En cuanto salí de la estación, me localizó con su mirada y me disparó una sonrisa. Mi simpática amiga me recibió en la puerta norte de la estación del metro Viaducto. Noté que me esperaba ansiosa, la descubrí con menos peso, sin tantas preocupaciones y con muy buen talante. Después de abrazarme, me tomó del brazo e inició su andar sobre la calzada de Tlalpan. deteniéndose antes de llegar a la esquina que hace con la calle La Coruña y me advirtió:
—No crea que lo va a ver antes de que le cuente todo. —Ahí empezó su disertación.
—Este es el proyecto económico. —Me mostró una hoja de cuaderno doble raya tamaño carta, que indicaba los ingresos y gastos diarios, semanales y mensuales, desde el mes en que estábamos hasta diciembre. Los conceptos listados estaban bien detallados, suponían una cantidad “X” de entradas de dinero y con base en estas, se detallaban las salidas, quedando siempre un favorable sobrante de dinero, que se incrementaba según transcurrían los meses del año.
—Usted, dígame, ¿lo ve bien o soy muy optimista? Mi proyecto considera el alto flujo de personas que, desde las seis de la mañana, transitan a diario. Muchos van a sus negocios, otros a las oficinas donde colaboran, también, a partir casi de la misma hora, los automóviles se atiborran, hacen largas filas para doblar la esquina de Tlalpan y La Coruña, ¿los ve ahora?
—A media cuadra de Tlalpan, exacto a la mitad de la calle de La Coruña, del lado derecho está el puesto, en un momento iremos. Es de lámina acanalada galvanizada y no de acero inoxidable, como lo exige la norma de la alcaldía Iztacalco, lo cual, con una lana, deja de ser un problema. El permiso para ejercer el comercio en la vía pública, lo tramitamos de “Volada” con mis amigos de la dirección de gobierno y asuntos jurídicos de la Iztacalco. Es necesario también, el visto bueno de bomberos, el registro en hacienda y el más importante, acordar “el derecho de piso” con los de la “unión”, para evitar levantones y que nos quemen el puesto. Quiero que, todo el día, esté iluminado con una serie de focos en guía, de los que venden en Costco, las que llaman “Guirnaldas de luces para exterior”, habrá una vieja y potente bocina, conectada por “Bluetooth” a mi “cel” para poner, a buen volumen, las canciones de Bad Bunny que tanto nos gustan.
—Contará con una pequeña estufa, de solo dos quemadores, un comal de barro, el tanque de gas de veinticinco litros, una tarja, esa sí, de acero inoxidable, hielera para enfriar los refrescos y un refrigerador, también usado, donde guardaremos el guisado, las salsas y el agua de sabor, de esos de la “Coca Cola”, lo encontraremos “bara” por el rumbo de la central de abastos, dos vitroleros de quince litros cada uno, tendremos agua de horchata y de jamaica, preparadas con bastante azúcar, vasos, platos y cubiertos de plástico, desechable para no tener que estar lavando, unos diez tortilleros y un bote para los desechos. Pegada, al centro de la pared trasera del puesto, la imagen de San Martín Caballero protector del changarro y, abajo, en la esquina que apunta hacia la calzada de Tlalpan, dos imágenes de la Santa Muerte, una dorada y otra negra, también para protegernos, no vaya a ser que las malas vibras nos arruinen el negocio. Todo lo prepararé en casa: guisado, salsas y aguas frescas, así que tan solo tendré que calentar para servir en el puesto. Ya cuento con una olla exprés, dos sartenes grandes y dos comales de lámina, una licuadora, un molcajete, cucharas y cucharones de madera y, por supuesto, una gran estufa con seis hornillas y un horno mediano.
Sara había colaborado en mi empresa. Cuando salió de la compañía, seguimos conservando la amistad. Ella siempre se ha dirigido a mí en tercera persona del singular. En la actualidad, trabaja en una oficina del gobierno de la ciudad, sin embargo y dada su inquietante naturaleza, de manera constante desarrolla diferentes ideas para iniciar un negocio, pidiendo en cada una de ellas mi consejo, que, imagino, nunca fue escuchado, pues en ninguna ocasión ha logrado cristalizar sus sueños.
—Va a ser un éxito inmediato, ya “peinamos” la zona y no hay ningún negocio que venda nuestro guiso, además, confío en su paladar, recuerdo muy bien lo que dijo aquella vez que la llevé a la oficina para festejar su cumpleaños, “Te queda de rechupete, es sin duda, una de las mejores y más exquisitas que haya probado”.
—La preparo con naranja agria, lo que, hasta donde conozco, casi ningún negocio utiliza en la ciudad, además, uso axiote y especias yucatecas, me los envía mi comadre que vive en Mérida. La carne la compro en el Costco, ya sabe, lomo y espaldilla, el original se prepara con lechón, pero la zona no lo paga, así que, ni modo, lo prepararé con puerco adulto.
En el trayecto hacia “El puesto” sentí la contaminación del aire y del ruido, causada por el exceso de smog, de cláxones de autos y por los gritos de los abundantes vendedores callejeros. Llamó mí atención, que la mayoría de los puestos ofrecían comida rápida; tamales y atole, y cualquier cantidad de oferta de tacos; suadero, tripa y longaniza, al pastor, de canasta y hasta de carne asada.
Sara quitó los candados que sujetan las dos cubiertas abatibles que permiten la conexión entre clientes y propietarios. Retiró un tercer candado, el que resguarda la puerta de entrada al puesto. Ya en el interior, levantamos las cubiertas y las fijamos en las bases soldadas a los costados y sobre las que descansa, el peso de las cubiertas. Indicándome con su índice derecho, me fue señalando los lugares donde quedaría ubicado el equipo y los utensilios.
—¿Como ve el equipo que le comenté? ¿Cree que me vaya a dar batalla para tanta chamba que vamos a tener? De inicio, estaremos dos personas: mi hermana y yo. Ella atenderá a los clientes y la caja, yo prepararé los tacos, los emplataré y serviré. Esperamos abrir de martes a jueves, a las siete de la mañana para los que desayunan; viernes, sábados y domingos, desde las seis de la madrugada para los crudos. Descansaremos los lunes. Suponemos que entre nueve y diez y media nos va a bajar la venta, pero a partir de las once llegarán los del almuerzo. Para la comida, tendremos una “promo” a precio de oferta, que incluya “toda el agua que gusten más tres tacos” muy bien servidos, para que queden ahítos y regresen. De inicio cerraremos a las cuatro o cinco de la tarde, según vayamos viendo el flujo de comensales, pero estamos seguras de que el horario se irá alargando.
—El punto de equilibrio de entradas y salidas de dinero —continuó Sara—, estimamos alcanzarlo en veinte días y conforme sea necesario, alargaremos el horario. Contrataremos personal que cubra nuestros turnos, de manera tal que, nosotras, a lo sumo en un par de meses, tan solo nos ocupemos en administrar el puesto y en cocinar en el hogar. No creo que vaya a sobrar producto; en todo caso, lo regresamos a la casa, lo guardamos en el “refri” y al día siguiente lo calentamos, ya ve que, aunque no va a tener conservadores, sin problema aguanta unos dos días. Pero dígame, ¿qué le parece? ¿Lo ve viable?
—Lo veo por completo viable; sin embargo, tengo algunas preguntas. ¿Dónde vive tu hermana y en que está trabajando?
—Vive en Chalco, Estado de México, y trabaja como ama de casa atendiendo, hogar esposo y a sus tres hijas. —Respondió.
—¿Le comentaste la idea de incluirla en el negocio? —Pregunté.
—No, aún no le digo. Estoy segura de que arreglará quien atienda su hogar, a su marido e hijas, con tal de asociarse en mi empresa, es más, creo que contratará una cocinera que prepare la comida y de paso le dé una limpiadita a la casa. De hecho, de su casa al puesto, se hace menos de dos horas en trasladarse y como saldremos a las cinco, le dará suficiente tiempo para llegar y atender las tareas escolares de las niñas y, cuando así le requieran, las necesidades del esposo. —Respondió.
—¿Arreglaste con el dueño del puesto, costo y un plazo mínimo de contrato, digamos, ¿cinco años? —Continué cuestionándola.
—Aun no —dijo—. Las llaves del puesto, me las envió con su cuñado que tiene el quiosco de revistas y periódicos saliendo de la estación del metro. Tan solo me las prestó para poder revisarlo por dentro, de hecho, es la primera vez que ingreso y veo el espacio. El precio de la renta no creo que pase de los mil quinientos al mes, que como ve, los reuniremos en un par de días.
—Ah, ya veo, —suspiré—. Por último, dime, ¿ya tienes el capital para iniciar?
Me regresó la misma sonrisa de la mañana y, a la par, hizo aquella mueca que transfiguraba su rostro cada vez que le llamaba la atención en la oficina. Bajó sus ojos miró el suelo y dijo:
—Bueno, ese es el único detalle que me falta, estoy resolviéndolo.






