Las bodas de Soledad Medina

Capítulo 1, Cuarta parte

Era un muchachón grandote; güerito, güerito; con los bigotes recortados, los ojos de borrego y los dientes de conejo. A muchas les parecía guapo por lo altote y a otras por lo güero, pero a decir verdad era feo, como algunos cantantes de la radio, y tuvo mala suerte con las mujeres, en especial con las citadinas. Cantaba con los mariachis de la ciudad desde que era chamaco. Cuando niño, su padre ponía enormes discos negros a dar de vueltas para que el sonido de Negrete se oyera por toda la casa. A él le salía igualito el falsete y los gorgojos, y por eso lo mandaron con muchos mariachis desde que le asomaron bajo las narices las primeras pelusas. Pero de aquello hacía ya muchos años. Ahora era él ya un hombre y sabía usar bien la tripa que les cuelga a los hombres abajo del ombligo, justo entre las piernas. Sin embargo, y contra todo lo que los murmuradores murmuraron, la intención de Ramón Roldán no fue ir por los favores de Soledad Medina aquel día de jolgorio. No, él sólo quería ganarse la vida como hasta ese día lo venía haciendo; mas, en la mareada de aguardiante, habían dicho que la mismísima Virgen de los Remedios andaba buscando un San José.

Cuando Ramón Roldán vio a Soledad Medina asomada en el balcón supo que su mala suerte con las mujeres se había terminado y fue por eso que cantó como ruiseñor toda la noche, mientras los hombres del pueblo se alejaron bruscamente. “Ya está dicho todo”, “pa’ qué le hago al cuento”, “nomás que éste la conozca cómo es”. Fausto Medina salió a recibirlo con la cara de pocos amigos, pero era una voluntad del pueblo: el que Soledad Medina debiera casarse. Por qué nadie soportaría a la Virgen de los Remedios sin un hombre. Hay cosas que nadie entiende y son reales porque son absurdas.

Soledad Medina se cimbró al escuchar los tacones de sus botines en la entrada. Se sentía como una loca desaforada de tanta incertidumbre, pero bajó las escaleras como nunca antes se han bajado escaleras algunas. Se sentó junto al cantante, en el mismo sillón viejo y desgastado. No platicaron mucho. Fausto Medina tenía la carabina visible en la sala, junto al brazo de su silla mecedora. Camila Medina no pronunció nada, pero pensó en sus adentros: “Este muchacho está muy chulo”. Soledad lo miró y se dijo nuevamente: “Voy a amarlo, me cueste lo que me cueste”. Ramón Roldán decidió quedarse y despedir a sus camaradas mariachis. Después de todo, había encontrado lo que anda buscando todo hombre: buena mujer y buena casa.

Dos días después, justo al mediodía, salió Soledad Medina, del brazo de su esposo, al atrio de la iglesia para que le arrojaran arroz. Entonces, todas las palomas del mundo bajaron y llenaron el atrio y se comieron el arroz para convertirse en columbas blancas y volar por los cielos del pueblo como una enorme nube que daba sombra a los novios en su nupcial marcha por las calles.

El hermoso vestido de Soledad era de mantilla blanca, como las palomas que volaban sobre ella; con rebozo color perla y joyería de oro, porque así deben salir las vírgenes de las iglesias. Fausto Medina tiró la casa por la ventana y gastó todo lo robado de las limosnas para adornar a su hija y las calles por donde ella iba a pasar. Un enorme tapete de aserrín y arena de colores interminables forró las calles desde la Iglesia de los Remedios hasta la casa de la familia Medina; una verdadera procesión para la virgen recién casada, que vio a las mariposas de aserrín y pétalos pintados desprenderse de los tapetes y volar en torno suyo como en un sueño de confeti. Ramón Roldán, por su parte, vestía como un charro, de forma muy sencilla; sin adornos de plata ni seda. Un sombrero sencillo de fieltro en claro y una corbatilla blanca con lunares colorados. A él se le arrimaron los perros flacos que siempre andan buscando algo de comer y le sirvieron de escolta gallarda. Los ahora esposos caminaron sobre el magnífico tapete colorido hasta la casa de Fausto Medina donde sería la recepción. Ahí se cerraron las calles con huacales y se cubrieron las mesas de palo con manteles de encaje, en inmensas filas, bajo las hileras guindadas de papel picado de la fiesta reciente. Ahí se celebró el casorio con barbacoa de borrego, pulque y cerveza. Todos los conocidos fueron, y los desconocidos recibieron su parte, porque nadie se queda sin comer cuando hay casorio.

La pachanga fue igual que la apenas celebrada, pero con la diferencia de que hubo más enlicorados y más reyertas. Hubo un muerto del que nadie hizo mucho caso, salvo sus parientas que llamaron a los gendarmes: ellos también terminaron alicorados y el difunto tuvo que esperar. Porque cuando en el pueblo andan en licores y aguardiente, nadie es importante realmente y todos quieren seguir agarrando las botellas. Por eso mismo le quitaron a Ramón Roldán los billetes que anteriormente le habían pegado a las ropas; lo que sería para la luna de miel se lo quitaron los mismos que se lo pusieron, para ir por más agüita que ataranta. Porque el baile una vez que inicia no se detiene hasta entrada la madrugada.

Cuando todo aquello hubo terminado, unos quedaron dormidos sobre las mesas y otros sentados como estatuas raras sobre las sillas. La familia Medina terminó corriendo a todos y los gendarmes, también borrachos, fueron a ver los asuntos del difunto de la trifulca. Ya era hora de que Ramón Roldán le diera amores de marido a Soledad Medina; así que se fueron a sus respectivas habitaciones, contiguas a las de Fausto y su mujer. Porque en el pueblo casi todas las familias acostumbran que los esposos se den amores hasta con los niños al lado.

Ramón Roldán desvistió a Soledad Medina, que siguió llamándose así hasta el fin de sus días, cuando la muerte se le presentó con cara de agua salada, porque las mujeres del pueblo nunca se ponen el apellido del marido, quizá porque nunca les pertenecen a los hombres realmente. Le acarició todo el cuerpo tibiecito y suave y le enseñó cosas maravillosas cuando pasó los labios en rincones donde jamás se imaginó Soledad que se pudiera. Tuvo que hacer como una niña jugando en los juegos del parque, moviéndose en todas direcciones y rodando como gato con madeja de estambre; ella tuvo que llevarse también muchas cosas a la boca y probar nuevos sabores. Entonces comprendió el significado del término luna de miel. Después los dos durmieron y Soledad Medina, sintiendo como la semilla tibia de Ramón jugueteaba alegre por su interior, supo lo que era el amor, otra vez. Era 1953.

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Miguel Ángel H. Rascón

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