En los primeros días de su matrimonio, Soledad caminaba por las calles polvorientas del pueblo con la risa de Ramón resonando en sus oídos como las melodías bonitas de los boleros que tintineaban en la radio, un eco de promesas y sueños que se entrelazaban en el aire espeso de la tarde. La luz del sol se filtraba a través de las hojas de los árboles, creando un tapiz de sombras danzantes que acompañaba sus pasos y las blancas columbas todavía volaban sobre ella y los perros flacos siempre hacían de escolta gallarda. Su vida entera parecía una importuna procesión.
Soledad había creído, en su tácita inocencia, que el amor era un refugio, un abrigo que la protegería de las tormentas de la vida. Pero, como un espejismo que se desvanece ya de cerquita, esa ilusión pronto se disiparía en el aire caliente de la primavera al llegar las lluvias de febrero y marzo. Ramón, con esa voz de barítono que podía arrancar lágrimas de las piedras, había conquistado su corazón en un abrir y cerrar de ojos. Era un remedo triste de artista que había prometido llevarla a la cima de las estrellas, pero en lugar de eso, la vida con él se convertía en ese carrusel de desilusiones donde todos jugamos como tontos y giramos como mayates. Esa lejana semana de su unión fue un torbellino de risas y serenatas, pero al llegar el onomástico, la verdad enmascarada se asomó con su rostro descompuesto, como un perro sarnoso y despellejado que se desliza entre los matorrales.
La fachada del amor se desmoronó, entonces, cuando Soledad comenzó a percibir las grietas de Ramón. La risa que antes la envolvía ahora resonaba hueca, como la risa de un difunto, un eco en las cavernas. Él, el hombre que prometía el cielo y las estrellas a punta de gorgojos armónicos, resultó ser un bribón, un bueno para nada cuya única ambición era el fondo de una botella. Cada vez que Soledad se despertaba, su corazón se hundía al encontrar a Ramón en el mismo rincón de la casa, rodeado de botellas vacías y una guitarra sin cuerdas. Las mañanas se convirtieron, así, en un rito de desesperanza. La cocina, en vez de ser un lugar donde el amor se fraguaba a punta de sazón, se transformó en un campo de batalla donde Soledad luchaba con los recuerdos de lo que alguna vez había sido su vida infante de muñecas y juegos de patio, de rimas y palmadas alegres. Lavando trastes y cacharros entre lágrimas diluidas en jabón. Se preguntaba, entre las sombras, y sombras nada más, que se arremolinaban a su alrededor, cómo había podido confundir la euforia del amor con la rutina del dolor doméstico que acompaña al aguardiente.
Mientras las canciones de Ramón se esfumaban, ella quedaba atrapada en las mismas botellas que él bebía cada noche, prisionera voluntaria de esa promesa tonta de quererlo a la de a fuerza. Fausto Medina, lejos de arremeter contra el patán, lo que hacía era reprocharle a Soledad la falta de entereza para sobrellevar aquello que se juzgaba como lo más normal del mundo y la cruz sagrada que toda santa debía cargar. Igualmente, y tan contradictorio como su esencia misma, el pueblo, que al principio había visto en Soledad a una mujer digna de admiración, ahora la señalaba con dedos acusadores. “¿Cómo pudo amar a un hombre así?”, “¿No que muy santa?”, “Vieras cómo tiene al hombre”, murmuraban a sus espaldas. Las mismas que habían celebrado su unión con canciones y abrazos ahora la miraban con desprecio. La mujer que había llegado como un rayo de luz, a según, en la vida de todos, se transformó de pronto en un objeto de burla, una figura trágica como las hagiografías del catecismo: “Es una mártir y las mártires deben sufrir, solo así se llega a ser santa”, dijo alguien una vez de ella en la compra de cabras del mercado.
Cada encuentro en la plaza, cada mirada furtiva de sus vecinos, se convertía en una carga más pesada que la anterior, como si le echaran a cuestas un bulto de tierra. El pueblo, esa masa amorfa adicta a las tragedias ajenas la juzgaba con esa mirada contradictoria de Ovejuna y la señalaba con sus dedos puntiagudos. Habíanla encumbrado como una encarnación divina, solo para arrastrarla a la tierra como si fuera una paria. El eco de sus risas se convirtió en un susurro de desprecio y Soledad comenzó a descreer la esencia misma del milagro que le había acontecido no hacía ni un año. Si es que puede llamarse milagro a tener la cara de estatua. La sombra de la apócrifa santidad se cernía sobre ella y Soledad comprendió que no solo luchaba contra el vicio de Ramón, sino también contra el juicio implacable de un pueblo maltrecho y viciado, pero del que deseaban ese respeto, del que ella era resabiada.
Y es que ya todos también murmuraban de cómo Ramón había sido visto bebiéndole a otras mujeres, esa fuente de hembra amorosa, en el portalito de ayuntamiento, a la hora del gallo, sorbiéndole como becerro las mieles pedestres bajo las enaguas, sin siquiera una pizca de recato por la santísima casa de Dios. Pero, pues en el portalito, a esas horas también era común ver a un macheteado o un niño ya muerto de tanta hambre, lo cual no era tan mal visto como las indecencias de Ramón, o quién sabe. Y esos rumores llegaban a sus oídos y ella hinchada de vergüenza se tapaba la cara y los oídos y tarareaba para no oír sus pensamientos, porque la sola imagen de lo que decían que hacía su marido con una de las furcias de la cantina le hacían de tristeza llorar y llorar y llorar. Y ella llenaba de improperios a Ramón cuando llegaba a la casa y el todo lo negaba y borracho rompía en llanto y le cantaba una serenata para contentarla y después le hacia el amor, escurriendo en sí mismo el olor de otras mujeres, y se dormía con ella, consolando su llanto que no menguaba hasta que dijera el: “Sí, te creo Ramón, pues si tú eres incapaz de hacer eso que dicen que haces”.
Entonces volvía a las vergüenzas en la calle y a estar en boca de todos. Porque el pueblo, con su mirada envenenada, la ponía y la quitaba del pedestal y la convertía en el símbolo de sus deseos, lo que fuera que eso significara. “Ha fracasado como esposa”, decían unas en los lavaderos, “Se ha manchado con el alcohol y la deshonra” decían los hombres mientras se empinaban las jarras de pulque. “Una perdida” decían en coro, persignándose. Las palabras caían sobre ella como dagas, y la idea de volver a la casa de sus padres se volvió una fotito distante de un lugar abandonado por un amor de puras promesas.
Fue en una tarde de viento suave, cuando el aire fresco traía consigo susurros de esperanza, que Soledad tomó la decisión de hablar con Ramón. La voz de su corazón resonaba en su interior, empujándola a enfrentar la verdad que había estado ocultando. “Es hora de liberarme”, pensó, mientras sus manos temblaban al acercarse a su marido. La tarde se tornó en un escenario de verdades ocultas, y cada palabra que salía de su boca parecía un eco de liberación. “Ramón, tenemos que hablar”, comenzó, su voz temblorosa de niña apenas vuelta mujer. El rostro de él se tornó sombrío, como si la sombra de la culpa se manifestara en su expresión. “Esto no puede seguir así. No puedo vivir con un hombre que ha perdido su rumbo y a Dios”. A medida que las palabras fluían, Soledad sintió que un peso se desvanecía de sus hombros por, al fin, soltar el bulto de sus remordimientos. La claridad de su verdad se volvía más evidente, y la figura de Ramón quedaba toda chueca y desparpajada en su mente. “¿Y qué te crees, Soledad?”, replicó él, con la indignación de un imbécil que ha sido confrontado ante su propia estulticia.
– ¿Eres tú la que tiene derecho a juzgarme? Ándate lejos de aquí o te regreso la cara en su lugar a punta de bofetones, que a mí no me engañas, bruja. Esa cara de estatua que tienes es de pura mosca muerta. Si bien que todos saben de tus desfachateces y sinvergüenzadas con el fulano ese, ese que te dejó así, toda desvirgada con la honra manchada, y aquí estoy yo, pobrecito de mí, pagando el precio de tus deshonras. Qué dijera mi madrecita, ella que sí es una santa. Por tu culpa es que ya no voy a regresar a ver a mi mamacita allá a Puebla, imagínate, soy la burla en mi querido Garibaldi y mi tenampa. Tú que vas a saber, si tú eres una campesina ignorante. Tú qué sabes de la vida. No sirves para nada, más que para ser una estatua rota de lo que debería ser una mujer de verdad. ¿Quieres ayudarme? Si yo perdí hasta mi voz y mi valía por tu culpa. Por eso bebo, porque no tengo ya nada en este mundo más que la miseria de mis desgracias y la vergüenza a cuestas, como una piedra que he de arrastrar hasta el día que me muera. ¡Ay de mi Jesús, ayúdame que ya no puedo cargar con los pecados de esta furcia! Dame una luz, padre misericordioso, para ir de nuevo a los brazos de mi madre. Deja de llorar tú, maldita, que aquí el que sufre soy yo. ¿Quieres ayudarme?, pues vete a conseguirme otra botella, que agua me falta para ahogar mis penas.
Y así salió Soledad Medina, andando en la alborada movida por las palabras un cantor embrutecido. Llegó, así, a la cantina a llenar de nuevo con aguardiente de caña la botella oscura que llevaba en sus níveas manos de princesa y se encontró con la figura imponente de Victoria, que había ido a surtirse de la dotación para Eladio. ¡Vaya giros y retruécanos de esta vida injusta! Victoria, con la astucia de una serpiente, y viendo la clara fragilidad de Soledad se dirigió a ella como desconociendo su identidad a pesar de que la tenía entre ceja y oreja para hacerle el puritito mal.
– Soledad Medina. La Santa Soledad, es usted…
– Si, soy Soledad Medina, pero no soy una santa. Si me permite…
– Vaya que es usted la mismísima Virgen de los Remedios que está en el altar de la iglesia. Y con esos ojos verdes enormes. Solo le falta el santísimo niño en los brazos. Ha venido, supongo, al recinto de los pecadores, como buena cristiana, a darnos caridad y traernos la piedad del Señor.
– No. Vine por aguardiente para mi esposo. Discúlpeme.
– No es mi intención molestarla, lo que sucede es que no se tratar con las almas cristianas de bien.
Soledad quedó en el quicio de la puerta, bajo el sol amarillo del crepúsculo, ese sol que mezcla el púrpura con el rojo mientras el cielo aún conserva su azul. No entró a las penumbras olorosas y ocres que guardaba Victoria, engalanada con una blusa negra floreada y su falda roja. Victoria cerró con calma el cauce del andar de Soledad, dejándola brillar en el umbral con su vestido bañado de atardecer.
-Yo, sinceramente, no creo en Dios. Le tengo una devoción a las imágenes y tengo este escapulario, mire, pero así, de tener fe, pues ya no. Tenga, no gaste su dinero, llévese esta botella, al fin y al cabo, mi marido termina bebiendo de lo que le ofrecen otros bebedores. Para eso de las emborrachadurías, los hombres como Eladio siempre se las arreglan. A esta hora, ya debe estar borracho o dormido nuevamente. Así son. Pero véngase mi alma, que mejor vamos a otro lado a platicar. Pueblo chico infierno grande. Véngase conmigo, vamos a otro lugar. Fíjese que usted no me conoce a mí, pero yo sí la conozco a usted, pero no por las razones equivocadas. Yo no presto oídos a las habladurías de la gente. Pero su esposo es Ramón Roldán, verdad, el mariachi, el cantor. Sí, lo conocen todos, porque si no está de cantor por las calles está de borracho. Es igualito al muchacho este, Emilio Carbajal, no lo ha de conocer, el que hizo todo ese zafarrancho con el toro de don Ignacio hace un tiempo. Ese mero, el dueño de Los Remedios, ah, pues Emilio era su caporal. Sabrá Dios qué fue de él, pero ese muchacho se me figura mucho a su marido. Puro cantar y cantar y tomar y tomar y no se toman en serio la vida, hasta que les caen las desgracias. Mire, vamos aquí al parque atrás del mercado, ahí se puede platicar a gusto. Le juro que no le quito más de un rato.
Y dieron un paso fuera del quicio de la puerta y se alejaron de la cantina, mientras los borrachos murmuraban y se relamían los bigotes. Entonces, anduvieron, bajo el sol que se apagaba en el horizonte lleno de colores difuminados, las sombras de los árboles viejos se alargaban sobre los caminos empedrados, donde unos niños mugrosos y descalzos corrían despreocupados, ignorando las grietas que el tiempo había abierto en las piedras. Las risas de los pequeños llenaban el aire, mezclándose con la melodía disonante de una tambora de músicos ambulantes desde la glorieta central. Los olores de los puestos de comida que ya empezaban a hacer las cenas enchiladas para los jornaleros resaltaban en el entorno polvoriento, donde el glauco de los jardines luchaba por sobrevivir entre los destellos de la decadencia que envolvía todo el pueblo.
Soledad sentada en una banca de hierro, con su vestido blanco sencillo que se movía con las brisas y su rostro, enmarcado por su cabello oscuro, reflejaba una calma y una serenidad mientras escuchaba a Victoria. De pronto, había encontrado en ese parque un rincón para la contemplación, un espacio donde podía permitir que sus pensamientos vagaran libres, lejos de las miradas ponzoñosas del pueblo. La expresión de Victoria, por el contrario, era la de una mujer rota, sus ojos hundidos en su rostro, que había conocido mejor días, temblaban ligeramente bajo los rizos oscuros que le cubrían la cabeza.
– Soledad – la voz de Victoria era apenas un susurro cuando llegó a la banca, tengo que pedirle algo. Sus ojos estaban fijos en el suelo, en las piedras polvorientas que se mezclaban con las raíces de los árboles vetustos. Sus palabras eran pesadas, como si cada una de ellas le costara un esfuerzo monumental. – No sé a quién más acudir. Ya no puedo más, Soledad. Mi vida… mi vida se ha convertido en una penitencia sin fin. – Mi niño, él… él es mi castigo. Un castigo que Dios me envió por haber sido una pecadora. Me alejé de Él, Soledad. Me alejé del camino, y ahora estoy perdida. Perdida de verdad.
El sonido distante de la banda se mezclaba con las risas de los niños que jugaban alrededor del parque, creando una disonancia que hacía que la confesión de Victoria pareciera aún más dolorosa. Soledad no apartó la vista de ella, pero comenzó a sentirse incómoda ante las confesiones de una extraña.
– No sé si lo entiendes, pero he pecado – continuó Victoria, su voz entrecortada por la emoción. Hice cosas que no debí hacer, me entregué a una vida que no era la que Dios había planeado para mí. Y cuando más lejos estaba de Él, y cuando más necesité su ayuda… me quedé preñada de un niño chueco y malformado. Las manos de Victoria se aferraron con angustia a su falda roja, y su voz se tornó ronca y pesada, recurriendo a sus memorias de niña para agarrar muina a fuerzas.
– No puedo seguir, Soledad – susurró, su voz apenas audible. – No puedo cuidarlo. No merezco ser su madre, no después de todo lo que he hecho. Y necesito que alguien como tú, alguien que todavía tiene la pureza, lo cuide. Yo no… no soy digna.
El corazón de Soledad se encogió al escuchar esas palabras. Aunque había pasado por su propio infierno personal, había aprendido, de alguna manera, a encontrar un sentido de paz en medio de la hecatombe que significa vivir en este mundo.
—Victoria —dijo finalmente, rompiendo el silencio con su voz firme pero amable —, yo no soy quién para juzgarte. Todos hemos hecho cosas de las que nos arrepentimos. No eres la única que ha cometido errores, y tampoco eres la única que ha sufrido. Victoria levantó la mirada, sorprendida por la facilidad con que Soledad, en su inocencia, respondía a las triquiñuelas.
– No se trata solo de mí, Soledad – dijo Victoria con un tono de súplica. – Este niño… Dios me lo mandó para que me arrepintiera, pero yo no puedo hacerlo sola. Necesito que una mujer buena lo cuide, alguien que pueda darle lo que yo no tengo. Tú, Soledad. Tú podrías hacerlo. Podrías salvarlo de mis pecados. El parque seguía vibrando con la vida del pueblo, pero entre las dos mujeres, una quietud inquietante se asentó, como si el tiempo mismo se hubiera detenido. Soledad pensó en las palabras de Victoria, en la desesperación que sentía al ver su vida marcada por el dolor y la culpa. La vida en el pueblo no había sido fácil para ninguna de las dos, pero esta situación iba más allá de la mera adversidad.
—¿De verdad crees que Dios te mandó este niño como un castigo? —preguntó Soledad, su voz cargada de compasión—. ¿Y que entregarlo a otra persona lo libraría de ese destino? Victoria asintió, las lágrimas brotando de sus ojos mientras bajaba la mirada una vez más, en un intento casi inhumano de contener la risa.
—Sí —susurró Victoria—. Es lo que creo. Lo sé. Este niño no es más que el resultado de mis errores. Y yo… no soy la madre que él merece.
El parque, con sus colores vibrantes y la energía festiva de la gente, parecía burlarse de la tragedia que se tejía entre las dos mujeres. Las risas de los niños sonaban lejanas, irreales, como si enmarcaran el destino de Soledad. Ella aceptó. Después de todo, unos pesos extra para ayudar a Ramón no estarían mal.
Unas mujeres que pasaban se persignaron al verlas juntas. Detrás de ellas, un gato cruzó el sendero con una enorme rata entre los dientes, buscando con prisa algún rincón donde esconder su presa.






