Renata caminaba por la explanada de la universidad. Vestía una minifalda a cuadros color malva, un suéter lila de cuello de tortuga, y calzaba unas botas negras que le llegaban por debajo de la rodilla. Su cabello oscuro llegaba hasta sus hombros y estaba peinado con un poco de crepé en la coronilla, rematado con un fleco que enmarcaba su rostro de piel blanca y resaltaba sus ojos verdes, orlados por unas largas y sedosas pestañas postizas. Llevaba abrazados unos libros e iba seguida por una parvada de jóvenes, todos estudiantes del tercer semestre de la carrera de Ciencias Políticas, que se dirigían a la biblioteca, para hacer el trabajo final de filosofía política que debían entregar el viernes, para lograr pasar la materia y evitarse el odioso examen final.
En la biblioteca, Renata y sus compañeros se pusieron de acuerdo sobre a quién le tocaría cada tema. Renata se despidió de Juan, Majo, Andrea y Antonieta. Andrés, Pablo y Carmina ya se habían ido hacía un rato porque vivían en el Estado de México y tenían un largo recorrido hasta sus casas, y el cielo amenazaba lluvia. Renata se dirigió sola a la avenida Insurgentes para tomar el camión que la llevaría hasta su casa, en la colonia Tabacalera. El largo recorrido lo haría sentada, estaba segura, porque nunca faltaba el caballero que le cedería el asiento. La lata era que el precio de tal atención sería tolerar la mirada embelesada del individuo amable, y eso sí que era una monserga, pero era peor ir parada por casi una hora de camino, si bien le iba. En fin.
Cuando Renata llegó a casa, se quitó las botas y se sobó los pies que le punzaban. Recordó la frase que su mamá siempre le dice: “las catrinas se aguantan”, y pues sí, ni modo, a aguantarse: la belleza cuesta. Se puso su bata para estar más cómoda y se miró en el espejo. Su nariz aguileña la saludó con burla recordándole la realidad de su imperfección. Esa nariz, herencia del abuelo Pablo. ¡Maldita herencia! El papá de Renata siempre le decía, con reproche, cuando salía el tema de su nariz, que lo valioso de las personas estaba adentro y no afuera, porque la vida tenía, como el arcoíris, una gama de posibilidades. Renata detestaba la actitud de viejito que siempre tenía su papá, con ese discurso rancio, totalmente fuera de lugar, sin la comprensión de los cambios del mundo, de la vida. Pensando que la virginidad era la mayor virtud que una joven podía ofrecer a su futuro marido, que el hombre debía trabajar y hacerse cargo de la familia, y que una esposa debería estar al pendiente de la casa, de los hijos, de la administración del gasto familiar, pero, sobre todo, de atender al hombre en todas sus necesidades, porque era el personaje más importante de la familia. El papá de Renata trabajaba como encargado en un taller de grabado, ubicado en una ciudad perdida por Santa Cruz Meyehualco. Llegaba cada noche con los hombros encorvados y los zapatos llenos de polvo, su mamá se apresuraba a ponerle las chanclas y quitarle el saco o la chamarra que llevara puesto. Inmediatamente lo seguía hasta el baño, preguntándole con mucho interés cómo le había ido, si se había comido el lunch que le había preparado, cómo se había portado el jefe gruñón y odioso y si doña Cuca le había pagado lo de la tanda que le debía de la semana pasada.
Juntos, se sentaban en la mesa del antecomedor y se tomaban el café con pan, que era su bendita de costumbre.
Renata los miraba con desaprobación, pero ya no les decía nada. Por muchos años les comentaba que hicieran cambios, de casa, de muebles, de rutinas… pero no, sus papás no cambiarían jamás. Ya se había dado por vencida.
Renata había sido una niña de baja estatura. Sus compañeros se burlaban de ella porque siempre sacaba malas calificaciones, incluso estuvo a punto de reprobar el cuarto año. Lo salvó porque se mamá la llevó con Mike, el vecino del seis, estudiante de preparatoria, que daba clases a los niños que iban mal en la escuela. También se burlaban de Renata porque nomás no daba una en los deportes. Cuando intentó participar en el equipo de volibol de la secundaria, un pelotazo la mandó al piso y todas las niñas se burlaron de ella diciéndole que no servía para nada. Ya jamás intentó alguna actividad deportiva ni tampoco artística, bueno, ninguna actividad de nada, porque sintió que algo se había roto después de esa caída. A pesar de que salió volando, nadie le ayudó a levantarse y Renata se fue llorando al baño a limpiarse la tierra y la sangre de su rodilla derecha. Cuando regresó a casa no les comentó nada a sus padres. Sabía que su papá la regañaría, y que su madre, con su rostro de virgen sufriente, no diría nada. Sería inútil, ellos no podrían comprender lo que Renata sentía: sus miedos, sus inseguridades, su baja estatura…
Cuando Renata pasó a la preparatoria experimentó una metamorfosis: aumentó de estatura, le crecieron los pechos y se ensanchó su cadera. Su rostro lleno de acné purulento desapareció, abriendo paso a una piel blanca, de porcelana, y su cabello, que era ralo y descolorido, se transformó en una melena tupida de color azabache.
Este cambio le proporcionó, al menos en apariencia, la seguridad que tanto le hacía falta y de la que había carecido en toda la infancia. La personalidad de Renata cambió, así, drásticamente, y de ser una niñita que le tenía miedo a todo, se transformó en una mujer presumida, segura de su belleza. Hacía menos a las cajeras del super cuando se equivocaban, les gritaba a los empleados de las tiendas y veía con desprecio a los jóvenes cuando la miraban con admiración. Incluso se burlaba cuando alguno de ellos intentaba ser amable cediéndole el paso o el lugar en el camión. Vaya, menospreciaba a todo el mundo, incluso a sus padres, criticando sus costumbres sencillas, su manera de vestir, como si no comprendiera que ellos se sacrificaban por darle a Renata lujos que ella no agradecía, porque sentía que lo merecía todo. También con sus compañeros de la universidad se mostraba arrogante y siempre quería decidir sobre los trabajos, los ensayos y cualquier actividad escolar que surgiera. Sus compañeros se lo permitían, quizá porque no le daban mucha importancia a esta forma de ser de su amiga. La única que le decía sus cosas era Antonieta, quien la estimaba y la consideraba su mejor amiga. Antonieta le hacía ver que su belleza y talento no le daban derecho a ser grosera y descortés con los demás. Sin embargo, Renata no le hacía caso, pensaba que Antonieta era una niña todavía y que difícilmente saldría de su mediocridad.
Esta actitud también la percibieron sus padres y trataron de hacerla reflexionar, especialmente su padre, pero fue inútil, ya que sólo lograron que Renata los enjuiciara cruelmente.
Entonces comenzó a arreglarse mucho, a exigirles ropa, zapatos, perfumes. ¡Y claro! Todo tenía que ser de marca porque si no, ella no lo usaba. Sus padres querían siempre darle todo lo mejor a su hija, todo lo que ellos nunca pudieron tener. Pensaban que su hija hermosa e inteligente se merecía cualquier sacrificio, sin imaginar que alimentaban una actitud pretenciosa y superficial en Renata.
Un sábado a mediodía, Renata acompañó a su mamá al centro porque ella quería comprarse unos anteojos, pues era necesario cambiar el aumento, quizás hacerlos bifocales porque sentía que ya no veía bien ni la tele ni el tejido. Caminando por la calle de Motolinía, Renata vio un letrero grande que anunciaba a un médico cirujano que arreglaba las narices aguileñas. En el lugar había varios posters mostrando el antes y el después de las cirugías estéticas. Había una foto en especial con una chica que tenía una nariz como Renata, aguileña, y del lado derecho, otra foto, con la misma chica ya después de la operación, luciendo una flamante nariz pequeña y respingada. Renata sintió una gran emoción. Se imaginó que con ese cambio ella podría llegar a tener todo lo que ambicionaba. Salir de ese edificio mugroso que apestaba a ajo, con la falta de agua que la dejaba siempre enjabonada para terminar enjuagándose a jicarazos, con los gritos de la señora del dos cuando se peleaba con su esposo por llegar borracho y sin dinero cada día de raya. ¡Aaah!, Renata tenía planes: terminar la universidad, titularse, entrar a trabajar en una oficina de gobierno, ganar un buen sueldo e impresionar con el auto que se podría comprar. Vestirse bien y no conformarse con la blusita del tianguis que su mamá siempre quería comprarle: “mira, hijita, está re mona, y tú luces todo”. ¡Qué fastidio tan grande!
No se atrevió a comentarle nada a su mamá porque sabía lo que le diría: que era una tontería, que no era necesario, que era caro, que mucha vanidad, etc., etc., así es que se quedó con su secreto, ideando la manera de lograr su sueño y transformarse en una mujer sofisticada.
Al finalizar el semestre, Renata pensó que era el momento oportuno para regresar a aquel consultorio médico de la calle de Motolinía, pero sola, bueno, no, le faltaba valor para ir sola y se le ocurrió pedirle a Antonieta que la acompañara. Se pusieron de acuerdo para ir el sábado. Renata estaba tan emocionada. Pensaba que con el cambio de vida alcanzaría todas sus metas, sobre todo un marido adinerado que le cumpliera todos sus caprichos. Claro que ella quería finalizar su carrera y ejercer. Se veía trabajando para el Servicio Exterior Mexicano o en alguna Secretaría de Estado, quizás en la Secretaría de Gobernación, y eso sí a un alto nivel. El dinero de su esposo le permitiría tener empleados para que se hicieran cargo de la limpieza de la casa, del cuidado de los hijos y de llevarla y traerla a donde ella quisiera. Imaginaba que sería la envidia de sus primas, chamacas odiosas que nunca querían jugar con ella y no compartían sus juguetes cuando eran niñas, y ahora en la juventud, nunca le participaban de sus reuniones y paseos con sus amigos. Ellas decían que Renata era odiosa, pero realmente eso no era verdad, Cuando Renata percibía esa actitud de sus primas pensaba que era pura envidia, que sentían rivalidad por lo que ella iba logrando en la vida y que bueno, la verdad, ninguna de ellas era tan bonita. En fin, todas esas ideas pasaron por su cabeza esperando a Antonieta, que llegó 15 minutos tarde. Renata le dijo a su mamá que iría con Antonieta para revisar las materias del próximo semestre y luego al cine, pero el plan era ir a ver al médico cirujano.
Al llegar, Renata sintió que le sudaban las manos y le temblaban las piernas, y tuvo el deseo de salir huyendo. El lugar olía a medicamento y la recepcionista que tenía una labor de tejido las miró con enojo, porque parecía que había perdido la cuenta de los puntos de su labor por la interrupción. Renata le explicó que había llamado en la semana para hacer una cita con el doctor Méndez y que seguramente ya la estaba esperando. El médico salió a los pocos minutos. Era un hombre de baja estatura, un poco pasado de peso y las recibió con una gran sonrisa. Las pasó a su consultorio, revisó a Renata y le explicó que la rinoplastia era un proceso muy sencillo con maravillosos resultados, y que sería una gran decisión arreglarse la nariz. Le dio el costo. Renata pensó que contaba con el dinero que sus abuelos le habían regalado cuando cumplió quince años, dinero que utilizaría para comprar un auto. Pero qué mejor inversión que arreglarse la nariz.
Una decisión difícil porque sus papás pegarían el grito en el cielo. A ellos les daba terror el tema de las cirugías y además el costo, la recuperación, y sobre todo el riesgo de un procedimiento quirúrgico. De cualquier manera, Renata había tomado la decisión: se realizaría la cirugía estética. Pensaba que su cambio físico le representaría la posibilidad de un gran futuro. Si ya de por sí pensaba que era bonita e inteligente, con su nueva nariz lograría con mayor facilidad el reconocimiento de toda la gente. No le importaba lo que sus padres opinaran, ya era mayor de edad, el dinero que tenía en el banco le pertenecía, y el auto podría esperar para cuando ella terminara la carrera y pudiera entrar a trabajar.
Renata esperó unos días, pero al siguiente fin de semana decidió hablar con sus padres. Quería aprovechar las vacaciones largas para su recuperación, y entonces regresar con su nueva nariz a la escuela. La emoción la embargaba. Pensaba en lo que diría Bruno. Ya no podría resistirse ante la belleza de Renata y se le bajarían los humos, y le suplicaría que fuera su novia. Dejaría a Lizette y comenzarían a tener el noviazgo más envidiado de la facultad: él, astro del fútbol americano, y ella, la chica más guapa de la universidad.
Ese sábado en la noche, Renata se preparó un café y se sentó al lado de sus padres para hacerles saber su decisión. Partiendo una concha blanca, se sentó frente a ellos y les comentó que quería platicarles algo importante. Su padre, sin dejar de remojar su bisquet en el café, la miró sin mucho interés, y su madre, que estaba juntando las migas de pan de su servilleta, se quedó atenta para escucharla. A Renata le temblaban las manos y también un poco la barbilla, tomó aire y les dijo: Me voy a operar la nariz. Su papá bajó la mirada, con un aparente interés en el pan que flotaba en su café, y a su mamá se le llenaron los ojos de lágrimas.
—¿Por qué? –exclamó su madre— ¿Por qué hacer algo innecesario?
Renata frunció el ceño y miró hacia otro lado. Sabía que eso iba a suceder, y haciendo caso omiso les informó a sus padres que el procedimiento se realizaría el próximo viernes, en el consultorio del doctor Méndez.
Su padre se levantó tan de sopetón que tiró la silla. Se agachó para recogerla y caminó rumbo a la sala, al tiempo que le dijo a Renata: Es tu decisión, haz lo que quieras.
La mamá de Renata seguía sentada en la silla del antecomedor. Tenía la cabeza recargada en ambas manos y ya no dijo nada. Renata pensó que, bueno…, ya les había dicho y que estaban conscientes de que ella no cambiaría su decisión, que contaba con el dinero y lo más importante: era mayor de edad.
Llegó el día esperado. La mamá de Renata la acompañó al consultorio del doctor Méndez muy temprano por la mañana, junto con Antonieta. El plan era que después de la cirugía, Renata se quedaría a pasar la noche ahí y, al día siguiente, pedirían un taxi para regresarla a su casa. El papá de Renata se fue a trabajar y ni siquiera volteó a ver a su hija. A Renata poco le importó la actitud de su papá, de hecho, había muchas cosas que ya no le interesaban de él porque nunca logró mejorar el nivel de vida de su familia. Un humilde empleado de un taller de grabado, con un paupérrimo salario que no alcanzaba para nada, ni siquiera para festejarle su fiesta de quince años, que consistió en un humilde vestidito azul comprado en La Lagunilla y un pastel hecho por su mamá, con el merengue empalagoso todo chorreado. En aquel entonces vivía su abuelo, quien le dio el único regalo que valió la pena: una suma de dinero para su coche, cuando cumpliera la mayoría de edad. Y ahora, por fortuna, ese dinero le serviría a Renata para lograr el sueño de su vida.
Ya en el consultorio, Renata empezó a sentir náuseas y que se le dormían los brazos y las piernas. Aprovechando el malestar de Renata, su mamá hizo un último intento de persuadirla para que no se sometiera a la cirugía estética. Le suplicó que era un procedimiento innecesario, que así como estaba se veía hermosa. También Antonieta le dijo que era muy bonita, y que lo más valioso de una persona estaba en su interior, y no en su físico. Renata casi pensó que sí, que lo mejor era no hacerse la cirugía, pero recordó la imagen de la joven que estaba a la entrada del consultorio y se armó de valor. El doctor Méndez le dio un Valium para que se tranquilizara y continuó con el proceso.
La cirugía no duró mucho. Cuando se despertó, Renata se sentía mareada y no podía respirar por los vendajes. El doctor Méndez le dijo que era normal, que le daría unas pastillas para el dolor y que al otro día podría irse a su casa. Que la vería en una semana para revisarla y retirarle los vendajes. Más tarde entró su mamá al pequeño cuarto en donde estaba Renata semi recostada y llena de moretones alrededor de los ojos. Su mamá iba preparada para pasar la noche ahí, más tarde se acurrucó en un sillón reposet viejo y desgastado, al que no le servía la palanca para hacerlo cama. En fin, solo sería una noche.
Renata no pudo dormir. El dolor y las molestias no se calmaban, y cuando buscaron a la asistente del doctor Méndez nunca la pudieron encontrar para que auxiliara a Renata con sus molestias.
A la mañana siguiente, con mucho frío, Renata y su mamá salieron del consultorio y tomaron el primer taxi que pasó por la calle para ir a casa. El doctor Méndez le había dejado en una receta una serie de instrucciones para la nariz y medicamentos para la inflamación, el dolor y evitar una infección, y el comentario que se verían la siguiente semana, el viernes. Y ahí empezó el viacrucis.
El sábado por la mañana, Renata no podía respirar y tenía la cara muy hinchada. Le marcó al doctor Méndez y éste le comentó que eran molestias naturales por la intervención, así es que Renata, haciendo acopio de la paciencia que no tenía, tuvo que aguantar las molestias y el dolor. La belleza cuesta, pensó.
Llegó el gran día. Por fin le retirarían las vendas. Su mamá la acompañó, junto con Antonieta. Su papá había permanecido serio y distante desde el día en que Renata anunció su cirugía. Renata pensó que su papá las acompañaría, pero ni siquiera preguntó la hora de la cita, inclusive comentó que tenía mucho trabajo y llegaría a casa más tarde de lo habitual.
Ya en el consultorio, Renata no era capaz de soportar la espera. El doctor Méndez comenzó a retirarle los vendajes de la cara. Cuando finalizó, notó la expresión de su mamá, que estaba frente a ella, muy cerca, y entonces miró al doctor y a Antonieta. Con un grito agudo le pidió un espejo, el médico dudó un momento, pero comprendió que si no le daba el espejo Renata podría reaccionar muy mal. Finalmente, el doctor giró y tomó un espejo que estaba en una gaveta. Era un espejo grande, de aumento, y se lo pasó a Renata. Cuando ella se miró, perdió el conocimiento.
Renata no quiso salir de su casa durante los siguientes dos meses. Lloraba y gritaba que deseaba morir, que la vida era mala y que ya no había razón para permanecer en el asqueroso mundo. Ni el medicamento psiquiátrico le ayudó a mejorar su estado de ánimo. Pasados unos meses, Renata estuvo investigando acerca de la cicatrización queloide y decidió buscar soluciones para arreglar su nariz. Muchos médicos le dieron opciones y se sometió nuevamente a varios procedimientos quirúrgicos, que sólo consiguieron acabar con los ahorros de sus padres y con el poco cartílago de su nariz. Después de tres cirugías fallidas, sus orificios nasales quedaron casi al desnudo. Renata prefirió permanecer en casa para no mostrar su nuevo rostro, un rostro horripilante. Poco a poco, fue aceptando su condición, aceptando la visita de sus amigos de la universidad, quienes la apoyaron en las tareas y proyectos para que no perdiera el semestre. También sus tíos y primos, cuando se enteraron, comenzaron a visitarla, llevándole regalos y comida, terminando en fiesta cada visita. Sus padres, pendientes de su salud y estado de ánimo, estaban siempre cerca, al tanto de sus necesidades, y así, un día, Renata tomó la decisión de regresar a clases. Llevaba media cara cubierta y notó que nadie la veía con morbo o con asco. Cuando llegó al salón de clases, la sorpresa la invadió: el salón estaba lleno de globos y serpentinas, regalos, chocolates y muchas tarjetas de bienvenida. Sí, bienvenida a la vida.






