La lágrima

Observo su espalda. Veo en su parte baja una ligera curvatura que la hunde un poco. Por todo lo largo del dorso se escurre el lazo de la honda, arma con la que piensa atacar, misma que, en su pecho, sujeta con su mano izquierda. Contemplo las cuatro costillas, las perfectas nalgas que, imagino, Miguel Ángel admiraba. Observo con calma su magnificencia. Distingo ojo, oreja y hombro, izquierdos todos. Me embelesa su también izquierda pantorrilla, la única descubierta. La diestra la cubre el tronco de un árbol cercenado, supongo, en alguna batalla. Miro su mano derecha, que empuña el poderoso proyectil, con él enfrentará al gigante. Veo su rostro, creo que me vigila, pero solo lo creo, pues no pierde el enfoque de su mirada.

Estoy convencido que él observa al adversario, seguro de que lo impacta su espectacular tamaño y no le teme, pues ya lo ha retado y el titán lo espera confiado y soberbio.

Debe ser tan grande, quizás el doble de mi tamaño, piensa.

Su ceño fruncido indica un compromiso profundo: enfrentar al gigante, atacarlo, derrotarlo. Sabe que solo tendrá un disparo.

No debo fallar, debo ser certero, se dice.

Calcula distancia y fuerza del impacto. Estima cuarenta pasos hasta la victoria.

Once giros bastarán para quebrar su cráneo, cavila ensimismado.

Su mirada permanece fija en el colosal contrincante, no parpadea, no se distrae, solo un objetivo hay ahora en su destino. El silencio cubre el campo de batalla, lo único que rompe la afonía reinante es su respiración, su tranquila y pausada respiración.

Cuarenta pasos, once giros, un disparo, define en su mente.

Aprieta el puño de su mano derecha, siente el obús y se decide. Caminar, correr para enfrentarlo, girar la honda con su brazo izquierdo, soltar el disparo. La lágrima escurre por su rostro, cae lenta, desafiando la gravedad, hasta llegar a la comisura de sus labios. Al instante, lo invade la pena por la inminente muerte del titán. Sabe que la colisión entre el proyectil y la testa del rival será devastadora. Un solo golpe, directo en la frente y él, sin remedio, morirá.

Florencia, mayo 2026.

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Ricardo Ramírez López

Ricardo Ramírez López nació el 11 de noviembre de 1958. Contador Público Certificado, egresado de la Escuela Superior de Comercio y Administración del Instituto Politécnico Nacional (1976-1980). Pertenezco a la 1ª Generación de Contadores Públicos Certificados por el Instituto Mexicano de Contadores Públicos, A.C. Socio fundador (1986) de la Firma de contadores públicos; Ramírez López, S. C. Actualmente participo en múltiples Consejos de Administración en sociedades, entre otros, de la industria farmacéutica, aero-espacial y de la construcción. Desde pequeño fui inmerso en el mundo de la escritura, tal vez me viene de herencia, ya que mi abuelo paterno y dos de mis tíos abuelos también paternos, fueron escritores en algunos diarios de circulación nacional. Así mismo fueron autores, entre otros, de novelas y cuentos.

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