La señorita Lourdes bebía un té verde en la terraza, recostada sobre una reposera de alberca. Disfrutaba la vista de su entorno envuelta en su bata favorita color fucsia, obsequio de un pretendiente por su cumpleaños. El día amaneció agradable para ella: nublado. Por momentos suspiraba sin motivo. Cuando le daba por pintar, echaba un vistazo a su entorno para inspirarse en la naturaleza, en los campesinos que circulaban por las calles angostas, arreando ovejas, en las mujeres llevando un chiquihuite con pan artesanal o rollos de flores en el reboso sobre la espalda. Formaba un cuadro con los dedos de ambas manos buscando el mejor ángulo, alejándolo y acercándolo a su ojo. Invertía el pincel y medía el objetivo a través de la punta y lo llevaba al cuadro para proceder. Cada tercer domingo se llevaba su caballete al parque con sus utensilios. Lourdes observaba primero su entorno con una mirada cazadora, buscaba señoritas atractivas para abordarlas y convencerlas de dejarse pintar en su estudio. Se acercaba el mes del arte. Había visto a una señorita alta, apiñonada, de cabello negro con rayitos plateados, vestida con saco negro y falda gris con tablillas: era la secretaria del banco central. Por las mañanas, atravesaba la calle principal haciendo sonar sus zapatillas oscuras. Sonrió para sus adentros al sentirse identificada con el cuerpo de la chica. Le gustó como modelo. La comitiva, cada año, le enviaba a Lourdes una invitación para que participara. Ella declinaba, con cualquier pretexto. Esta vez no iba a dejar pasar la oportunidad para ser galardonada en su propia ciudad. Su idea era pintar a la secretaria del banco desnuda, acostada bocabajo sobre una cama libros, con las piernas elevadas, y mostrando una sonrisa pícara. Su cabellera negra, semi recogida por dos palillos y mechones plateados y negros colgándole alrededor. Lourdes estudió pintura en la UNAM. No aceptó casarse con ninguno de los varios pretendientes que se le acercaron. Firme en sus convicciones, siempre les hallaba algún defecto. Atendía una llamada de larga distancia desde la terraza, sonreía y manoteaba muy alegre de la vida. Conversaba con un hombre maduro que conoció en una exposición de sus cuadros.
Chonita había llegado a la casa gracias a su prima Claudia, que trabajaba con Stefany, amiga de Lourdes y quien hablaba muy bien de su empleada todas las veces que se veían para tomarse el café: su casa estaba en buenas manos. Por ello, Lourdes le sugirió que le consiguiera una empleada a través de Claudia, pues sus anteriores empleadas eran complicadas: una se la pasaba platicando con todo el mundo y la otra tenía varios pretendientes.
Lourdes estaba feliz con Chonita, joven delgada y hacendosa, porque cumplía las cosas al pie de la letra y no era amiguera. Pero tenía un inconveniente: confiaba en las personas que le hablaban bonito.
Lourdes salía en su coche a sus citas importantes de cada lunes, puntual en la hora. Se reunía con sus amigas para desayunar y contarse sus intimidades. Luego pasaba a hacer las compras de la semana. Por eso Chonita debía entrar a la una de la tarde, le recomendaba Lourdes, porque a esa hora ya habría llegado. La segunda semana laboral, Chonita la inició completa. Tuvo que esperar a Lourdes afuera de la casa porque ella se tardó más de lo convenido en el desayuno. Ante la paciencia de su empleada, que aguantó por horas sin retirarse, Lourdes le hizo entrega de una copia de llave del portón.
Pero las indicaciones que le dejó, al momento de entregarle la llave, fueron claras: debía atender cada llamada telefónica, ya que podría tratarse de una emergencia. Y, sobre todo, no debía permitir el acceso a ninguna persona, bajo ninguna circunstancia.
Ese lunes, llamaron al teléfono. Chonita arreglaba la recámara de Lourdes. Respondió al llamado. Tras intercambiar palabras con la otra persona y revelar que se hallaba sola, la voz se tornó grave y dominante en el auricular: sólo debía seguir las instrucciones y a su patrona, no le sucedería nada malo. Mientras, Lourdes andaría distrayéndose luego de haberse tomado el clásico café con sus amigas, pasaría a hacer algunos pagos y las compras. Les daba tiempo de hacer de las suyas a los malandrines. La voz al teléfono exigió saber qué había de valor a la mano. Chonita, con titubeo, abrió las dos hojas del armario y daba detalles sobre lo que veía: vestidos largos con encajes estéticos y brillantes sobre el pecho, y al otro extremo, abrigos de piel de mink. ¿Qué más había de valor?, le volvieron a preguntar con presión. Proseguía Chonita con un frío recorriéndole sobre la espalda y pensando que estuviera bien su patrona. Sobre el tocador había un alhajero con anillos de oro, una gargantilla de plata y un collar de perlas. Fue reaccionando: la voz le parecía familiar, como la del hombre que algunas veces llegó a ver en compañía de Lourdes en su estudio. Llevaba días en la casa y más o menos se iba dando cuenta sobre algunas cosas, laboraba hasta medio día y se retiraba. Le aclaraba el hombre con voz rígida que específicamente debía entregar un cuadro: “El nacimiento de Venus”, se hallaba en el estudio, frente a la entrada. Una copia que había sido mandada hacer para Lourdes por el director de un museo donde expuso sus pinturas. Algunas veces le aceptó tomarse la copa de vino. Era un hombre culto y agradable. La segunda vez que la invitó a exponer, le hizo entrega del cuadro en su oficina luego de haberle dedicado unas palabras a su trabajo y persona. Brindaron con vino espumoso. Chonita desempolvó dos maletas que se hallaban arriba del armario y procedió a guardar los vestidos en una y, en la otra, los abrigos con los alhajeros. No debería de perder mucho tiempo, la volverían a llamar en diez minutos para que entregara las cosas a las personas de la entrada.
El hombre había sido contratado por un pretendiente dolido, quien le dió información suficiente para que supiese manejar la situación. En la casa, cuando fue invitado a conocer su estudio, había visto la pintura ostentosa. De entrada, presumía el cuadro con todos y hablaba maravillas sobre la pintura y el amigo que se la había obsequiado. Sintió hincharse su corazón de celos por aquel hombre que la pretendía. Vino a su mente cuando la había invitado a un club de variedades, iba con su vestido largo y oscuro, peinada de chongos y zapatillas blancas con tirantes que envolvían los muslos. Bastante atractiva se veía. Mientras bebían su copa de vino le iba declarando su amor. Ella le hizo saber que era demasiado pronto. Dejó pasar algunos días. Y volvió a invitarla al mismo club. El hombre era persistente, hostigoso. Por tal motivo lo vetó.
Chonita había cumplido sin pérdida de tiempo ante la amenaza sobre su patrona. No debía fallarle. En la casa se sentía a gusto, pero ahora el panorama le era diferente, inseguro.
Volvió a sonar el teléfono sacándola de sus pensamientos. La señorita Lourdes la llamó desde la terraza para que le preparara una limonada y se la subiera, junto con el cargador del teléfono. Lourdes, había avisado a sus amigas que faltaría a la siguiente reunión porque recibiría una llamada importante del director del museo, que la cortejaba. Chonita, no alcanzó a ponerla sobre aviso de la situación, la señorita había colgado.
Subió a la terraza deprisa, había un rictus de preocupación en su rostro.
Lourdes vio de reojo a Chonita, le señaló que ahí dejara las cosas sobre la mesita y continuó en la línea.
Ante la presencia de su trabajadora, que no se movía, se sintió un poco perturbada. Le hizo señas con la mano que se retirara.
Chonita decidió acercarse para prevenirla sobre el agravio.
–Espérame, déjame ver qué quiere mi empleada, todavía hay cosas que no conoce de la casa –avisó Lourdes a su amigo.
–¿Dime, qué es lo que pasa? –al verla con el semblante en blanco, cambió de parecer y le preguntó preocupada–. No me digas que estás enferma.
–Unas personas van a venir por sus maletas –respondió, entrecortadas las palabras.
–Tranquila, tranquila. ¿Qué personas van a venir y, sobre todo, qué maletas?
–Me dijeron por teléfono que juntara todo lo de valor y lo echara en las maletas, y también; un cuadro importante de su estudio, porque la tenían secuestrada.
Lourdes soltó una carcajada.
–Espérame tantito, Chonita. Hacemos una pausa, ¿sí? –y se dirigió a la línea que luego le regresaba la llamada, tenía un asunto complicado, le iría explicando después.
–Dime cómo te contactaron esas personas –le prestó toda su atención.
Le fue explicando dónde se encontraba y cómo le fueron exigiendo las cosas bajo amenazas. Sin protestar, aceptó las condiciones del hombre para protegerla.
Lourdes descendió las escaleras aprisa. Ambas maletas se hallaban en el corredor y el cuadro apoyado sobre ellas. Al ver su cuadro, su cejo se arqueó y ambas manos se las llevó al rostro llena de furia.
La línea de la cocina empezó a sonar, insistente.
Avanzó rápido Lourdes a tomar la llamada.
–¿Quién habla? –preguntó.
–¡Chonita ya tiene instrucciones! –respondió un hombre, tajante.
–¡Aquí no vive ninguna Chonita! –como si se dirigiera a otras personas mencionó Lourdes con mucha seguridad–: Ustedes, disparen a las personas que están detrás de esa puerta en cuanto abra –la llamada se cortó.
Lourdes agarró un palo para defenderse.
Chonita buscó a los costados algo que le sirviera para hacer de su uso.
Ambas se asomaron a la puerta con precaución, no había nadie.
Las personas de la calle circulaban tranquilamente en diferentes direcciones.






