Continuidad del Camino

A pesar de todo, decidió iniciar ese camino.

Su estado de ánimo era deplorable. Sentía un miedo y una angustia terribles. Estaba paralizado, ensimismado y se quedó sin aliento cuando empezó a caminar entre tanta gente. Su visión se nublaba. Algunas personas que pasaban a su lado le hablaban, pero no entendía nada de lo que decían. Otras personas, la mayoría, lo ignoraban o ni siquiera se daban cuenta de su presencia.

Así pasaron muchos días. Él iba recorriendo las calles del centro, buscando algo que ni él mismo conocía. Era verano, tanta luz y calor al medio día, cuando caminaba, exacerbaban su estado de ánimo decaído. Se sentía solo y perdido en los ríos de gente de esas calles abarrotadas. Desconocía a las personas y las sentía hostiles.

Un buen día, logró avanzar muchas más calles de lo usual hasta alcanzar un claro de gente, en la plancha del zócalo de la ciudad. Algo cambió su vida en instantes. Vio un rayo reflejarse en ese cuerpo cuando la luz lo tocaba. Ese rayo azul intenso no cesaba. Le dio una sensación de paz y serenidad que nunca había sentido. Supo, al verla, que necesitaba acercarse, mirarla y tocarla. Sacarla del agujero donde estaba atrapada.

Así fue, se acercó, la miró y la tocó. Logro sacarla del agujero. La tenía ya en el bolsillo. La piedra luminosa ya iba con él, y agrandó de manera importante un sentimiento de paz y serenidad que invadió todo su cuerpo. Cada vez con mayor intensidad y energía. Sintió una tranquilidad sin igual y una gran fuerza muy especial.

Su vitalidad creció. Gracias a esto, empezó a ver a las personas con distintos ojos. Alcanzó a ver en algunos alegría y buen humor. Ahora lo volteaban a ver y lo saludaban con la mirada, inclinando la cabeza o con un “hola” alegre y sincero.

Así empezó a fluir mejor entre la gente. Incluso, empezó sentir que flotaba. No solo a sentir, si no a flotar y elevarse del suelo. Comenzó a ver la cara de los muy altos que nunca alcanzaba. Luego se elevó más. Empezó a verlos desde arriba y cada vez más alto. Conforme se alejaba, pudo ver los ríos de gente a varias cuadras de distancia. Después, la plancha de adoquín donde encontró esa fuerza vital y el cambio en su vida.

Ya en las alturas, alcanzó a ver edificios completos, cúpulas de las iglesias y los techos de los rascacielos más altos de la ciudad. El vuelo prosiguió. Logró ver al mismo tiempo, diferentes ciudades, sus valles, montañas, ríos y lagos que las rodeaban. Voló cada vez más alto y más lejos. Las ciudades se convirtieron en pequeñas manchas rodeadas de naturaleza.

En un poco más de tiempo, logró ver los mares que se convertían en océanos lejanos. La forma esférica de la tierra empezó a distinguirse, igual que otros planetas y sus lunas. Llegó entonces la oscuridad, el frío, la verdadera soledad. Se aferró a una gran roca que viajaba igual que él en el espacio. Sintió lo lejano de la tierra y lo poco que valía en ese momento para él esa tierra y todo lo que la habita. Sólo la piedra, hogar temporal en su vuelo, era valiosa para él. Quizás es igual para el universo, reflexionó.

Así el camino que decidió iniciar avanzó, y poco a poco finalizaba el primer tramo recorrido. Bajaba el ritmo de la escritura, la generación de ideas y tramas, iba concluyendo. Poco a poco, letra a letra, finalizaba la descripción de un sueño y aparecía el puño y la letra de quien el cuento escribía.

Él estaba sentado en un sillón aterciopelado, color verde, frente a la puerta del estudio en donde escribía estas palabras. Era posible que la historia se estuviera acabando y algunas veces, lo que parece posible que suceda, sucede.

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Jesús Guzmán

Es Ingeniero en Electrónica y Maestro en Finanzas. Sin embargo, siempre ha sido atraído por la creación y las artes. La novela y el cuento es lo que más le apasiona dentro de la literatura y ha recibido instrucción formal en la Sogem y tomado diversos talleres en espacios culturales y universitarios. Ha participado en algunos concursos en los que han leído y publicado algunos de sus escritos.

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