Cuando se acaban los pastes

“¡Mátate! ¡Mátate ya!” Le decía la muchedumbre al Jerry-ñero desde abajo del edificio viejo que estaba al lado de un Oxxo. Él estaba parado en la orilla, con los brazos abiertos, y la mirada al cielo como esperando una señal divina. Su cabello, a pesar de estar grasiento y enmarañado, le llegaba hasta las rodillas. Tenía los ojos y la boca bien abiertos, como si un jaguar estuviera a punto de atacarlo. Tenía olor a sobaco y orines, tierra detrás de las orejas y el abrigo húmedo, apolillado y podrido.

—Yo creo que encontró a su vieja empiernada con otro wey y le entró la desesperación —dijo un pelón de chaqueta y gafas negras.

—Es de esos que ya no saben qué hacer con tantas deudas y le pidió dinero prestado a un usurero que ya le está cobrando —especuló un cincuentón de lentes y dientes amarillos de tanto fumar.

—Para mí que nada más está llamando la atención y quiere hacerse famoso en Tik Tok —comentó un muchacho escuálido, que traía su mochila y uniforme de la secundaria mientras grababa al Jerry-ñero.

También entre la multitud estaba el 666 Vázquez, que tenía rastas y era chimuelo, por lo que su sangre viajaba sin pasaporte a lo largo y ancho de sus encías. Tenía los ojos varicosos y amarillos; portaba una bolsa de basura donde llevaba la merca que robaba mientras el Jerry-ñero las hacía de actor de cuarta desde arriba del edificio viejo: sacaba las carteras de los culitos o las bolsas de mano de las doñitas entre aquel público que pedía a gritos el autohomicidio de su amigo.

Ya se estaba nublando cuando la muchedumbre comenzó a chiflarle a Jerry-ñero para que le apurara. El pelón de chaqueta negra trajo un six de chelas del Oxxo, tomó una y se la empezó a tomar. Un patrullero que iba en moto se acercó a la gente que ya bloqueaba la calle. Les pidió que abrieran paso para que pudieran pasar los carros y luego se fue, aunque después la muchedumbre volvió a bloquear la calle. En eso llegó Carmela Vaguita, otra de las amigas del Jerry-ñero, y luego de lanzarle varios chiflidos al Jerry-ñero, aprovechó para mentarle la madre con su voz gangosa mientras recogía su brazo arrugado una y otra vez:

—Vas y chingas en toda tu puta madre, pinche Jerry-ñero apestoso con los huevitos de decoración. Ya lánzate, a ver si tan bravito.

Había comenzado a llover. El 666 Vázquez pensó que la lluvia les iba a arruinar el negocio. Por eso le hizo una seña a la Carmela Vaguita para que ella y el Jerry-ñero se dieran prisa con el teatro.

El Jerry temblaba de frío. Un viento fuerte hizo que se tambaleara. La muchedumbre clamó. El cincuentón de dientes amarillos sonrió. Jerry lanzó un alarido doliente. Cayeron por sus mejillas lágrimas desesperadas y telenovelescas a raudales de su rostro basuresco y putiamargo.

—Miren cómo me voy a matar —decía con sus negras manos con las que simulaba arrancarse sus cabellos inabarcables—, miren cómo no tengo los huevitos de decoración como dice la Carmela Vaguita.

La sonrisa del cincuentón de dientes amarillos se hizo más grande, el pelón de chaqueta negra dejó caer su chela al suelo y el líquido se desparramó, el chavo de secundaria se santiguó mientras seguía sosteniendo su celular. El resto de la muchedumbre guardó silencio y el viento y la lluvia se detuvieron, como si supieran lo que estaba a punto de pasar.

Pero no pasaba nada y luego de un rato se escucharon abucheos y varias personas abandonaron la multitud. El viento y la lluvia regresaron. La Carmela Vaguita traía las zapatillas rojas aquel día debajo de sus piernas velludas y llenas de várices. Apretó los puños, se palpó el suéter de abuelita que traía puesto a la altura de sus chichis de calcetín y sintió el fierro de plástico, o la pistola de juguete con la que le apuntó al Jerry-ñero. ¡Pum! ¡Pim! Se escuchó salir de su boca.

El Jerry-ñero se carcajeó al ver los movimientos de pistolera de cuarta de Carmela Vaguita. Se deshizo de su abrigo todo mugriento y lo lanzó a la multitud. Después inclinó su cuerpo hacia adelante en una reverencia chipocluda del siglo del caldo. Luego de ese agradecimiento magnánimo, ese gracias corporal teatrero, le hizo cuernos a todo mundo y les sacó la lengua sintiéndose como el huelemelasalpargatas de la ciudad, llevándose uno y otro pie un poco más adelante, lo suficiente como para que el diablo le moviera el piso y se riera, porque el que ríe al último ríe mejor, y como le movió el piso hizo que se tambaleara de verdad.

La Carmela Vaguita había estaba guardando la pistola mientras el Jerry-ñero daba las gracias magnánimas. Se había llevado las manos a la espalda murmurado para sí:

—Ya no estoy para estas pendejadas —lo decía como para recordarse que estaba vieja. Cuando le daba la espalda a toda esa multitud para disponerse a regresar al reloj monumental de la ciudad con el Jerry-ñero y el 666 Vázquez, escuchó nada más que un grito como el de un gato peleándose en azotea y revolcado contra una orilla. Luego el topazo que partía la tierra y las quijadas, y el fino sonido de la varilla enterrada más allá de las mejillas polvoreadas de amor callejero del Jerry-ñero, que después de haberse tambaleado, cayó desde la parte más alta de aquel viejo edificio.

El 666 Vázquez estaba a rebosar de la merca robada en la bolsa negra, cuando vio el cuerpo del Jerry-ñero arponeado como una ballena caída desde Saturno. Buscaba a Carmela Vaguita y en el instante en que se encontraron, ambos voltearon hacia la muchedumbre para cerciorarse que nadie los perseguía. Se alejaron del lugar. Carmela Vaguita y el 666 Vázquez le gritaron al Jerry-ñero que estaba en medio de un charco de sangre:

—¡Ya lo chupó el diablo! —exclamó Carmela Vaguita.

—¡Entre menos burros más olotes! —vociferó el 666 Vázquez.

El 666 Váquez dio saltitos con un pie y sus rastas bailaron al estilo Bob Marley:

—Pues qué se le va a hacer. ¡Así es la vida! —agregó el 666 Vázquez.

Entonces se fueron al reloj monumental, el emblema citadino y abrieron una puertecita en el suelo que los llevó a su escondrijo en el estacionamiento debajo de la plancha de la explanada. El 666 Vázquez metió una mano dentro de su pantalón guango y de lana, se rascó el popote-pene y sus dos latas-abolladas-testículos y luego llevó esa misma mano dentro de la bolsa negra para repartir las carteras y el dinero entre él y su amiga. La Carmela Vaguita hizo cara de fuchi y le devolvió la primera cartera que había sacado el 666 Vázquez para dársela. Pero el 666 Vázquez se la volvía a dar y ella se la volvía a regresar y así sucesivamente. Aunque luego, recordando su condición, se olvidó de aquella porquería que había hecho su colega de calle al meter su mano en el pantalón y le aceptó por fin la cartera al 666 Vázquez.

—¡Ahora sí ya nos alcanza para unos buenos pastes! —declaró el 666 Vázquez.

—¡Ay, sí! Uno de frijoles estaría bien —le respondió Carmela Vaguita, a quien se le hacía agua la boca y se lamía sus labios con movimientos circulares.

Al final ambos dieron gracias al Grande con una persignación digna de Judas Iscariote.

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Juan Pablo Valdez

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