kevin le gritaba desde adentro a la gente, yo me disculpaba. Él gritaba, yo me disculpaba.

Había ratos que no pasaba nadie y estábamos los dos en silencio. El Kevin estaba enojado conmigo porque decía que le quería robar el protagonismo con los vecinos y me hizo la ley del hielo. Pero hubo un domingo bien tranquilo. No pasó nadie como en unas cuatro horas y el Kevin era orgulloso, pero era más desesperado y ya borracho no se aguantaba las ganas de platicar.

—Oye, mano. Era en serio lo que dije el otro día en el cumple de Carito. Yo quiero que todas las generaciones de la familia me recuerden.

—¿Y cómo le vas a hacer, Kevin? ¿Te vas a poner a acosar a las morras, como Genaro?

—Claro que no, Rodrigo. Eso ya no se puede hacer. Y tampoco quiero que me atropelle una carroza aquí afuera. Entonces estoy tomando acción en vida.

—¿Y quieres que te recuerden como el loquito que odiaba a los perros?

—Pos sí, pero ese no es el chiste. El chiste es hacer algo memorable y ya luego los demás se hacen cargo y se ponen a contar más cosas de tu vida. Quiero que partan el pastel de mis sobrinas nietas y que mientras cantan las mañanitas, alguien diga: “¡Ayyy!, ¿te acuerdas de Kevin? Le encantaba el pastel de tres leches. De hecho esta receta es suya. Cocinaba súper bien.” Aunque no sea cierto. Quiero que cuenten mis verdades y que exageren. Que hablen de mi siempre y por todo.

—No, pues, sí lo tienes todo bien pensado. —Respondí con sarcasmo.

En eso apareció una señora en la otra banqueta paseando a su perrito enfermo y empezamos nuestra coreografía de siempre.

—La estoy viendo señora. Cuidadito y su perro se hace aquí. —le gritó el Kevin ya bien borracho.

—Perdón, señora. —Le dije yo más bajito.

—Nada de perdón, nada de perdón. Disculpese usted, señora. Su perro mión siempre está aquí arruinando mis plantas.

Ya no se alcanzó a escuchar lo último que gritó porque se levantó hacia la puerta y salió como loco a la calle.

—Órale pinche doña, venga para acá.

Y mientras cruzaba la calle para seguir echando bronca, se lo llevó una combi.

Kevin se murió y ahora lo recuerdan, pero no como él quería. En vez de convertirse en el señor que no daba pensión y que le gritaba a los vecinos desde la ventana, se convirtió en la segunda víctima de la maldición de la calle Naranjo: La maldición de los atropellados.

Aunque en algo sí tenía razón Kevin. Para que te recuerden, hay que ser un mal señor. O un atropellado. O si se pueden las dos, mejor.

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Georgia Alcaide Moreno

Georgia Alcaide Moreno nació en la Ciudad de México. Desde niña mostró interés en la escritura de textos cortos, quizá porque la ciudad que tanto ama, y que habita, también existe en historias breves: interacciones, miradas, traslados apretados y esquites.

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